martes, 6 de marzo de 2012

Como la tumba en la que yace mi amigo



Estos dos días pasados se me han revuelto muchas cosas, aunque todas manejables. Es posible que con sustancias fáciles y con ayudas al sueño, pero eso a nadie debe importar, pues que a nadie obligo ni a consumirlas ni a comprármelas. Una sola se me ha atragantado hasta el punto de deshacer el milagroso equilibrio en que viven nuestros cuerpos: la muerte de D., que sucedió mientras estaba muy lejos, lejos en un lugar que me resultaba por lo demás familiar, pues por mis venas corre sangre del Trópico. Hacía dos días que había visto por primera vez en mi vida un hucarán, las ráfagas de viento y lluvia enseñoreadas de las calles semi vacías, desde la ventana del hotel. No podía moverme de allí por temor a que el estado del enfermo que yacía en la cama empeorase, pero cuánto me hubiera gustado salir y verlo desde un soportal con un grupo de tres o cuatro hombres que me hacía gestos desde una esquina para que bajase al campo de batalla. Fue exactamente hace dos años, cuatro meses y algunos días. Hay algo aún peor que negarle a una persona el derecho a hacer su vida. Incluso peor que el quitársela (y sé lo que cuesta escribir y leer esto). Negar su propia muerte.

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El kibbutz donde nació D., en sus primeros días

D.Z. nació hace 47 años en un kibbutz fundado por emigrantes húngaros cercano a la frontera con el Líbano, el hijo de un hombre de origen lituano y una mujer de origen checo que eran ya sabras. Los sueños sionistas de sus abuelos libraron a la familia inmediata de la matanza que se desencadenó apenas seis años después de su llegada al puerto de Haifa. Pero el resto de ella desapareció, al completo, entre Belzec y Majdanek. Como el padre de D. era hijo único y su madre tenía un solo hermano que moriría después sin descendencia en una de esas guerras estúpidas con los árabes, su familia se componía de sólo siete miembros: cuatro abuelos, dos padres y él. Existe la costumbre entre los judíos de dar al recién nacido el nombre de un familiar muerto. Así que D. se llamaba así por el hermano de su abuelo materno que, contaban, había muerto a culatazos nada más pisar tierra en Belzec por negarse a separarse de sus hijos y de su mujer. Cómo llegaron a enterarse de los pormenores es una larga historia. Pero el pueblo judío es muy pequeño, y no es difícil que tarde o temprano des con alguien que vió, o que conoció a quien vió, o que escuchó decir, o que sabía por haber escuchado a quien había oído decir.



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Contaba D. que su infancia había sido muy feliz (y añadía que tal vez con toda esa felicidad estaba pagando ahora la infelicidad que sentía). No recordé cuando se lo comenté (ni recuerdo ahora) quién había dicho aquello de que es una broma de pésimo gusto que la etapa más feliz esté siempre (o casi siempre) al principio de la vida, cuando aún no podemos apreciar su excepcionalidad, y la peor al final, cuando más conscientes seríamos de lo que vale. Había tenido un perro, cuya foto guardaba celosamente en su cartera, que le había salvado la vida una vez: Goliat, que en hebreo significa "el peregrino".  La noche se les echó encima deambulando por los alrededores del kibbutz en busca de unas maderas con las que D. tenía planeado construir un fuerte en miniatura, y Goliat le condujo de vuelta, deteniéndose de cuando en cuando a advertir al niño de las trampas del camino. Hasta los siete años, las correrías con Goliat, la escuela de dos únicas aulas, la asistencia callada a las reuniones de los adultos (que, siguiendo la tradición comunitarista, debatían incesantemente cualquier incidente que pudiese afectar, en la práctica o de forma meramente especulativa, a la vida del kibbutz y de la humanidad entera) y la visita anual a sus abuelos en Jerusalén, fueron toda su vida.

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En la cartera llevaba siempre también una foto de su madre, que de joven había sido pianista profesional. Pianista sin piano durante muchos años, porque el primer piano llegó al kibbutz cuando ella ya había cumplido sobradamente los treinta. Un piano para todos, para los chicos que quisiesen aporrearlo, para los que sabían amenizar un baile de domingo con una docena de acordes y para quienes habían estudiado en el conservatorio (que eran más de los que uno podría suponer). La tradición musical del kibbutz perdura hasta hoy; una conocida compañía de danza moderna tiene su sede en él. En la espera, L.Z., la madre de D., se hizo fabricar por un carpintero un piano de madera de sólo cinco octavas, pero imitando un colín y con la tapa primorosamente pintada como una espineta veneciana. Y en él, ante la mirada atónita de su marido y la embelesada de su hijo, siguió ensayando hasta que por fin llegó un instrumento que emitía sonidos de verdad.

Frank Pelleg, tocando una cantata de Bach en el kibbutz

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El padre de D. murió de una enfermedad renal cuando él tenía ocho años. Decía D. que no había sido algo que le hubiese afectado demasiado, más allá de la tristeza habitual en estos casos. El mismo año en que murió el padre murieron también dos de sus abuelos, de modo que la familia quedó reducida a cuatro miembros: un abuelo, una abuela, su madre y él. Coincidiendo con esta mengua le regalaron su primer violín. Su primer maestro fue un viejo polaco que sólo hablaba yíddish y que a los pocos meses de conocerle le advertía gravemente, como si de una disyuntiva entre vida o muerte se tratara, de que pronto tendría que tomar una decisión: Goliat o el violín; o, lo que era lo mismo, Goliat o Menajem Sh., él. Era orgulloso hasta la soberbia, pero D. vivió de sus rentas, decía, hasta que su madre decidió trasladarse a Tel Aviv para que el chico pudiese cursar una enseñanza musical formal. Llegó por ese camino todo lo lejos que puede llegar un chico que a los dieciocho años debe suspender su vida durante tres años para vigilar la frontera con Gaza. Y, a partir de aquel tercer año, una competición entre el afán de ellos por retenerle y su querencia hacia la música, la madre y las colinas y valles de Galilea.

Soldado israelí en la franja de Gaza, enero de 2009 (Reuters/Amir Cohen)


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Le retuvieron. También es cierto que él se dejó atrapar; tal vez, como algún día escribí, por escapar de la frágil cárcel de su personalidad. Tal vez por los mismos motivos que llevaron al joven Babel a enrolarse en el cuerpo más brutal al servicio del Ejército Rojo, la caballería cosaca. Cuando uno dice de un amigo que es un ser de otro mundo es probable que quien escucha abra un paréntesis de duda y se pregunte si no serás tú quien se piensa diferente. Así que de nada sirve lo que diga, pero aun así: lo era.

Fue una casualidad que me asignaran un trabajo, y otra aún mayor que D. fuera el designado para acompañarme. Tras aquel primer viaje vinieron otros treinta y tantos. El día antes del viaje previsto hablábamos siempre por teléfono, y le pedía que trajera el violín. No siempre teníamos tiempo de disfrutar de él. Había noches en que llegábamos tan derrotados al hotel que alguno tenía que convencer al otro de que era conveniente cenar algo antes de irnos a la cama. Pero otras el propio cansancio nos animaba a relajarnos en la barra. Hablábamos de todo lo que en parte estoy aquí contando y de cómo había llegado yo hasta allí. En una de esas barras alguien nos coló algo en la bebida que a punto estuvo de acabar con todo. No sería la única vez. He leído hace poco que, a fuerza de endurecerme en ese trabajo, he dejado de distinguir los medios de los fines. Cuántas veces se planteó la disyuntiva, y cuántas (todas) optamos por lo mismo. No de todo el mundo puede predicarse lo mismo.

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Hace algo más de un año escribí una carta anunciando mi retirada. Porque consideraba que ya había terminado lo que debía de hacer y por razones personales que no vienen al caso. Y unos meses después, aquel día recién pasado el huracán, recibí una llamada en que se me comunicaba oficialmente que D. había muerto. Hablemos con propiedad: que lo habían matado. A la ira por la noticia se sumó la impotencia de la distancia. Creo que camuflé bastante bien ambos sentimientos. Quien estaba presente omite el papel que jugó en aquel viaje esta pesadilla real, tan real como la tumba donde yace mi amigo.






Esto es un relato. Ninguno de los personajes del mismo existió jamás. Y, a pesar de todo, espero que la fábula sirva para hacer comprender al protagonista ficticio y a los dos acompañantes que figuran en la sombra.