jueves, 29 de marzo de 2012

Lecturas ginebrinas (3)

Hillel Perlmann ¿Chouchani?

Esta semana he terminado de leer Le chant des morts, de Elie Wiesel. Lo compré porque es una de las pocas fuentes que existen sobre ese maestro talmúdico que merodeó por París como un vagabundo en los años posteriores a la guerra, Monsieur Chouchani, tan enigmático como ese otro sabio errante persa, Shams Tabrizi. Wiesel dedica un capítulo entero a describir su relación con este Reb Yid cuyo identidad (¿Rosenbaum? ¿Perlmann? ¿Mordejai Ben Susán?; nunca quiso subir en la sinagoga a leer la Torá por no ser llamado por su nombre), lugar y fecha de nacimiento se desconocen, y que ejerció una influencia decisiva en Emmanuel Lévinas. Abrí el libro directamente por esas páginas, y cuando las terminé comencé por el principio, cada vez menos convencido, a medida que avanzaba, de que lo que estaba leyendo fuera verdad.

Todos los encuentros que Wiesel describe en el libro resultan ser decisivos, esconder bajo la apariencia del azar un destino, y todos los personajes encarnan virtudes o taras morales, o son beneficiarios o víctimas directos de quienes las encarnan. El relato sobre "lo que realmente pasó" se convierte en fábula y el desenlace de los hechos en moraleja. ¿Es posible que uno se cruce en una ciudad como Tel Aviv con el kapo del barracón donde estuviste en Auschwitz? ¿Es verosímil que alguien te llame una madrugada en Nueva York para revelarte que él también conoció a Moshe el loco, personaje borroso de una infancia lejana en una aldea lituana? ¿Es concebible que el guía que te enseña Zaragoza resulte ser el lejanísimo descendiente de una familia de conversos que de generación en generación va transmitiéndose un manuscrito en hebreo? ¿Y que lo reencuentres en Jerusalén convertido al judaísmo décadas después?

Una intuición muy potente me dice que Wiesel es un impostor. Hay una interpretación más benévola: Wiesel pertenece a una estirpe de estudiosos acostumbrada desde hace más de veinte siglos a extraer y difundir enseñanzas morales a partir de cualquier hecho que afecte a los hombres, por insignificante que sea. Eso le lleva a deformar los pocos hechos desnudos con que cuenta de partida para forzar un sentido, para huir del absurdo, para, estirando un poco más las cosas, dar la espalda a la muerte y acercarse de nuevo a la vida. Un debate en que los supervivientes al Holocausto se lo jugaban todo. En hebreo, el orden en que se presentan las letras determina no sólo el significado intrínseco de un término, sino la relación entre conceptos. Una sola letra separa la palabra met (muerte) de la palabra emet (verdad).

La faction de Wiesel está hoy por todos lados. Tras siglos de ficción escrita y décadas de ficción en imágenes, los consumidores de cultura sólo parecen quedarse tranquilos cuando un cineasta o un escritor les anuncia que lo que van a tragarse a continuación sucedió en verdad. Esta obsesión por el anclaje en la realidad revela una imaginación indigente. Y lo que es peor, desconoce cuántas veces la vida real ofrece una coartada a la vida imaginada.

Cuenta Nabokov que un emigrado político obsesionado por que Marx conociese a Chernishevsky, el célebre conspirador discípulo de Herzen desterrado a Siberia en 1864, organizó un viaje clandestino para liberarle. Disfrazado de miembro de la Sociedad Geográfica, se adentró en la remota Yakutia, sólo para ver completamente fracasado su plan a medida que en el curso de su complicado itinerario se iba corriendo la voz de que se trataba en realidad de un inspector del Gobierno viajando de incógnito.

Cuarenta años después de que Gogol publicase El inspector, la realidad reproducía puntillosamente la ficción artística. Tal vez la imaginación sea una forma (superior) de inteligencia de la realidad, capaz de anticiparla y captarla antes incluso de que ésta exista. 

Lo cierto es que hay en los locos de Chelm de Bashevis Singer más verdad que en el Moshe le Fou de carne y hueso de Wiesel. Además de ser, como muestra este pasaje, infinitamente más divertidos. Y ya se sabe que la risa que mana de la irreverencia es a veces más destructiva (e instructiva) que la tragedia:
  
"Tal como solían hacer al concluir los asuntos locales, los ancianos pasaron a discutir temas más universales. Gronan inició el debate con estas palabras:

-  Anoche no podía dormir pensando en las causas que existen para que en verano haga tanto calor. Por fin, di con la solución.
-  ¿Y cuál es? - preguntaron sus colegas.
-  Muy sencillo. Durante el invierno, las estufas de las casas funcionan a tope. El calor de estas estufas permanece en Chelm durante el verano y por eso sentimos el calor en la atmósfera.

Todos los Ancianos asintieron con la cabeza, excepto Aguado el Agudo, que preguntó:

- ¿Y en invierno? ¿Qué ocurre en invierno?
- Pues lo contrario que antes... - explicó Gronan -. Las estufas no se usan en verano. Por consiguiente, cuando llega el invierno es porque ya no queda calor, porque se ha gastado todo el calor que había".

(I. B. Singer, Cuando Shlemel fue a Varsovia y otros cuentos. Traducción de Ramón Buckley)