jueves, 23 de febrero de 2012

Vidas ejemplares. Martin (III)


Continúa de Vidas ejemplares. Martin (II)

Tribunal de Nurenberg. Juicio de los Einsaztgruppen (1947)

Julio de 1947. En el banquillo se sientan veinticuatro hombres. Más de la mitad son licenciados universitarios. Ocho de ellos, juristas. Uno de ellos se llama Martin Sandberger, tiene 36 años. En el banquillo de los acusados, ocupa la primera fila. Es el tercero por la derecha. Apoya la mejilla en la mano. No es fácil saber si presta atención a lo que se dice o está abstraído. Frente a él tiene a otro jurista, un gran clase: Benjamin Ferencz, el abogado jefe de la acusación.

La autenticidad de los crímenes que se le imputan no admite dudas. La historia de los Einsatzgruppen no fue reconstruida después de la guerra por los vencedores. La escribieron en un lenguaje preciso, lacónico, los propios oficiales de los escuadrones a medida que éstos avanzaban hacia el Este. Una muestra amplia, pero no exhaustiva, de los informes de situación que los Einsatzgruppen remitían puntualmente a la Policía de Seguridad en Berlín (es decir, al infausto Heydrich y, cuando éste fue asesinado, al propio Himmler y, luego, a Kaltenbrunner) puede leerse aquí.

Hay una segunda razón para no dudar de su culpabilidad: Sandberger se presentó en dos ocasiones (29 de mayo de 1945, 23 de junio de 1945) ante las autoridades norteamericanas. En ambas declaraciones, pasó de puntillas, pero pasó, por su tránsito como jefe del Sonderkommando 1a (Einsatzgruppe A), de camino hacia los países bálticos. Ferencz le haría detenerse con más calma en su actividad como uno de los oficiales de más alto rango del Einsatzgruppe A. El texto de la sentencia recoge parte de su interrogatorio durante el juicio.

Sandberger sobrevoló también ante los oficiales norteamericanos otros detalles de su carrera bélica: su estancia en Tallin (Estonia) como máximo responsable de la Gestapo, su intervención desde Verona en la deportación de los judíos italianos a Auschwitz y su destino durante el último año y medio de la guerra en los servicios exteriores de inteligencia del Reich. De esos detalles, quiero destacar el primero: entre mediados de 1941 y mediados de 1943 murieron en Estonia, según las estimaciones más conservadoras, quince mil civiles. Casi nueve mil eran judíos estonios y de otras nacionalidades (procedentes de los vecinos bálticos o deportados por los nazis desde Europa Central). Cifras menores, si las comparamos con las víctimas de las razzias de los Einsaztgruppen o las de los campos de exterminio. Pero Estonia era un país muy pequeño, con un elevado porcentaje de población colaboracionista, y un muerto no deja de ser un vivo menos por mucho que muchos muertos hagan estadística. 

Martin Sandberger, segundo por la derecha, asistiendo a una
representación teatral en Tartu (Estonia), 1942

El 10 de abril del 1948 el tribunal dicta sentencia. Martin es condenado a la pena de muerte por ahorcamiento. En 1951, la pena le fue conmutada por la de cadena perpetua. Cumplió una parte de ella en Landsberg, la misma prisión donde había estado Hitler un cuarto de siglo antes. En 1958 paseaba libre por las calles de Stuttgart.

Era de esta libertad inexplicable, no de las estadísticas, no de los muertos, de lo que no quería de ninguna manera hablar Sandberger en esa residencia de Stuttgart, sesenta años después.