jueves, 16 de febrero de 2012

El dios oscuro

1

Cuando le conocí le habían concedido al fin el destino más goloso: París. Le quedaban seis años para jubilarse. Conservaba la misma cara esférica, imberbe, carnosa, el pelo lacio, lamido sobre un cráneo pequeño, pero había acumulado veinte kilos más. Ahora parecía un niño gordo. Hacía ya diez años que había enviudado. Quiero contar las cosas que sé de él. Son pocas, pero tal vez una de ellas sirva para explicar la anarquía que presidió una vida que todos, y aún más que todos él, habían presentido pacífica y previsible.

A comienzos de 1983 su avión aterrizó en Damasco, su primera misión diplomática. Aunque no había cumplido los veintiséis años, carecía por completo de arrogancia juvenil. No sólo no se sentía superior a sí mismo, como a menudo sucede a los hombres triunfantes y en la plenitud de sus fuerzas, sino que los esfuerzos por encontrar en sus más íntimos recovecos algún nervio que le permitiera encarar el mundo le habían dejado frustrado y desfondado, y habían acentuado su melancolía. Atrás dejaba un solo amigo, extraído de la hueste de los opositores al cuerpo. Si es que así podía referirse a él, ya que era precisamente este amigo ante quien mayor reserva guardaba. Tanto la cercanía física como la espiritual le repelían.

Y, sin embargo, llegaba precedido de cierta notoriedad. Su exposición de los áridos temas del programa ante el tribunal había sido, se decía, brillante. Tenía, además, una de las mejores colecciones del mundo de monedas de la Roma republicana, heredada de su abuelo (y secretamente despreciada por él). Varios miembros de su familia se contaban entre los optimates de la diplomacia española. El encargado de negocios le había llamado una semana antes de su partida para decirle que la colonia española le esperaba ansiosa. Aceptó asistir a la cena de bienvenida que le habían preparado para la misma noche de su llegada. Todo aquello le pesaba como una losa. A pesar de sus escasos pero contundentes triunfos mundanos, la quintaesencia de su apatía permanecía intacta.

_ Sabía que era usted muy joven, pero parece usted aún más joven de lo que imaginaba. Espero que no le moleste que se lo diga.

El chófer sirio que el encargado de negocios había enviado para llevarle al hotel sorteaba a gran velocidad los coches en mitad del caos. Claro que le molestaba. Tanto como la vitalidad excesiva de la ciudad, envuelta en un ciclón de simún que asfixiaba los cuerpos bajo una gasa de polvo. Sudaba por todos los poros. Hubiera preferido cualquier otro destino, cualquiera, hasta Luxemburgo.

_ ¿Viene solo?
_ Sí... Bueno, por el momento. En realidad, mi mujer llegará dentro de una semana.

La naturalidad con que había dicho estas palabras le sorprendió. ¿De qué oscura galería de su personalidad había manado este aplomo? Y, sin embargo, el misterio mayor no era el origen de ese primer paso adelante con el que por primera vez se convertía en su propio hacedor, sino la desenvoltura con que su mente la dotó de los matices más nimios, como si todo lo que afirmó a partir de aquel momento fuera simplemente la crónica de lo que estaba ocurriendo ante sus propios ojos. Como si la mujer que acababa de hacer nacer de su costilla, su mujer, hubiera estado siempre ahí, estuviera ahora realmente allí, ocupándose de los últimos trámites y haciendo las maletas antes de embarcar hacia su encuentro. Muy poco tiempo después recordaría con nostalgia este breve idilio entre la realidad y el deseo.

2

El encargado de negocios se ocupó de las presentaciones. Dos minutos de una conversación telefónica más bien formal le habían bastado, al parecer, para forjar una intimidad unidireccional con él. El señor embajador, su señora, el técnico comercial (que en realidad, le susurró lo suficientemente alto al oído como para que la confesión se revelase una broma privada, tiene alma de poeta y arqueólogo, como la mayoría de ellos), su señora, mi señora, el señor L., al que hemos estado esperando como agua de mayo estos pobres exilados. L. se sentía mucho más seguro de sí mismo desde que se había sincerado con el chófer.

_ Espero que tenga muchas cosas que contarnos sobre las últimas elecciones. 
_ No mucho, realmente. La política me interesa más bien poco. El ministerio está en pie de guerra, eso sí. Por arriba no ha dejado títere con cabeza.
_ Lo sabemos, sí. Qué gabinete, somos el hazmerreír de Europa.
_ Bueno, podría haber sido mucho peor, querida. Al menos es diplomático de carrera.
_ En ese sentido, sí. Lo cual no sé si debe darnos más miedo todavía: ¿qué será lo próximo?
_ No habrá próximo, me temo. Los barrerán del mapa en las próximas elecciones.
_ Si es que aguantan, quieres decir.
_ Sois muy optimistas. Dios sabe cuándo podremos volver o, al menos, cuándo podremos salir de aquí.
_  ¿Pero realmente quieren volver? Yo que estaba deseando conocer este país.
_ ¿Lo dice en serio? Usted no sabe lo que es tratar a diario con esta gente.
_ Y no es lo peor del mundo árabe. Al menos los persas son limpios. ¿Ha estado alguna vez en un país árabe?
_ No, realmente mis viajes se han limitado hasta ahora a la Europa antigua, si puedo llamarla así, y algo del África negra.
_ ¿Y puedo preguntarle por qué le interesa tanto este país?
_ Roma, Atenas... perdona.
_ No, déjalo, ya le preguntaré más despacio. Me intriga ese interés.
_ Bueno, no sólo las grandes capitales. En realidad, durante el último año he pasado más tiempo en Brindisi que en Madrid.
_ ¿Algo que ver con denarios y sestercios?

Con la revelación de este conocimiento sobre sus aficiones, el técnico comercial, al que por ningún lado que se le mirase se le adivinaba alma de poeta, había abierto una grieta en el muro invisible que aún les impedía, a ellos todos, tenerse por un auténtico clan.

_ Exacto. Les veo muy bien enterados de mi gran pasión.

La respuesta acabó por derribar las últimas defensas. Ahora, ellos habían confesado conocer su pasión secreta y él había admitido tenerla. Por primera vez en su vida, L. comenzó a sentir en el estómago el calor de la camaradería. Envalentonado, aceptó incluso el vaso de Hendricks que le ofreció la embajadora. Rechazó mezclarla con ningún refresco y vació la mitad de un trago. También este nuevo yo le gustó.

_ Al margen de mi mujer, claro está.
_ Vaya, ¿estás casado? Valentín nos dijo que eras soltero.
_ Y realmente lo sería cuando lo dijo. Me casé hace dos meses, cuando supe que me destinaban fuera.
_ Si vienes con mujer, la cosa de los barrios se te complica, te lo aviso.
_ ¿En qué sentido?
_ Bueno, ellas no se conforman con cualquier cosa, ya sabes.
_ ¿Cuándo viene?
_ La semana que viene.
_ ¿Es española?
_ Sudanesa.
_ Ah, sudanesa, qué curioso. ¿Y la conociste en Madrid?
_ No, en Kenia. Su familia es cristiana. Se exiliaron a Nairobi en el año 71.   
_ Dicen que las sudanesas son de las mujeres más guapas del planeta.

L. se echó a reír. No fue una risa forzada, sino perfectamente espontánea, como si la hubiera practicado durante toda su vida.

_ Bueno, no te puedo confirmar eso porque aún me faltan, espero, muchas mujeres por conocer. Lo que sí puedo decirte es que ella se lo parece a todos los hombres que la conocen.  
_ ¿Qué les parece?
_ La mujer más bella que han visto nunca.

La cadena de remordimientos se desató al llegar al hotel, a medida que los efectos del alcohol se desvanecían. Le dolía el estómago, las sienes. Le repugnaba el regusto de la ginebra en la boca. Tenía frío y bregó sin éxito con el aparato del aire acondicionado. Se echó en la cama vestido. ¿Qué día de la semana era? La imagen de un puerto adriático se alternaba con una moneda esquilada con el rostro de Trajano, que a veces mutaba en el técnico comercial y, otras, en una negra de dos cabezas, dos negras y una cabeza, el conductor sirio. Martes, día 4. De nuevo las dudas le invadieron el ánimo. ¿Realmente había podido decir todo lo que recordaba? Antes de quedarse dormido entrevió, a través de un velo de conciencia en reflujo, la posibilidad de un indulto. Aún quedaba una semana.

3

El hombre que le precedía se llamaba Wrangler. En la esquina de Anwar Al Attar con la plaza Tahrir le había aliviado comprobar que no se trataba de un sobrenombre, sino que su aspecto era definitivamente centroeuropeo. Pero ahora, al observar la familiaridad con que se abría paso en un night club de Harista, saludando a unos y a otros, besando brevemente a algunas de las chicas, y el poco entusiasmo con que respondía a sus preguntas, volvió a recelar.

_ ¿Hace mucho que vive usted en la ciudad?
_ Mucho.
_  ¿De qué parte de Alemania es usted?
_ O a mí se me ha hecho una eternidad. Baviera.

Como, por mucho que avanzaran entre la afluencia de clientes extranjeros y autóctonos, y a pesar de que el local era más bien pequeño, Wrangler no parecía encontrar el rincón apropiado en que posarse, las ansias de L. se acrecentaron hasta desbordar la prudencia con la que hasta ahora se había referido al asunto.

_ ¿Finalmente, está aquí?
_ ¿Quién?
_ La chica. ¿La ha visto usted ya?
_ He visto a muchas chicas.
_ Me refiero a... la mía.
_ La suya está aquí, sí; es una de éstas, tenemos que elegirla.
_ ¿Cómo elegirla?
_ Alguna que pase por sudanesa.
_ ¿Es que no es sudanesa? ¿No será sudanesa la que elijamos, quiero decir?
_ Dígame, ¿ha visto usted muchos negros en esta ciudad?
_ Realmente, no he tenido tiempo. Llegué anteayer.
_ Pues imagínese si además de negra la buscamos sudanesa. Hola, Sori, ¿cómo te va todo?

Era cinco años más joven que él y le examinó con insolencia sin dejar de contestar mecánicamente a las preguntas de Wrangler. L. evidenció su turbación como solía hacerlo incluso muchos años después, ya cruzada la primera mitad de su vida: apartando la mirada y fijándola en algún punto entre sus manos. Como él mismo había insinuado durante la cena con el clan deslizando en su mentira un deje de verdad, no conocía más mujeres que las de su familia, pero dos cosas parecían claras: la chica era una belleza, y por mucho que hiciera jamás habría podido pasar por la educada descendiente de una honrada familia cristiana.       

_ Sori no es trigo limpio. Lo único que le importa es el lujo, las joyas y la ropa. Pero sabe retener su lengua, y mientras usted alimente sus extravagancias todo irá bien. Creo que es su mejor elección.
4

Era necesario que no saliese del hotel hasta que pasase la semana, y era necesario comprarle nueva ropa, dos requisitos que Sori declaró rápidamente incompatibles. Era ella quien debía elegir lo que se iba a poner. Cuando L. logró imponer su criterio, diciéndole que, por extracción y cultura, él sabía mejor que ella el atuendo que convenía a una mujer cristiana recién llegada de un país del primer mundo, Sori contraatacó alegando que jamás se dejaba comprar un vestido sin antes probárselo. De modo que a la primera noche que pasaron en el hotel (ella en la cama, él en la butaca) siguieron tres mañanas en las que L. iba y venía de las tiendas más glamurosas de la ciudad cargado de bolsas cuyo contenido ella inspeccionaba con un desdén no camuflado. Tras expulsarle de la habitación para probarse las prendas, entreabría la puerta y tendía las bolsas hacia el pasillo con aquellas que no habían superado la prueba.

_ Quiero algo con más escote.  

El segundo caballo de batalla fue el maquillaje. L. se había fijado en que las esposas de sus colegas lo utilizaban con profusión. No se trataba pues de la cantidad, sino de eliminar esa línea malva que corría sinuosa bajo sus cejas y moría formando una onda justo al lado de la sien, atemperar el fucsia en los labios, sustituir las uñas pintadas de endrino por unas más cortas repasadas, si acaso, con un esmalte transparente. De ningún modo consintió en borrarse el pequeño lunar pintado en uno de los pómulos.

Por fin, quedaban por resolver los detalles de su biografía, que visitaban a L. en procesiones silenciosas durante sus excursiones a la ciudad o cuando el sueño le esquivaba hasta la madrugada. Cuando los hubo urdido, describió prolijamente a Sori su nuevo pasado, y la emplazó una y otra vez a repetírselo.   

Nada de esto se hizo sin conflicto, aunque L. rehuía todas las invitaciones que le presentaba. Descubrió pronto que, fuera cual fuera su actitud, aun cuando consistiese en plegarse por completo a sus reivindicaciones, al final del camino le esperaba una palabra desagradable o un único gesto de desprecio. Y la humillación acompañada de un sentimiento de rencor por no saber revolverse contra ella, una incapacidad que al principio atribuyó a la urgencia de contar con su complicidad y, en los últimos años, al dominio que desde el momento de su primer encuentro, cuando en lugar de sostener la mirada la agachó hacia sus manos, había ejercido sobre él.