miércoles, 14 de marzo de 2012

En un soplo

Place des Grottes, Ginebra

Un par de horas antes de acabar con mis obligaciones, empiezo a consultar el reloj del móvil para calcular cuánto me queda por llegar a una placita que hay a cinco minutos del apartamento. Estos son sus puntos cardinales: al este, una tienda de electricidad y otras cosas (teléfonos de los años sesenta, planchas predigitales, objetos diversos que siempre formarán parte del stockage de este viejo suizo que no parece tener interés en la liquidez), un tranvía que chirría al tomar la curva y, en un plano más elevado, el paso de los trenes que salen en dirección hacia Lausana o Montreux desde la estación de Cornavin. Al norte, un edificio de apartamentos tomado por tan civilizados okupas, inmaculado, en cuyos bajos hay un café gracioso donde a veces hay jolgorio nocturno. Lo flanquean dos casas perfectamente respetables de principios de siglo donde el alquiler no bajará de los tres mil francos, y la venta de cantidades estratosféricas que escandalizarían hasta a un londinense. Al sur, una casa de madera con tejado de dos aguas que funciona como guardería: "La maison verte". De esta casa salen a las cuatro los hijos o nietos de los emigrantes árabes, portugueses, italianos, africanos. Al oeste, el café donde me siento a la caída de la tarde a beber Chardonnay, atender las llamadas del día perdidas entre los tres móviles con que intento esquivar las tarifas roaming o, simplemente, a desparramar la vista hacia la fuente que ocupa el centro, sin poder evitar (catcher in the rye) vigilar a los niños que a veces corren ciegos hacia la calzada. Lo regenta un matrimonio turco. Es tan recoleta que por concentrado que estés no puedes abstraerte de lo que ocurre a cada minuto en ella, patinetes, conversaciones, bicicletas, pasos. 

Al dedicar estas semanas a leer básicamente poesía, es imposible no darse cuenta de hasta qué punto recurren los temas que ya sabemos: el amor, más aún el desamor, la muerte (y la, nuestra, mortalidad), el paso del tiempo, la comunión con la naturaleza, lo sagrado (así o de otra forma llamado), el soplo en que se va la juventud, la belleza, el poder y demás. Y hasta qué punto las metáforas van transmitiéndose de generación en generación, incluso cuando una reniega de la otra. Clásicos (antiguos o modernos), simbolistas, costumbristas, surrealistas, se reencuentran una y otra vez en el mismo terreno, por mucho que el más reciente se empeñe en marcar distancias con el más viejo. La forma, sólo la forma,  el verso rimado o blanco o libre, el número de sílabas, las cesuras, los acentos, les separan. Nada más. Y una forma evoca a la otra en su obstinado afán por diferenciársele.

Traje conmigo sólo dos discos: las óperas de Haendel y las de Vivaldi al completo. Escuchando Alcida, rebobino para volver a escuchar "Verdi prati":

Verdi prati, selve amene,
perderete la beltà.
Vaghi fior, correnti rivi,
la vaghezza, la bellezza
presto in voi si cagerà.
E cangiato il vago oggetto
all orror del primo aspetto
tutto in voi ritornerà.

Lo que me hace recordar estos versos de Quevedo:
 
¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aún no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol,
en un día o en un sol;
desde el oriente al ocaso
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.

Y éstos de Corneille, que le gustaban tanto a mi padre:

Marquise, si mon visage
A quelques traits un peu vieux,
Souvenez-vous qu’à mon âge
Vous ne vaudrez guère mieux.
Le temps aux plus belles choses
Se plaît à faire un affront,
Et saura faner vos roses
Comme il a ridé mon front.
Le même cours des planètes
Règle nos jours et nos nuits :
On m’a vu ce que vous êtes;
Vous serez ce que je suis.



E basta. Haendel, Jaroussky y el aria citada: