domingo, 4 de marzo de 2012

Amici miei


Foto: Pablo Ortiz

Están esos amigos que te defenderán en las puertas del Infierno, ante el mismísimo Belcebú. Esos forman una categoría aparte. Son pocos (pero los hay; yo los tengo, ellos me tienen, ustedes los tienen).

Luego empiezan los grados:

- los amigos que se tapan, aunque se avergüenzan de hacerlo. Lo más común es que desaparezcan. A menos que les pongas contra las cuerdas, balbucearán que llevan días sin pasar por casa, que cambiaron de teléfono, que atravesaban una mala racha, que el trabajo les abrumaba

- los amigos que no se tapan, que te espolean incluso, que se cargan de argumentos para defenderte, alimentan ilustrándolos los tuyos y te los exhiben como prueba de su amistad, pero que, de pronto, no acuden a una cita

- los amigos que te insinúan que tal vez la otra parte tuviera algo de razón al difamarte, insultarte, injuriarte, aun a sabiendas de que se trataba de difamaciones, insultos, mentiras

- los amigos que no se destapan abiertamente, pero lo hacen a escondidas de uno y, a menudo, por omisión, por callar cuando oyen, por reír cuando se mofan, por volver a casa chismorreando divertidos lo que acaban de presenciar; éstos son los peores

- los amigos que se destapan de forma abierta, los que un día te llaman por teléfono para decirte que se acabó, que les decepcionaste, que no te reconocen; éstos parecen un poco amigos, aunque su confesión rara vez es sincera


A veces, una persona pasa de un grado a otro conforme el conflicto va tomando forma social, a medida que uno pasa a hundirse más o, por el contrario, se recupera de las magulladuras . El tránsito de la categoría dos o cuatro a la tres, por ejemplo, es muy común entre los homínidos. He integrado en dos ocasiones en mi vida la quinta categoría. Jamás ninguna de las primeras; no tiene mérito, va contra mi naturaleza vehemente y un poco sentimental.

De esta taxonomía, lo que más tiempo me ha llevado comprender, tal vez por cabezonería ideológica, es el cui bono, cui prodest. Me lo he preguntado durante muchos años. Y la respuesta es decepcionante, pues las más de las veces no existe un premio a la deslealtad. No, en todo caso, en forma de trofeo palpable, evidente, que uno pueda agarrar con sus manos, exponer, que pueda trasladar a su cuenta corriente, que aumente el número de sus conquistas, que te ice un par de peldaños arriba. Sólo se me ocurre que el homínido necesita estar junto al mayor número de ejemplares de su especie, formar clan. Un amigo solo, uno que nunca tuvo poder o lo perdió, que nunca tuvo éxito o lo tuvo efímero, no hace compañía; incluso corres el peligro de que te la quite. La música está llena de estas lamentaciones. Ahí tenemos al Sam Cooke del Nobody wants you when you're down and out, por ejemplo, o al adolescente que se refugia en casa de la Jeanne en la canción de Brassens. 

***

Hace poco más de un mes murió Wisława Szymborska, más o menos coincidiendo en el tiempo con mi primera lectura de sus poesías. Llegué a ella a través de Zbigniew Herbert, otro poeta polaco de su misma generación y algo menor que Czesław Miłosz, el único de la tríada a quien conocía desde hace años.  En la edición del FCE está su obra poética completa, y pueden imaginarse que en medio siglo de escritura hay de todo: bueno, menos bueno, regular. No es de los que más me gusta, pero viene al caso de lo que he escrito más arriba y sirve para ilustrar su estilo, muy pudoroso, sencillo, hecho de percepciones minúsculas que al final revela, sin embargo, a una gran escritora:

Elogio de la mala conciencia de sí mismo

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.

No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero en otro sentido es ligero.

No hay nada más bestial
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.