lunes, 19 de marzo de 2012

Regreso al pasado


Que salir de Facebook era difícil ya lo sabía. "Delete my facebook account" tiene 139 millones de resultados en Google. "How to delete facebook", cuatro veces más. Lo que no me esperaba era recibir de los afectados medio centenar de correos electrónicos en la última semana expresando desconcierto, pena, indignación, e incluso sacando a relucir viejas rencillas porque les hubiera borrado como amigos.

"¿He hecho yo algo que explique tu incomprensible actitud? Creí que lo nuestro ya había quedado arreglado", me pregunta un amigo al que no veo exactamente hace un cuarto de siglo.

"¿Cómo que te vas? ¿Es que te marchas a Google+? ¿Lo has probado? ¿Realmente es mejor? Respóndeme antes de cerrar la cuenta, por favor. Yo también me lo estoy pensando", dice otro.

"¿Qué se sabe de P.?", me encuentro en un mensaje reenviado a varias personas. Y, como si me hubiera tragado el Montblanc: "No está en el Facebook".

Llevo toda la semana escribiendo mensajes tranquilizadores por doquier a gente a la que probablemente le importo un pito. En ellos, además de jurarles amor eterno, amistad griega o afecto fraternal, según el grado de susceptibilidad del afectado, también les advierto de que no tengo Twitter ni whatsapp, que no siempre estoy localizable en el móvil, que no está en mis planes despelotarme en ninguna otra red social y, según el mensaje avanza y me voy calentando, calentando, calentando, que no me tienta la idea de poder elegir entre seis mil canciones, que no sé cuántos puntos tengo acumulados para el iPhone que nunca pienso ir a buscar, que me niego a leer siquiera el New Yorker (no digamos Anna Karenina, como pude observar con mis propios ojos el otro día en el autobús) en un kindle o en un iPad, bichos que para el caso no distingo, que me importa tres cojones Steve Jobs y su invento de mover todo con el dedito, que con su biografía, su último discurso y sus "frases célebres" me limpio salva sea la parte, que no quiero parecerme ni por el forro a uno de esos cuarentones que se ríen picaronamente delante de una pantallita, teclean mensajes a buen seguro prescindibles a velocidad de vértigo, acumulan listas milenarias de amigos, cuando de siempre es sabido que amigos se tiene uno o dos, e grazie, o consultan la exacta posición geográfica de su cuerpo a dos manzanas de su casa, y que, en definitiva, si quieren ponerse en contacto conmigo redacten una carta manuscrita a la dirección que abajo les transcribo, porque en una de éstas le regalo mi móvil antediluviano a mi sobrina de seis años para que empiece a hacer sus pinitos en el mundo de la majaderia hiperconectada.

En conclusión: hace una semana que no recibo un correo electrónico de nadie. Deben haberse molestado.