jueves, 29 de marzo de 2012

Lecturas ginebrinas (3)

Hillel Perlmann ¿Chouchani?

Esta semana he terminado de leer Le chant des morts, de Elie Wiesel. Lo compré porque es una de las pocas fuentes que existen sobre ese maestro talmúdico que merodeó por París como un vagabundo en los años posteriores a la guerra, Monsieur Chouchani, tan enigmático como ese otro sabio errante persa, Shams Tabrizi. Wiesel dedica un capítulo entero a describir su relación con este Reb Yid cuyo identidad (¿Rosenbaum? ¿Perlmann? ¿Mordejai Ben Susán?; nunca quiso subir en la sinagoga a leer la Torá por no ser llamado por su nombre), lugar y fecha de nacimiento se desconocen, y que ejerció una influencia decisiva en Emmanuel Lévinas. Abrí el libro directamente por esas páginas, y cuando las terminé comencé por el principio, cada vez menos convencido, a medida que avanzaba, de que lo que estaba leyendo fuera verdad.

Todos los encuentros que Wiesel describe en el libro resultan ser decisivos, esconder bajo la apariencia del azar un destino, y todos los personajes encarnan virtudes o taras morales, o son beneficiarios o víctimas directos de quienes las encarnan. El relato sobre "lo que realmente pasó" se convierte en fábula y el desenlace de los hechos en moraleja. ¿Es posible que uno se cruce en una ciudad como Tel Aviv con el kapo del barracón donde estuviste en Auschwitz? ¿Es verosímil que alguien te llame una madrugada en Nueva York para revelarte que él también conoció a Moshe el loco, personaje borroso de una infancia lejana en una aldea lituana? ¿Es concebible que el guía que te enseña Zaragoza resulte ser el lejanísimo descendiente de una familia de conversos que de generación en generación va transmitiéndose un manuscrito en hebreo? ¿Y que lo reencuentres en Jerusalén convertido al judaísmo décadas después?

Una intuición muy potente me dice que Wiesel es un impostor. Hay una interpretación más benévola: Wiesel pertenece a una estirpe de estudiosos acostumbrada desde hace más de veinte siglos a extraer y difundir enseñanzas morales a partir de cualquier hecho que afecte a los hombres, por insignificante que sea. Eso le lleva a deformar los pocos hechos desnudos con que cuenta de partida para forzar un sentido, para huir del absurdo, para, estirando un poco más las cosas, dar la espalda a la muerte y acercarse de nuevo a la vida. Un debate en que los supervivientes al Holocausto se lo jugaban todo. En hebreo, el orden en que se presentan las letras determina no sólo el significado intrínseco de un término, sino la relación entre conceptos. Una sola letra separa la palabra met (muerte) de la palabra emet (verdad).

La faction de Wiesel está hoy por todos lados. Tras siglos de ficción escrita y décadas de ficción en imágenes, los consumidores de cultura sólo parecen quedarse tranquilos cuando un cineasta o un escritor les anuncia que lo que van a tragarse a continuación sucedió en verdad. Esta obsesión por el anclaje en la realidad revela una imaginación indigente. Y lo que es peor, desconoce cuántas veces la vida real ofrece una coartada a la vida imaginada.

Cuenta Nabokov que un emigrado político obsesionado por que Marx conociese a Chernishevsky, el célebre conspirador discípulo de Herzen desterrado a Siberia en 1864, organizó un viaje clandestino para liberarle. Disfrazado de miembro de la Sociedad Geográfica, se adentró en la remota Yakutia, sólo para ver completamente fracasado su plan a medida que en el curso de su complicado itinerario se iba corriendo la voz de que se trataba en realidad de un inspector del Gobierno viajando de incógnito.

Cuarenta años después de que Gogol publicase El inspector, la realidad reproducía puntillosamente la ficción artística. Tal vez la imaginación sea una forma (superior) de inteligencia de la realidad, capaz de anticiparla y captarla antes incluso de que ésta exista. 

Lo cierto es que hay en los locos de Chelm de Bashevis Singer más verdad que en el Moshe le Fou de carne y hueso de Wiesel. Además de ser, como muestra este pasaje, infinitamente más divertidos. Y ya se sabe que la risa que mana de la irreverencia es a veces más destructiva (e instructiva) que la tragedia:
  
"Tal como solían hacer al concluir los asuntos locales, los ancianos pasaron a discutir temas más universales. Gronan inició el debate con estas palabras:

-  Anoche no podía dormir pensando en las causas que existen para que en verano haga tanto calor. Por fin, di con la solución.
-  ¿Y cuál es? - preguntaron sus colegas.
-  Muy sencillo. Durante el invierno, las estufas de las casas funcionan a tope. El calor de estas estufas permanece en Chelm durante el verano y por eso sentimos el calor en la atmósfera.

Todos los Ancianos asintieron con la cabeza, excepto Aguado el Agudo, que preguntó:

- ¿Y en invierno? ¿Qué ocurre en invierno?
- Pues lo contrario que antes... - explicó Gronan -. Las estufas no se usan en verano. Por consiguiente, cuando llega el invierno es porque ya no queda calor, porque se ha gastado todo el calor que había".

(I. B. Singer, Cuando Shlemel fue a Varsovia y otros cuentos. Traducción de Ramón Buckley)




           

domingo, 25 de marzo de 2012

Valle del Issa

Valle del Nevėžis (Issa)

Nos hemos acercado a Divonne, en la frontera. En el mercadillo, la gente que ha terminado sus compras bebe pastis y come ostras. Imposible no pensar qué lejos estamos de los europeos. En una terraza, bebemos cervezas y vinos al sol, admirados del bienestar que se respira. Pienso, para mis adentros, que no podría vivir aquí ni dos meses. Comparo mentalmente este ambiente de franceses de clase media-alta que trabajan, en su mayoría, en Ginebra, con los destinos que querría para mí. Me llamo al orden: jodida manía de comparar. Para, disfruta, para. Ya en el jardín del amigo comemos salmón con ensalada de algas, asamos carne, picoteamos de los quesos que hemos comprado en el mercado, corre el vino, la ginebra y la grappa. Como casi siempre que estoy con más de dos personas, exigen más de lo que puedo dar. Y doy a cambio lo que sé que piden de mí, un personaje algo estrafalario, mal clasificable, rumboso con la mosca y bromista, que apareció no sé sabe muy bien cómo por aquí (y que desaparecerá del mismo modo). Pero al cabo de pocas horas no veo el momento de quedarme a solas. Para, disfruta, para.

En un aparte me enseñan un ensayo de Miłosz, de los que ha editado Penguin en la colección Modern Classics. Están sacando toda la literatura eslava a unos precios de risa, y las traducciones son decentes. El título del volumen no es lo que se dice un acierto (Proud to be a mammal), y el ensayo que me ha marcado el amigo se titula "Happiness". Son pocas páginas, que leo rápidamente en diagonal porque, básicamente, Milosz ya había contado con más detalle su infancia y el territorio mítico en que transcurrió en un volumen que sí se editó en España (El valle del Issa) y que leí hace tiempo. "Entre los siete y los diez años", cito de memoria, "viví en casa de mis abuelos en X. [actual Lituania], donde fui feliz. No había pasado ni futuro, sino un permanente presente". Bien, ya sabíamos que ésta siempre ha sido una definición al alza de la felicidad. Regreso a la mesa donde ya se están sirviendo los cafés e intento por un momento el ejercicio de centrarme exclusivamente en lo que está pasando: la hiperactividad de una niña pequeña, un sol deslumbrante, un milano que sobrevuela el valle en círculos, la calidez de un amigo, la presencia siempre reconfortante de L. 

Ensayo parcialmente frustrado. Y, en estos casos, la victoria parcial no vale: o el presente es absoluto, o la condición de Miłosz no se cumple y tenemos que admitir que hemos sido absolutamente derrotados.

lunes, 19 de marzo de 2012

Regreso al pasado


Que salir de Facebook era difícil ya lo sabía. "Delete my facebook account" tiene 139 millones de resultados en Google. "How to delete facebook", cuatro veces más. Lo que no me esperaba era recibir de los afectados medio centenar de correos electrónicos en la última semana expresando desconcierto, pena, indignación, e incluso sacando a relucir viejas rencillas porque les hubiera borrado como amigos.

"¿He hecho yo algo que explique tu incomprensible actitud? Creí que lo nuestro ya había quedado arreglado", me pregunta un amigo al que no veo exactamente hace un cuarto de siglo.

"¿Cómo que te vas? ¿Es que te marchas a Google+? ¿Lo has probado? ¿Realmente es mejor? Respóndeme antes de cerrar la cuenta, por favor. Yo también me lo estoy pensando", dice otro.

"¿Qué se sabe de P.?", me encuentro en un mensaje reenviado a varias personas. Y, como si me hubiera tragado el Montblanc: "No está en el Facebook".

Llevo toda la semana escribiendo mensajes tranquilizadores por doquier a gente a la que probablemente le importo un pito. En ellos, además de jurarles amor eterno, amistad griega o afecto fraternal, según el grado de susceptibilidad del afectado, también les advierto de que no tengo Twitter ni whatsapp, que no siempre estoy localizable en el móvil, que no está en mis planes despelotarme en ninguna otra red social y, según el mensaje avanza y me voy calentando, calentando, calentando, que no me tienta la idea de poder elegir entre seis mil canciones, que no sé cuántos puntos tengo acumulados para el iPhone que nunca pienso ir a buscar, que me niego a leer siquiera el New Yorker (no digamos Anna Karenina, como pude observar con mis propios ojos el otro día en el autobús) en un kindle o en un iPad, bichos que para el caso no distingo, que me importa tres cojones Steve Jobs y su invento de mover todo con el dedito, que con su biografía, su último discurso y sus "frases célebres" me limpio salva sea la parte, que no quiero parecerme ni por el forro a uno de esos cuarentones que se ríen picaronamente delante de una pantallita, teclean mensajes a buen seguro prescindibles a velocidad de vértigo, acumulan listas milenarias de amigos, cuando de siempre es sabido que amigos se tiene uno o dos, e grazie, o consultan la exacta posición geográfica de su cuerpo a dos manzanas de su casa, y que, en definitiva, si quieren ponerse en contacto conmigo redacten una carta manuscrita a la dirección que abajo les transcribo, porque en una de éstas le regalo mi móvil antediluviano a mi sobrina de seis años para que empiece a hacer sus pinitos en el mundo de la majaderia hiperconectada.

En conclusión: hace una semana que no recibo un correo electrónico de nadie. Deben haberse molestado.

domingo, 18 de marzo de 2012

Time is on my side

Aníbal atravesando los Alpes (J.M.W. Turner)

Siempre he tenido afición a la historia de Roma, hasta el punto de fantasear (o un punto más allá) con escribir la tesis sobre un período que me interesaba especialmente, pero no llegué a Fabius Maximus Cunctator a través de las lecturas sobre el avance de Aníbal hacia la Ciudad, ni a través de Plutarco. En casa de mi padre todo lo que se necesitaba leer sobre Roma estaba recogido en un aparador de sólo cinco estantes, cerrado a cualquier tipo de volumen intruso: las Vidas paralelas, la Historia de Gibbon, la de Mommsen, los Anales de Tácito, un volumen de Jerome Carcopino cuyo título no he retenido, una parte de las Historias de Polibio, el Ab urbe condita de Tito Livio, The Roman Revolution de Syme y las Guerras Civiles de Apiano, son algunos de los libros que consigo recordar ahora. La mayoría de ellos estaban editados en la Loeb Classical o en Gredos.

Aunque siempre me intrigó su privilegiada situación, no los saqué de allí hasta que viví en Roma y todos esos libros cuyos títulos me resultaban tan familiares como desconocido su contenido se convirtieron en imprescindibles para saciar mi sed de la ciudad. Aún hoy, cuando ando particularmente taciturno y me costaría concentrarme hasta en las viñetas de un cómic, puedo recurrir a partes de ellos para frenar la espiral melancólica y cerrar los ojos sabiendo que las imágenes que me entretendrán hasta que duerma serán las de las luchas entre Escipión y Aníbal, el asesinato de Craso o la irrupción de Clodio en la Casa de las Vestales. Bendita sea Roma entre todas las ciudades.

Pero cuando escuché por primera vez hablar de Fabius Maximus ese momento no había llegado, y yo era un niño de ocho años que había crecido en una casa muy politizada, debido al período que atravesaba el país y a los intereses y ocupaciones de mi padre. Recuerdo bien el contexto en que apareció su figura. Un grupo numeroso de adultos debatía en casa los últimos acontecimientos: el regreso de Carrillo al país, la desmovilización que éste emprendió de las bases comunistas, la limpieza de los cuadros más jóvenes que habían trabajado en el Partido en ausencia de los viejos estalinistas, los nefastos resultados electorales a que esta estrategia había según ellos abocado, el qué hacer. Mi atención se repartía entre esas encendidas discusiones que me resultaban familiares y los proscritos de Guillermo Brown. Hasta que mi padre, que llevaba sus buenos veinte minutos enzarzado en una conversación sobre las virtudes y los contras de las estrategias del fabianismo político, pronunció la frase: "I wait long, but when I strike, I strike hard".

Se refería (pero entonces, obviamente, no lo supe) a un episodio de la segunda guerra púnica en que Cunctator ("el que retrasa", el "dilatador"; aunque algunas veces aparece como el "contemporizador", una traducción directa del italiano temporeggiatore menos libre y más interesante de lo que parece a primera vista) emplea una táctica consistente en evitar el encuentro inmediato y frontal con el cartaginés, apostando por prolongar la batalla hasta que los víveres de los púnicos escaseen y la paciencia de sus mercenarios hispanos y galos se agote. En definitiva, Fabius Maximus pensaba que el tiempo corría a su favor.

So do I. 

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jueves, 15 de marzo de 2012

Los urtext


Vladimir Horowitz, 1957 (foto de Richard Avedon)

Tantos años de ediciones urtext han terminado por dar pianistas urtext y aficionados urtext. Es decir, intérpretes que no osan distanciarse un milímetro de la partitura y melómanos que rechazan como "romántica" cualquier interpretación que no sea ad litteram. Por eso Horowitz y Gould, verdaderos monstruos cuyo inmenso talento musical podía llegar a oscurecer el repertorio que interpretaban, son tan denostados por los puristas. Y por eso Steinberg (el crítico, no el fabricante de pianos) se permitía en 1980 condenar a Horowitz en el New Grove con estas duras palabras:  

"He conceives of interpretation not as the reification [atención, lectores] of the composer’s ideas, but as an essentially independent activity; in Schumann’s Träumerei, for example, he places the high points anywhere except where Schumann placed them. It is nearly impossible for him to play simply, and where simplicity is wanted, he is apt to offer a teasing affettuoso manner (...). Horowitz illustrates that an astounding instrumental gift carries no guarantee of musical understanding".

Ahí es nada. Y ello, a pesar de que muchos de los compositores a los que afectaría este juicio tan severo jamás hubieran esperado semejante dogmatismo. La excepción, no la regla, es la bronca que Beethoven le echó a Czerny por la escasa fidelidad de sus interpretaciones.

Cualesquiera que fueran las razones, técnicas (el diferente mecanismo del pedal en los pianos de 1820, por ejemplo), musicales (la dificultad de un pasaje arpegiado que obligaba al intérprete a ralentizar el tempo) o sociológicas (la aún por venir sacralización de la figura del artista), el hecho es que el intérprete de piano gozó durante algo más de un siglo de una libertad mucho mayor, y que ni Chopin, ni Lizst, ni Mendelssohn se hubieran escandalizado de que el Horowitz de turno se tomase ciertas libertades. Ya se las tomaba, y muchas, Busoni (tenido por un precursor del antiromanticismo). La música, decía, no es sino la transcripción de una inspiración fónica abstracta; y la lectura de esa transcripción no puede ser sino otra transcripción.

En cierto modo, es parecido al debate que protagonizó la interpretación de la música barroca hace ya muchos años (aunque los urtext a menudo lo utilicen  para argumentar justo lo contrario): si usted quiere ser fiel a Chopin, entonces toque como los "románticos". Así es como tocaría el propio Chopin las piezas de otros, y como hubiese esperado que se interpretase su música. Mi admirado Richter no podría estar más en desacuerdo.
 
***

Todo esto viene a cuento de la visita de un amigo holandés y del disco que traía consigo: Toma, me dijo, que sé que te gustan los intérpretes sentimentales. El músico sentimental era Josef Hoffman (curiosamente acusado en su época, junto con Rachmaninov, de ser un intérprete frío, demasiado pegado a la letra).

Pero, ¿hace falta defenderle? Se defiende a sí mismo solo bastante bien. El CD incluía el nocturno en Do menor de Chopin (tocado probablemente de memoria, como era costumbre en los últimos años, etílicos, de Hofmann). Si encuentran algo mejor, les devuelvo la pasta:


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miércoles, 14 de marzo de 2012

En un soplo

Place des Grottes, Ginebra

Un par de horas antes de acabar con mis obligaciones, empiezo a consultar el reloj del móvil para calcular cuánto me queda por llegar a una placita que hay a cinco minutos del apartamento. Estos son sus puntos cardinales: al este, una tienda de electricidad y otras cosas (teléfonos de los años sesenta, planchas predigitales, objetos diversos que siempre formarán parte del stockage de este viejo suizo que no parece tener interés en la liquidez), un tranvía que chirría al tomar la curva y, en un plano más elevado, el paso de los trenes que salen en dirección hacia Lausana o Montreux desde la estación de Cornavin. Al norte, un edificio de apartamentos tomado por tan civilizados okupas, inmaculado, en cuyos bajos hay un café gracioso donde a veces hay jolgorio nocturno. Lo flanquean dos casas perfectamente respetables de principios de siglo donde el alquiler no bajará de los tres mil francos, y la venta de cantidades estratosféricas que escandalizarían hasta a un londinense. Al sur, una casa de madera con tejado de dos aguas que funciona como guardería: "La maison verte". De esta casa salen a las cuatro los hijos o nietos de los emigrantes árabes, portugueses, italianos, africanos. Al oeste, el café donde me siento a la caída de la tarde a beber Chardonnay, atender las llamadas del día perdidas entre los tres móviles con que intento esquivar las tarifas roaming o, simplemente, a desparramar la vista hacia la fuente que ocupa el centro, sin poder evitar (catcher in the rye) vigilar a los niños que a veces corren ciegos hacia la calzada. Lo regenta un matrimonio turco. Es tan recoleta que por concentrado que estés no puedes abstraerte de lo que ocurre a cada minuto en ella, patinetes, conversaciones, bicicletas, pasos. 

Al dedicar estas semanas a leer básicamente poesía, es imposible no darse cuenta de hasta qué punto recurren los temas que ya sabemos: el amor, más aún el desamor, la muerte (y la, nuestra, mortalidad), el paso del tiempo, la comunión con la naturaleza, lo sagrado (así o de otra forma llamado), el soplo en que se va la juventud, la belleza, el poder y demás. Y hasta qué punto las metáforas van transmitiéndose de generación en generación, incluso cuando una reniega de la otra. Clásicos (antiguos o modernos), simbolistas, costumbristas, surrealistas, se reencuentran una y otra vez en el mismo terreno, por mucho que el más reciente se empeñe en marcar distancias con el más viejo. La forma, sólo la forma,  el verso rimado o blanco o libre, el número de sílabas, las cesuras, los acentos, les separan. Nada más. Y una forma evoca a la otra en su obstinado afán por diferenciársele.

Traje conmigo sólo dos discos: las óperas de Haendel y las de Vivaldi al completo. Escuchando Alcida, rebobino para volver a escuchar "Verdi prati":

Verdi prati, selve amene,
perderete la beltà.
Vaghi fior, correnti rivi,
la vaghezza, la bellezza
presto in voi si cagerà.
E cangiato il vago oggetto
all orror del primo aspetto
tutto in voi ritornerà.

Lo que me hace recordar estos versos de Quevedo:
 
¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aún no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol,
en un día o en un sol;
desde el oriente al ocaso
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.

Y éstos de Corneille, que le gustaban tanto a mi padre:

Marquise, si mon visage
A quelques traits un peu vieux,
Souvenez-vous qu’à mon âge
Vous ne vaudrez guère mieux.
Le temps aux plus belles choses
Se plaît à faire un affront,
Et saura faner vos roses
Comme il a ridé mon front.
Le même cours des planètes
Règle nos jours et nos nuits :
On m’a vu ce que vous êtes;
Vous serez ce que je suis.



E basta. Haendel, Jaroussky y el aria citada:
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martes, 6 de marzo de 2012

Como la tumba en la que yace mi amigo



Estos dos días pasados se me han revuelto muchas cosas, aunque todas manejables. Es posible que con sustancias fáciles y con ayudas al sueño, pero eso a nadie debe importar, pues que a nadie obligo ni a consumirlas ni a comprármelas. Una sola se me ha atragantado hasta el punto de deshacer el milagroso equilibrio en que viven nuestros cuerpos: la muerte de D., que sucedió mientras estaba muy lejos, lejos en un lugar que me resultaba por lo demás familiar, pues por mis venas corre sangre del Trópico. Hacía dos días que había visto por primera vez en mi vida un hucarán, las ráfagas de viento y lluvia enseñoreadas de las calles semi vacías, desde la ventana del hotel. No podía moverme de allí por temor a que el estado del enfermo que yacía en la cama empeorase, pero cuánto me hubiera gustado salir y verlo desde un soportal con un grupo de tres o cuatro hombres que me hacía gestos desde una esquina para que bajase al campo de batalla. Fue exactamente hace dos años, cuatro meses y algunos días. Hay algo aún peor que negarle a una persona el derecho a hacer su vida. Incluso peor que el quitársela (y sé lo que cuesta escribir y leer esto). Negar su propia muerte.

***
El kibbutz donde nació D., en sus primeros días

D.Z. nació hace 47 años en un kibbutz fundado por emigrantes húngaros cercano a la frontera con el Líbano, el hijo de un hombre de origen lituano y una mujer de origen checo que eran ya sabras. Los sueños sionistas de sus abuelos libraron a la familia inmediata de la matanza que se desencadenó apenas seis años después de su llegada al puerto de Haifa. Pero el resto de ella desapareció, al completo, entre Belzec y Majdanek. Como el padre de D. era hijo único y su madre tenía un solo hermano que moriría después sin descendencia en una de esas guerras estúpidas con los árabes, su familia se componía de sólo siete miembros: cuatro abuelos, dos padres y él. Existe la costumbre entre los judíos de dar al recién nacido el nombre de un familiar muerto. Así que D. se llamaba así por el hermano de su abuelo materno que, contaban, había muerto a culatazos nada más pisar tierra en Belzec por negarse a separarse de sus hijos y de su mujer. Cómo llegaron a enterarse de los pormenores es una larga historia. Pero el pueblo judío es muy pequeño, y no es difícil que tarde o temprano des con alguien que vió, o que conoció a quien vió, o que escuchó decir, o que sabía por haber escuchado a quien había oído decir.



***
  
Contaba D. que su infancia había sido muy feliz (y añadía que tal vez con toda esa felicidad estaba pagando ahora la infelicidad que sentía). No recordé cuando se lo comenté (ni recuerdo ahora) quién había dicho aquello de que es una broma de pésimo gusto que la etapa más feliz esté siempre (o casi siempre) al principio de la vida, cuando aún no podemos apreciar su excepcionalidad, y la peor al final, cuando más conscientes seríamos de lo que vale. Había tenido un perro, cuya foto guardaba celosamente en su cartera, que le había salvado la vida una vez: Goliat, que en hebreo significa "el peregrino".  La noche se les echó encima deambulando por los alrededores del kibbutz en busca de unas maderas con las que D. tenía planeado construir un fuerte en miniatura, y Goliat le condujo de vuelta, deteniéndose de cuando en cuando a advertir al niño de las trampas del camino. Hasta los siete años, las correrías con Goliat, la escuela de dos únicas aulas, la asistencia callada a las reuniones de los adultos (que, siguiendo la tradición comunitarista, debatían incesantemente cualquier incidente que pudiese afectar, en la práctica o de forma meramente especulativa, a la vida del kibbutz y de la humanidad entera) y la visita anual a sus abuelos en Jerusalén, fueron toda su vida.

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En la cartera llevaba siempre también una foto de su madre, que de joven había sido pianista profesional. Pianista sin piano durante muchos años, porque el primer piano llegó al kibbutz cuando ella ya había cumplido sobradamente los treinta. Un piano para todos, para los chicos que quisiesen aporrearlo, para los que sabían amenizar un baile de domingo con una docena de acordes y para quienes habían estudiado en el conservatorio (que eran más de los que uno podría suponer). La tradición musical del kibbutz perdura hasta hoy; una conocida compañía de danza moderna tiene su sede en él. En la espera, L.Z., la madre de D., se hizo fabricar por un carpintero un piano de madera de sólo cinco octavas, pero imitando un colín y con la tapa primorosamente pintada como una espineta veneciana. Y en él, ante la mirada atónita de su marido y la embelesada de su hijo, siguió ensayando hasta que por fin llegó un instrumento que emitía sonidos de verdad.

Frank Pelleg, tocando una cantata de Bach en el kibbutz

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El padre de D. murió de una enfermedad renal cuando él tenía ocho años. Decía D. que no había sido algo que le hubiese afectado demasiado, más allá de la tristeza habitual en estos casos. El mismo año en que murió el padre murieron también dos de sus abuelos, de modo que la familia quedó reducida a cuatro miembros: un abuelo, una abuela, su madre y él. Coincidiendo con esta mengua le regalaron su primer violín. Su primer maestro fue un viejo polaco que sólo hablaba yíddish y que a los pocos meses de conocerle le advertía gravemente, como si de una disyuntiva entre vida o muerte se tratara, de que pronto tendría que tomar una decisión: Goliat o el violín; o, lo que era lo mismo, Goliat o Menajem Sh., él. Era orgulloso hasta la soberbia, pero D. vivió de sus rentas, decía, hasta que su madre decidió trasladarse a Tel Aviv para que el chico pudiese cursar una enseñanza musical formal. Llegó por ese camino todo lo lejos que puede llegar un chico que a los dieciocho años debe suspender su vida durante tres años para vigilar la frontera con Gaza. Y, a partir de aquel tercer año, una competición entre el afán de ellos por retenerle y su querencia hacia la música, la madre y las colinas y valles de Galilea.

Soldado israelí en la franja de Gaza, enero de 2009 (Reuters/Amir Cohen)


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Le retuvieron. También es cierto que él se dejó atrapar; tal vez, como algún día escribí, por escapar de la frágil cárcel de su personalidad. Tal vez por los mismos motivos que llevaron al joven Babel a enrolarse en el cuerpo más brutal al servicio del Ejército Rojo, la caballería cosaca. Cuando uno dice de un amigo que es un ser de otro mundo es probable que quien escucha abra un paréntesis de duda y se pregunte si no serás tú quien se piensa diferente. Así que de nada sirve lo que diga, pero aun así: lo era.

Fue una casualidad que me asignaran un trabajo, y otra aún mayor que D. fuera el designado para acompañarme. Tras aquel primer viaje vinieron otros treinta y tantos. El día antes del viaje previsto hablábamos siempre por teléfono, y le pedía que trajera el violín. No siempre teníamos tiempo de disfrutar de él. Había noches en que llegábamos tan derrotados al hotel que alguno tenía que convencer al otro de que era conveniente cenar algo antes de irnos a la cama. Pero otras el propio cansancio nos animaba a relajarnos en la barra. Hablábamos de todo lo que en parte estoy aquí contando y de cómo había llegado yo hasta allí. En una de esas barras alguien nos coló algo en la bebida que a punto estuvo de acabar con todo. No sería la única vez. He leído hace poco que, a fuerza de endurecerme en ese trabajo, he dejado de distinguir los medios de los fines. Cuántas veces se planteó la disyuntiva, y cuántas (todas) optamos por lo mismo. No de todo el mundo puede predicarse lo mismo.

***

Hace algo más de un año escribí una carta anunciando mi retirada. Porque consideraba que ya había terminado lo que debía de hacer y por razones personales que no vienen al caso. Y unos meses después, aquel día recién pasado el huracán, recibí una llamada en que se me comunicaba oficialmente que D. había muerto. Hablemos con propiedad: que lo habían matado. A la ira por la noticia se sumó la impotencia de la distancia. Creo que camuflé bastante bien ambos sentimientos. Quien estaba presente omite el papel que jugó en aquel viaje esta pesadilla real, tan real como la tumba donde yace mi amigo.



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Esto es un relato. Ninguno de los personajes del mismo existió jamás. Y, a pesar de todo, espero que la fábula sirva para hacer comprender al protagonista ficticio y a los dos acompañantes que figuran en la sombra.

domingo, 4 de marzo de 2012

Amici miei


Foto: Pablo Ortiz

Están esos amigos que te defenderán en las puertas del Infierno, ante el mismísimo Belcebú. Esos forman una categoría aparte. Son pocos (pero los hay; yo los tengo, ellos me tienen, ustedes los tienen).

Luego empiezan los grados:

- los amigos que se tapan, aunque se avergüenzan de hacerlo. Lo más común es que desaparezcan. A menos que les pongas contra las cuerdas, balbucearán que llevan días sin pasar por casa, que cambiaron de teléfono, que atravesaban una mala racha, que el trabajo les abrumaba

- los amigos que no se tapan, que te espolean incluso, que se cargan de argumentos para defenderte, alimentan ilustrándolos los tuyos y te los exhiben como prueba de su amistad, pero que, de pronto, no acuden a una cita

- los amigos que te insinúan que tal vez la otra parte tuviera algo de razón al difamarte, insultarte, injuriarte, aun a sabiendas de que se trataba de difamaciones, insultos, mentiras

- los amigos que no se destapan abiertamente, pero lo hacen a escondidas de uno y, a menudo, por omisión, por callar cuando oyen, por reír cuando se mofan, por volver a casa chismorreando divertidos lo que acaban de presenciar; éstos son los peores

- los amigos que se destapan de forma abierta, los que un día te llaman por teléfono para decirte que se acabó, que les decepcionaste, que no te reconocen; éstos parecen un poco amigos, aunque su confesión rara vez es sincera


A veces, una persona pasa de un grado a otro conforme el conflicto va tomando forma social, a medida que uno pasa a hundirse más o, por el contrario, se recupera de las magulladuras . El tránsito de la categoría dos o cuatro a la tres, por ejemplo, es muy común entre los homínidos. He integrado en dos ocasiones en mi vida la quinta categoría. Jamás ninguna de las primeras; no tiene mérito, va contra mi naturaleza vehemente y un poco sentimental.

De esta taxonomía, lo que más tiempo me ha llevado comprender, tal vez por cabezonería ideológica, es el cui bono, cui prodest. Me lo he preguntado durante muchos años. Y la respuesta es decepcionante, pues las más de las veces no existe un premio a la deslealtad. No, en todo caso, en forma de trofeo palpable, evidente, que uno pueda agarrar con sus manos, exponer, que pueda trasladar a su cuenta corriente, que aumente el número de sus conquistas, que te ice un par de peldaños arriba. Sólo se me ocurre que el homínido necesita estar junto al mayor número de ejemplares de su especie, formar clan. Un amigo solo, uno que nunca tuvo poder o lo perdió, que nunca tuvo éxito o lo tuvo efímero, no hace compañía; incluso corres el peligro de que te la quite. La música está llena de estas lamentaciones. Ahí tenemos al Sam Cooke del Nobody wants you when you're down and out, por ejemplo, o al adolescente que se refugia en casa de la Jeanne en la canción de Brassens. 

***

Hace poco más de un mes murió Wisława Szymborska, más o menos coincidiendo en el tiempo con mi primera lectura de sus poesías. Llegué a ella a través de Zbigniew Herbert, otro poeta polaco de su misma generación y algo menor que Czesław Miłosz, el único de la tríada a quien conocía desde hace años.  En la edición del FCE está su obra poética completa, y pueden imaginarse que en medio siglo de escritura hay de todo: bueno, menos bueno, regular. No es de los que más me gusta, pero viene al caso de lo que he escrito más arriba y sirve para ilustrar su estilo, muy pudoroso, sencillo, hecho de percepciones minúsculas que al final revela, sin embargo, a una gran escritora:

Elogio de la mala conciencia de sí mismo

El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.

No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.

Cien kilos pesa el corazón de la orca,
pero en otro sentido es ligero.

No hay nada más bestial
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.



viernes, 2 de marzo de 2012

Lucio

He soñado con el primer día del verano. Acabábamos de terminar el curso y fuimos a  la isla tiberina. Celebramos la libertad tomando un baño de sol y retándonos a canciones. Alguien recitaba el primer verso y el emplazado tenía que continuar hasta el final. Estaba también Puccio, en su silla de ruedas. Había que cantar bien fuerte, porque el murmullo del río ahogaba las voces. Adivinen quién me tocó a mí.

Cosa sarà, questo strano coraggio, paura che ci prende
E ci porta a ascoltare la notte che scende
Oh, cosa sarà, quell'uommo e il suo cuore benedetto
Che sceso dalle scarpe, dal letto, si è sentito solo
È come un uccello che in volo, è come un uccello che in volo
Si ferma e guarda giù

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