viernes, 10 de febrero de 2012

Otros lugares, otras vidas


Taverne de la Madeleine, Ginebra (febrero de 2012)

Cada vez me encuentro más a mis anchas en esta ciudad que parece de provincias. Muchos de sus barrios han quedado fondeados en los setenta y más allá. Las franquicias no han logrado apoderarse de todo el territorio. Abundan los bares regentados por emigrados españoles o portugueses, clubes muchos de ellos donde aún se permite fumar. Las casas de comidas y los cafés conservan nombres cuyo equivalente me resultaría difícil encontrar en Madrid: La limite, Le mériteIl paradiso, Dez trois rois, Chez Marie-Ciel, Le coral rose. Me quedo paralizado ante esos escaparates que muestran juguetes antedigitales de los que harían burla los niños españoles, muebles cochambrosos que sería impensable exhibir en el centro de ninguna capital europea, los souvenirs trasnochados de una tienda que lleva por nombre Comptoir des Alpes. Caminando por la ciudad atravieso cercas donde pastan percherones y cementerios, imperturbables al entorno. Me cuentan que todos los intentos por renovar la orilla del lago (léase, por transformar la sucesión de parques del viejo paseo burgués, con sus pequeños atracaderos y sus hostiles caletas de guijarros, en una corniche moderna a la altura de los tiempos) fracasan sistemáticamente cada vez que se someten a referéndum. El último, hace sólo unos meses. Tanto, tanto dinero, conviviendo con un rechazo  insobornable al cambio por el cambio, que algunos llaman progreso.

Un ejemplo reciente. Entablo conversación con una vieja suiza en un autobús. El frío ha reventado una tubería en el muelle del General Guisan. Los autobuses se retrasan y, cuando llegan, avanzan a paso de hombre por las calles colapsadas. Todo esto, dice con un desdén tranquilo, apuntando brevemente con la barbilla hacia donde están los hoteles de lujo frente al lago, las sedes de los grandes bancos junto al río, para nada. Quand est-ce qu'il va s'arrêter, le progrès?

Creo que en parte me siento tan cómodo porque me recuerda a Ixelles. El cielo bajo, este frío azul, eléctrico, afilado, el traqueteo de los tranvías, la solemnidad de los encuentros fortuitos con desconocidos, los desangelados edificios de ladrillo de las escuelas, los patios helados encerrados en su palenque de árboles desnudos. En la familia inmediata tenemos querencia a imaginar cómo sería nuestra vida en otros países; es decir, a cómo seríamos en otra vida. La mayor parte de las veces es una mera fantasía que nos permite aflojar un poco la soga cuando la sentimos demasiado tensa. De tantas veces como escapamos en sueños, sin embargo, a veces lo hacemos en la realidad. Pero en algún sentido ésta no es otra vida, sino una que ya tuve o, al menos, la que hubiera tenido si en lugar de regresar al país nos hubiéramos hecho adultos en Bruselas. 

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Una conversación en la que cabe casi todo. L., V. y yo nos vamos pisando la palabra. Hablamos primero del éxito de las formas minúsculas en literatura: el microrrelato, el microteatro, el retorno de los haikus (el blog). En lo visual, el triunfo del anuncio y del videoclip (incluso el cine: las películas como sucesión de videoclips). En una cultura que prima al sujeto sobre el objeto, al observador sobre lo observado, en que lo real está supeditado a lo sentido, es normal que la expresión se encuentre más cómoda en el pequeño formato. Una explosión sentimental difícilmente puede sostenerse durante trescientas páginas o dos horas.

(Post scriptum, unos días después: esta tarde me he acercado, con el cuerpo ya asediado por algún virus alpino contra el que mi cuerpo no está inmunizado, a la librería. En un café de la Place des grottes, mientras bebía y tragaba todo lo que la farmacéutica ha querido darme, he leído esto en las primeras páginas de La Panne, de Dürrenmatt:

Des histoires possibles y en a-t-il encore, des histoires possibles pour un écrivain? Car s'il renonce à parler de soi, à se raconter, à étaler son 'moi'; s'il ne veut pas céder au romantisme et au lirisme d'une généralisation de soi à laquelle il répugne; s'il se sent peu enclin à disserter authentiquement de ses propres espérances et de ses renoncements, de ses conquêtes et de ses échecs; si rien ne le pousse à exposer ses propes aventures et sa manière personnelle de coucher avec les femmes, comme si l'exactitude du tableau avait quelque chance de transposer la chose aux dimensions universelles (...); bref, s'il préfère vivre sa vie privée et se garder, avec courtoisie, de toute indiscrétion à son sujet; s'il prétend travailler a la manière du sculpteur qui pose devant soi le sujet et l'objet, qui oeuvre sur sa 'matière' et se comporte en 'classique' (...): oui, dans ce cas-là, écrire devient une chose de plus en plus difficile, de moins en moins justifiable, de moins en moins légitime, de plus en plus absurde.
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Trato de olvidar lo mejor y de recordar lo peor. Paradójicamente, es una estrategia que ayuda al buen vivir.
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De pequeños, jugábamos a países y nacionalidades. ¿Qué te pides ser? El pasaporte de L. era exótico y cambiante; el mío era gris e inmutable: yo, belga.


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