jueves, 15 de marzo de 2012

Los urtext


Vladimir Horowitz, 1957 (foto de Richard Avedon)

Tantos años de ediciones urtext han terminado por dar pianistas urtext y aficionados urtext. Es decir, intérpretes que no osan distanciarse un milímetro de la partitura y melómanos que rechazan como "romántica" cualquier interpretación que no sea ad litteram. Por eso Horowitz y Gould, verdaderos monstruos cuyo inmenso talento musical podía llegar a oscurecer el repertorio que interpretaban, son tan denostados por los puristas. Y por eso Steinberg (el crítico, no el fabricante de pianos) se permitía en 1980 condenar a Horowitz en el New Grove con estas duras palabras:  

"He conceives of interpretation not as the reification [atención, lectores] of the composer’s ideas, but as an essentially independent activity; in Schumann’s Träumerei, for example, he places the high points anywhere except where Schumann placed them. It is nearly impossible for him to play simply, and where simplicity is wanted, he is apt to offer a teasing affettuoso manner (...). Horowitz illustrates that an astounding instrumental gift carries no guarantee of musical understanding".

Ahí es nada. Y ello, a pesar de que muchos de los compositores a los que afectaría este juicio tan severo jamás hubieran esperado semejante dogmatismo. La excepción, no la regla, es la bronca que Beethoven le echó a Czerny por la escasa fidelidad de sus interpretaciones.

Cualesquiera que fueran las razones, técnicas (el diferente mecanismo del pedal en los pianos de 1820, por ejemplo), musicales (la dificultad de un pasaje arpegiado que obligaba al intérprete a ralentizar el tempo) o sociológicas (la aún por venir sacralización de la figura del artista), el hecho es que el intérprete de piano gozó durante algo más de un siglo de una libertad mucho mayor, y que ni Chopin, ni Lizst, ni Mendelssohn se hubieran escandalizado de que el Horowitz de turno se tomase ciertas libertades. Ya se las tomaba, y muchas, Busoni (tenido por un precursor del antiromanticismo). La música, decía, no es sino la transcripción de una inspiración fónica abstracta; y la lectura de esa transcripción no puede ser sino otra transcripción.

En cierto modo, es parecido al debate que protagonizó la interpretación de la música barroca hace ya muchos años (aunque los urtext a menudo lo utilicen  para argumentar justo lo contrario): si usted quiere ser fiel a Chopin, entonces toque como los "románticos". Así es como tocaría el propio Chopin las piezas de otros, y como hubiese esperado que se interpretase su música. Mi admirado Richter no podría estar más en desacuerdo.
 
***

Todo esto viene a cuento de la visita de un amigo holandés y del disco que traía consigo: Toma, me dijo, que sé que te gustan los intérpretes sentimentales. El músico sentimental era Josef Hoffman (curiosamente acusado en su época, junto con Rachmaninov, de ser un intérprete frío, demasiado pegado a la letra).

Pero, ¿hace falta defenderle? Se defiende a sí mismo solo bastante bien. El CD incluía el nocturno en Do menor de Chopin (tocado probablemente de memoria, como era costumbre en los últimos años, etílicos, de Hofmann). Si encuentran algo mejor, les devuelvo la pasta: