martes, 28 de febrero de 2012

La rueda

Grecia, 1987

Ayer fuimos a escuchar a Nicholas Angelich. A pesar de que el programa era difícilmente superable (las Variaciones Goldberg), consiguió aburrirme. "Ha sido una interpretación intimista", decía una dama rozando los sesenta mientras salíamos. Y lo peor es que llevaba razón. De nuevo hay que rendirse ante el maestro (infra). Pensaba que el pianista era mucho mayor que yo y resulta que es algo más joven. Eso, sumado a que mi superior me había hecho por la mañana una oferta que será difícil rechazar alegando que tenía "un equipo demasiado joven", me ha dejado perplejo. ¿Dirías que es más joven que yo? (por Angelich). No, a ti te echo diez años menos. La pasión es, en efecto, una ciega. O una mentirosa. Nos miente sobre el otro y sobre nosotros mismos. Recuerdo cómo éramos y veo cómo somos. Pero cerré los ojos y a cambio de esa mentira le regalé la noche.

***

Me levanto de buen humor. Antes de salir, le dejo escrita la copla esparza (que, como verán, no es precisamente arte menor) de Roís de Corella:

Si en lo mal temps la serena bé canta,
jo dec cantar, puix dolor me turmenta
en tant extrem que ma pensa és contenta
de presta mort; de tot l’aldre s’espanta.
Mas, si voleu que davall vostra manta
muira, prop vós hauran fi mes dolors:
seré l’ocell que en llit ple de odors
mor, ja content de sa vida ser tanta.

***

De pequeño hubiera querido ser guerrero japonés, marinero o piloto. Lo primero, por influencia de un cómic al que tenía devoción, y cuyo protagonista era un muchacho intrépido que se enfrentaba a todo tal y como a mí me hubiera gustado ir por la calle: pantalones livianos, camiseta astrosa y sin zapatos; lo segundo, porque me pasé de los ocho a los doce años leyendo exclusivamente relatos del mar y de los cielos. Después quise ser húsar, tal vez después de leer El duelo, pero más probablemente porque siempre me ha atraído la vida aventurera. Tras mucho, tanto vagar de una ocupación a otra, me doy cuenta de que lo que más me gusta son las palabras, que siempre quedan a mano, no como el Japón, los mares del Sur o Borodinó.

Monólogo escuchado en el autobús a un niño de tres años. Después de dar algunas  explicaciones a su padre, se queda mirando por la ventanilla y razona en voz alta: "Quand il fait noir, on va se coucher. Quand il fait blanc, on se lève".

Me quedo pensando hasta que llego a destino en antónimos. En inglés, decimos fortune y misfortune. En español, fortuna y desgracia (y, embargo, desafortunado). Para que el equivalente fuera exacto, deberíamos decir gracia y desgracia. Y la rueda de la fortuna sería entonces la rueda de la gracia.