martes, 28 de febrero de 2012

La rueda

Grecia, 1987

Ayer fuimos a escuchar a Nicholas Angelich. A pesar de que el programa era difícilmente superable (las Variaciones Goldberg), consiguió aburrirme. "Ha sido una interpretación intimista", decía una dama rozando los sesenta mientras salíamos. Y lo peor es que llevaba razón. De nuevo hay que rendirse ante el maestro (infra). Pensaba que el pianista era mucho mayor que yo y resulta que es algo más joven. Eso, sumado a que mi superior me había hecho por la mañana una oferta que será difícil rechazar alegando que tenía "un equipo demasiado joven", me ha dejado perplejo. ¿Dirías que es más joven que yo? (por Angelich). No, a ti te echo diez años menos. La pasión es, en efecto, una ciega. O una mentirosa. Nos miente sobre el otro y sobre nosotros mismos. Recuerdo cómo éramos y veo cómo somos. Pero cerré los ojos y a cambio de esa mentira le regalé la noche.

***

Me levanto de buen humor. Antes de salir, le dejo escrita la copla esparza (que, como verán, no es precisamente arte menor) de Roís de Corella:

Si en lo mal temps la serena bé canta,
jo dec cantar, puix dolor me turmenta
en tant extrem que ma pensa és contenta
de presta mort; de tot l’aldre s’espanta.
Mas, si voleu que davall vostra manta
muira, prop vós hauran fi mes dolors:
seré l’ocell que en llit ple de odors
mor, ja content de sa vida ser tanta.

***

De pequeño hubiera querido ser guerrero japonés, marinero o piloto. Lo primero, por influencia de un cómic al que tenía devoción, y cuyo protagonista era un muchacho intrépido que se enfrentaba a todo tal y como a mí me hubiera gustado ir por la calle: pantalones livianos, camiseta astrosa y sin zapatos; lo segundo, porque me pasé de los ocho a los doce años leyendo exclusivamente relatos del mar y de los cielos. Después quise ser húsar, tal vez después de leer El duelo, pero más probablemente porque siempre me ha atraído la vida aventurera. Tras mucho, tanto vagar de una ocupación a otra, me doy cuenta de que lo que más me gusta son las palabras, que siempre quedan a mano, no como el Japón, los mares del Sur o Borodinó.

Monólogo escuchado en el autobús a un niño de tres años. Después de dar algunas  explicaciones a su padre, se queda mirando por la ventanilla y razona en voz alta: "Quand il fait noir, on va se coucher. Quand il fait blanc, on se lève".

Me quedo pensando hasta que llego a destino en antónimos. En inglés, decimos fortune y misfortune. En español, fortuna y desgracia (y, embargo, desafortunado). Para que el equivalente fuera exacto, deberíamos decir gracia y desgracia. Y la rueda de la fortuna sería entonces la rueda de la gracia.


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jueves, 23 de febrero de 2012

Vidas ejemplares. Martin (III)


Continúa de Vidas ejemplares. Martin (II)

Tribunal de Nurenberg. Juicio de los Einsaztgruppen (1947)

Julio de 1947. En el banquillo se sientan veinticuatro hombres. Más de la mitad son licenciados universitarios. Ocho de ellos, juristas. Uno de ellos se llama Martin Sandberger, tiene 36 años. En el banquillo de los acusados, ocupa la primera fila. Es el tercero por la derecha. Apoya la mejilla en la mano. No es fácil saber si presta atención a lo que se dice o está abstraído. Frente a él tiene a otro jurista, un gran clase: Benjamin Ferencz, el abogado jefe de la acusación.

La autenticidad de los crímenes que se le imputan no admite dudas. La historia de los Einsatzgruppen no fue reconstruida después de la guerra por los vencedores. La escribieron en un lenguaje preciso, lacónico, los propios oficiales de los escuadrones a medida que éstos avanzaban hacia el Este. Una muestra amplia, pero no exhaustiva, de los informes de situación que los Einsatzgruppen remitían puntualmente a la Policía de Seguridad en Berlín (es decir, al infausto Heydrich y, cuando éste fue asesinado, al propio Himmler y, luego, a Kaltenbrunner) puede leerse aquí.

Hay una segunda razón para no dudar de su culpabilidad: Sandberger se presentó en dos ocasiones (29 de mayo de 1945, 23 de junio de 1945) ante las autoridades norteamericanas. En ambas declaraciones, pasó de puntillas, pero pasó, por su tránsito como jefe del Sonderkommando 1a (Einsatzgruppe A), de camino hacia los países bálticos. Ferencz le haría detenerse con más calma en su actividad como uno de los oficiales de más alto rango del Einsatzgruppe A. El texto de la sentencia recoge parte de su interrogatorio durante el juicio.

Sandberger sobrevoló también ante los oficiales norteamericanos otros detalles de su carrera bélica: su estancia en Tallin (Estonia) como máximo responsable de la Gestapo, su intervención desde Verona en la deportación de los judíos italianos a Auschwitz y su destino durante el último año y medio de la guerra en los servicios exteriores de inteligencia del Reich. De esos detalles, quiero destacar el primero: entre mediados de 1941 y mediados de 1943 murieron en Estonia, según las estimaciones más conservadoras, quince mil civiles. Casi nueve mil eran judíos estonios y de otras nacionalidades (procedentes de los vecinos bálticos o deportados por los nazis desde Europa Central). Cifras menores, si las comparamos con las víctimas de las razzias de los Einsaztgruppen o las de los campos de exterminio. Pero Estonia era un país muy pequeño, con un elevado porcentaje de población colaboracionista, y un muerto no deja de ser un vivo menos por mucho que muchos muertos hagan estadística. 

Martin Sandberger, segundo por la derecha, asistiendo a una
representación teatral en Tartu (Estonia), 1942

El 10 de abril del 1948 el tribunal dicta sentencia. Martin es condenado a la pena de muerte por ahorcamiento. En 1951, la pena le fue conmutada por la de cadena perpetua. Cumplió una parte de ella en Landsberg, la misma prisión donde había estado Hitler un cuarto de siglo antes. En 1958 paseaba libre por las calles de Stuttgart.

Era de esta libertad inexplicable, no de las estadísticas, no de los muertos, de lo que no quería de ninguna manera hablar Sandberger en esa residencia de Stuttgart, sesenta años después.



jueves, 16 de febrero de 2012

El dios oscuro

1

Cuando le conocí le habían concedido al fin el destino más goloso: París. Le quedaban seis años para jubilarse. Conservaba la misma cara esférica, imberbe, carnosa, el pelo lacio, lamido sobre un cráneo pequeño, pero había acumulado veinte kilos más. Ahora parecía un niño gordo. Hacía ya diez años que había enviudado. Quiero contar las cosas que sé de él. Son pocas, pero tal vez una de ellas sirva para explicar la anarquía que presidió una vida que todos, y aún más que todos él, habían presentido pacífica y previsible.

A comienzos de 1983 su avión aterrizó en Damasco, su primera misión diplomática. Aunque no había cumplido los veintiséis años, carecía por completo de arrogancia juvenil. No sólo no se sentía superior a sí mismo, como a menudo sucede a los hombres triunfantes y en la plenitud de sus fuerzas, sino que los esfuerzos por encontrar en sus más íntimos recovecos algún nervio que le permitiera encarar el mundo le habían dejado frustrado y desfondado, y habían acentuado su melancolía. Atrás dejaba un solo amigo, extraído de la hueste de los opositores al cuerpo. Si es que así podía referirse a él, ya que era precisamente este amigo ante quien mayor reserva guardaba. Tanto la cercanía física como la espiritual le repelían.

Y, sin embargo, llegaba precedido de cierta notoriedad. Su exposición de los áridos temas del programa ante el tribunal había sido, se decía, brillante. Tenía, además, una de las mejores colecciones del mundo de monedas de la Roma republicana, heredada de su abuelo (y secretamente despreciada por él). Varios miembros de su familia se contaban entre los optimates de la diplomacia española. El encargado de negocios le había llamado una semana antes de su partida para decirle que la colonia española le esperaba ansiosa. Aceptó asistir a la cena de bienvenida que le habían preparado para la misma noche de su llegada. Todo aquello le pesaba como una losa. A pesar de sus escasos pero contundentes triunfos mundanos, la quintaesencia de su apatía permanecía intacta.

_ Sabía que era usted muy joven, pero parece usted aún más joven de lo que imaginaba. Espero que no le moleste que se lo diga.

El chófer sirio que el encargado de negocios había enviado para llevarle al hotel sorteaba a gran velocidad los coches en mitad del caos. Claro que le molestaba. Tanto como la vitalidad excesiva de la ciudad, envuelta en un ciclón de simún que asfixiaba los cuerpos bajo una gasa de polvo. Sudaba por todos los poros. Hubiera preferido cualquier otro destino, cualquiera, hasta Luxemburgo.

_ ¿Viene solo?
_ Sí... Bueno, por el momento. En realidad, mi mujer llegará dentro de una semana.

La naturalidad con que había dicho estas palabras le sorprendió. ¿De qué oscura galería de su personalidad había manado este aplomo? Y, sin embargo, el misterio mayor no era el origen de ese primer paso adelante con el que por primera vez se convertía en su propio hacedor, sino la desenvoltura con que su mente la dotó de los matices más nimios, como si todo lo que afirmó a partir de aquel momento fuera simplemente la crónica de lo que estaba ocurriendo ante sus propios ojos. Como si la mujer que acababa de hacer nacer de su costilla, su mujer, hubiera estado siempre ahí, estuviera ahora realmente allí, ocupándose de los últimos trámites y haciendo las maletas antes de embarcar hacia su encuentro. Muy poco tiempo después recordaría con nostalgia este breve idilio entre la realidad y el deseo.

2

El encargado de negocios se ocupó de las presentaciones. Dos minutos de una conversación telefónica más bien formal le habían bastado, al parecer, para forjar una intimidad unidireccional con él. El señor embajador, su señora, el técnico comercial (que en realidad, le susurró lo suficientemente alto al oído como para que la confesión se revelase una broma privada, tiene alma de poeta y arqueólogo, como la mayoría de ellos), su señora, mi señora, el señor L., al que hemos estado esperando como agua de mayo estos pobres exilados. L. se sentía mucho más seguro de sí mismo desde que se había sincerado con el chófer.

_ Espero que tenga muchas cosas que contarnos sobre las últimas elecciones. 
_ No mucho, realmente. La política me interesa más bien poco. El ministerio está en pie de guerra, eso sí. Por arriba no ha dejado títere con cabeza.
_ Lo sabemos, sí. Qué gabinete, somos el hazmerreír de Europa.
_ Bueno, podría haber sido mucho peor, querida. Al menos es diplomático de carrera.
_ En ese sentido, sí. Lo cual no sé si debe darnos más miedo todavía: ¿qué será lo próximo?
_ No habrá próximo, me temo. Los barrerán del mapa en las próximas elecciones.
_ Si es que aguantan, quieres decir.
_ Sois muy optimistas. Dios sabe cuándo podremos volver o, al menos, cuándo podremos salir de aquí.
_  ¿Pero realmente quieren volver? Yo que estaba deseando conocer este país.
_ ¿Lo dice en serio? Usted no sabe lo que es tratar a diario con esta gente.
_ Y no es lo peor del mundo árabe. Al menos los persas son limpios. ¿Ha estado alguna vez en un país árabe?
_ No, realmente mis viajes se han limitado hasta ahora a la Europa antigua, si puedo llamarla así, y algo del África negra.
_ ¿Y puedo preguntarle por qué le interesa tanto este país?
_ Roma, Atenas... perdona.
_ No, déjalo, ya le preguntaré más despacio. Me intriga ese interés.
_ Bueno, no sólo las grandes capitales. En realidad, durante el último año he pasado más tiempo en Brindisi que en Madrid.
_ ¿Algo que ver con denarios y sestercios?

Con la revelación de este conocimiento sobre sus aficiones, el técnico comercial, al que por ningún lado que se le mirase se le adivinaba alma de poeta, había abierto una grieta en el muro invisible que aún les impedía, a ellos todos, tenerse por un auténtico clan.

_ Exacto. Les veo muy bien enterados de mi gran pasión.

La respuesta acabó por derribar las últimas defensas. Ahora, ellos habían confesado conocer su pasión secreta y él había admitido tenerla. Por primera vez en su vida, L. comenzó a sentir en el estómago el calor de la camaradería. Envalentonado, aceptó incluso el vaso de Hendricks que le ofreció la embajadora. Rechazó mezclarla con ningún refresco y vació la mitad de un trago. También este nuevo yo le gustó.

_ Al margen de mi mujer, claro está.
_ Vaya, ¿estás casado? Valentín nos dijo que eras soltero.
_ Y realmente lo sería cuando lo dijo. Me casé hace dos meses, cuando supe que me destinaban fuera.
_ Si vienes con mujer, la cosa de los barrios se te complica, te lo aviso.
_ ¿En qué sentido?
_ Bueno, ellas no se conforman con cualquier cosa, ya sabes.
_ ¿Cuándo viene?
_ La semana que viene.
_ ¿Es española?
_ Sudanesa.
_ Ah, sudanesa, qué curioso. ¿Y la conociste en Madrid?
_ No, en Kenia. Su familia es cristiana. Se exiliaron a Nairobi en el año 71.   
_ Dicen que las sudanesas son de las mujeres más guapas del planeta.

L. se echó a reír. No fue una risa forzada, sino perfectamente espontánea, como si la hubiera practicado durante toda su vida.

_ Bueno, no te puedo confirmar eso porque aún me faltan, espero, muchas mujeres por conocer. Lo que sí puedo decirte es que ella se lo parece a todos los hombres que la conocen.  
_ ¿Qué les parece?
_ La mujer más bella que han visto nunca.

La cadena de remordimientos se desató al llegar al hotel, a medida que los efectos del alcohol se desvanecían. Le dolía el estómago, las sienes. Le repugnaba el regusto de la ginebra en la boca. Tenía frío y bregó sin éxito con el aparato del aire acondicionado. Se echó en la cama vestido. ¿Qué día de la semana era? La imagen de un puerto adriático se alternaba con una moneda esquilada con el rostro de Trajano, que a veces mutaba en el técnico comercial y, otras, en una negra de dos cabezas, dos negras y una cabeza, el conductor sirio. Martes, día 4. De nuevo las dudas le invadieron el ánimo. ¿Realmente había podido decir todo lo que recordaba? Antes de quedarse dormido entrevió, a través de un velo de conciencia en reflujo, la posibilidad de un indulto. Aún quedaba una semana.

3

El hombre que le precedía se llamaba Wrangler. En la esquina de Anwar Al Attar con la plaza Tahrir le había aliviado comprobar que no se trataba de un sobrenombre, sino que su aspecto era definitivamente centroeuropeo. Pero ahora, al observar la familiaridad con que se abría paso en un night club de Harista, saludando a unos y a otros, besando brevemente a algunas de las chicas, y el poco entusiasmo con que respondía a sus preguntas, volvió a recelar.

_ ¿Hace mucho que vive usted en la ciudad?
_ Mucho.
_  ¿De qué parte de Alemania es usted?
_ O a mí se me ha hecho una eternidad. Baviera.

Como, por mucho que avanzaran entre la afluencia de clientes extranjeros y autóctonos, y a pesar de que el local era más bien pequeño, Wrangler no parecía encontrar el rincón apropiado en que posarse, las ansias de L. se acrecentaron hasta desbordar la prudencia con la que hasta ahora se había referido al asunto.

_ ¿Finalmente, está aquí?
_ ¿Quién?
_ La chica. ¿La ha visto usted ya?
_ He visto a muchas chicas.
_ Me refiero a... la mía.
_ La suya está aquí, sí; es una de éstas, tenemos que elegirla.
_ ¿Cómo elegirla?
_ Alguna que pase por sudanesa.
_ ¿Es que no es sudanesa? ¿No será sudanesa la que elijamos, quiero decir?
_ Dígame, ¿ha visto usted muchos negros en esta ciudad?
_ Realmente, no he tenido tiempo. Llegué anteayer.
_ Pues imagínese si además de negra la buscamos sudanesa. Hola, Sori, ¿cómo te va todo?

Era cinco años más joven que él y le examinó con insolencia sin dejar de contestar mecánicamente a las preguntas de Wrangler. L. evidenció su turbación como solía hacerlo incluso muchos años después, ya cruzada la primera mitad de su vida: apartando la mirada y fijándola en algún punto entre sus manos. Como él mismo había insinuado durante la cena con el clan deslizando en su mentira un deje de verdad, no conocía más mujeres que las de su familia, pero dos cosas parecían claras: la chica era una belleza, y por mucho que hiciera jamás habría podido pasar por la educada descendiente de una honrada familia cristiana.       

_ Sori no es trigo limpio. Lo único que le importa es el lujo, las joyas y la ropa. Pero sabe retener su lengua, y mientras usted alimente sus extravagancias todo irá bien. Creo que es su mejor elección.
4

Era necesario que no saliese del hotel hasta que pasase la semana, y era necesario comprarle nueva ropa, dos requisitos que Sori declaró rápidamente incompatibles. Era ella quien debía elegir lo que se iba a poner. Cuando L. logró imponer su criterio, diciéndole que, por extracción y cultura, él sabía mejor que ella el atuendo que convenía a una mujer cristiana recién llegada de un país del primer mundo, Sori contraatacó alegando que jamás se dejaba comprar un vestido sin antes probárselo. De modo que a la primera noche que pasaron en el hotel (ella en la cama, él en la butaca) siguieron tres mañanas en las que L. iba y venía de las tiendas más glamurosas de la ciudad cargado de bolsas cuyo contenido ella inspeccionaba con un desdén no camuflado. Tras expulsarle de la habitación para probarse las prendas, entreabría la puerta y tendía las bolsas hacia el pasillo con aquellas que no habían superado la prueba.

_ Quiero algo con más escote.  

El segundo caballo de batalla fue el maquillaje. L. se había fijado en que las esposas de sus colegas lo utilizaban con profusión. No se trataba pues de la cantidad, sino de eliminar esa línea malva que corría sinuosa bajo sus cejas y moría formando una onda justo al lado de la sien, atemperar el fucsia en los labios, sustituir las uñas pintadas de endrino por unas más cortas repasadas, si acaso, con un esmalte transparente. De ningún modo consintió en borrarse el pequeño lunar pintado en uno de los pómulos.

Por fin, quedaban por resolver los detalles de su biografía, que visitaban a L. en procesiones silenciosas durante sus excursiones a la ciudad o cuando el sueño le esquivaba hasta la madrugada. Cuando los hubo urdido, describió prolijamente a Sori su nuevo pasado, y la emplazó una y otra vez a repetírselo.   

Nada de esto se hizo sin conflicto, aunque L. rehuía todas las invitaciones que le presentaba. Descubrió pronto que, fuera cual fuera su actitud, aun cuando consistiese en plegarse por completo a sus reivindicaciones, al final del camino le esperaba una palabra desagradable o un único gesto de desprecio. Y la humillación acompañada de un sentimiento de rencor por no saber revolverse contra ella, una incapacidad que al principio atribuyó a la urgencia de contar con su complicidad y, en los últimos años, al dominio que desde el momento de su primer encuentro, cuando en lugar de sostener la mirada la agachó hacia sus manos, había ejercido sobre él.   

martes, 14 de febrero de 2012

Freeze again

Cuántas veces habré podido escucharla y leerla sin hasta ahora darme cuenta de cuál es esa fuerza que levanta al caído para luego volver a derribarlo:

 What power art thou, who from below
    Hast made me rise unwillingly and slow
From beds of everlasting snow
          See’st thou not how stiff and wondrous old
Far unfit to bear the bitter cold,
    I can scarcely move or draw my breath
  Let me, let me freeze again to death.


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viernes, 10 de febrero de 2012

Otros lugares, otras vidas


Taverne de la Madeleine, Ginebra (febrero de 2012)

Cada vez me encuentro más a mis anchas en esta ciudad que parece de provincias. Muchos de sus barrios han quedado fondeados en los setenta y más allá. Las franquicias no han logrado apoderarse de todo el territorio. Abundan los bares regentados por emigrados españoles o portugueses, clubes muchos de ellos donde aún se permite fumar. Las casas de comidas y los cafés conservan nombres cuyo equivalente me resultaría difícil encontrar en Madrid: La limite, Le mériteIl paradiso, Dez trois rois, Chez Marie-Ciel, Le coral rose. Me quedo paralizado ante esos escaparates que muestran juguetes antedigitales de los que harían burla los niños españoles, muebles cochambrosos que sería impensable exhibir en el centro de ninguna capital europea, los souvenirs trasnochados de una tienda que lleva por nombre Comptoir des Alpes. Caminando por la ciudad atravieso cercas donde pastan percherones y cementerios, imperturbables al entorno. Me cuentan que todos los intentos por renovar la orilla del lago (léase, por transformar la sucesión de parques del viejo paseo burgués, con sus pequeños atracaderos y sus hostiles caletas de guijarros, en una corniche moderna a la altura de los tiempos) fracasan sistemáticamente cada vez que se someten a referéndum. El último, hace sólo unos meses. Tanto, tanto dinero, conviviendo con un rechazo  insobornable al cambio por el cambio, que algunos llaman progreso.

Un ejemplo reciente. Entablo conversación con una vieja suiza en un autobús. El frío ha reventado una tubería en el muelle del General Guisan. Los autobuses se retrasan y, cuando llegan, avanzan a paso de hombre por las calles colapsadas. Todo esto, dice con un desdén tranquilo, apuntando brevemente con la barbilla hacia donde están los hoteles de lujo frente al lago, las sedes de los grandes bancos junto al río, para nada. Quand est-ce qu'il va s'arrêter, le progrès?

Creo que en parte me siento tan cómodo porque me recuerda a Ixelles. El cielo bajo, este frío azul, eléctrico, afilado, el traqueteo de los tranvías, la solemnidad de los encuentros fortuitos con desconocidos, los desangelados edificios de ladrillo de las escuelas, los patios helados encerrados en su palenque de árboles desnudos. En la familia inmediata tenemos querencia a imaginar cómo sería nuestra vida en otros países; es decir, a cómo seríamos en otra vida. La mayor parte de las veces es una mera fantasía que nos permite aflojar un poco la soga cuando la sentimos demasiado tensa. De tantas veces como escapamos en sueños, sin embargo, a veces lo hacemos en la realidad. Pero en algún sentido ésta no es otra vida, sino una que ya tuve o, al menos, la que hubiera tenido si en lugar de regresar al país nos hubiéramos hecho adultos en Bruselas. 

***

Una conversación en la que cabe casi todo. L., V. y yo nos vamos pisando la palabra. Hablamos primero del éxito de las formas minúsculas en literatura: el microrrelato, el microteatro, el retorno de los haikus (el blog). En lo visual, el triunfo del anuncio y del videoclip (incluso el cine: las películas como sucesión de videoclips). En una cultura que prima al sujeto sobre el objeto, al observador sobre lo observado, en que lo real está supeditado a lo sentido, es normal que la expresión se encuentre más cómoda en el pequeño formato. Una explosión sentimental difícilmente puede sostenerse durante trescientas páginas o dos horas.

(Post scriptum, unos días después: esta tarde me he acercado, con el cuerpo ya asediado por algún virus alpino contra el que mi cuerpo no está inmunizado, a la librería. En un café de la Place des grottes, mientras bebía y tragaba todo lo que la farmacéutica ha querido darme, he leído esto en las primeras páginas de La Panne, de Dürrenmatt:

Des histoires possibles y en a-t-il encore, des histoires possibles pour un écrivain? Car s'il renonce à parler de soi, à se raconter, à étaler son 'moi'; s'il ne veut pas céder au romantisme et au lirisme d'une généralisation de soi à laquelle il répugne; s'il se sent peu enclin à disserter authentiquement de ses propres espérances et de ses renoncements, de ses conquêtes et de ses échecs; si rien ne le pousse à exposer ses propes aventures et sa manière personnelle de coucher avec les femmes, comme si l'exactitude du tableau avait quelque chance de transposer la chose aux dimensions universelles (...); bref, s'il préfère vivre sa vie privée et se garder, avec courtoisie, de toute indiscrétion à son sujet; s'il prétend travailler a la manière du sculpteur qui pose devant soi le sujet et l'objet, qui oeuvre sur sa 'matière' et se comporte en 'classique' (...): oui, dans ce cas-là, écrire devient une chose de plus en plus difficile, de moins en moins justifiable, de moins en moins légitime, de plus en plus absurde.
***

Trato de olvidar lo mejor y de recordar lo peor. Paradójicamente, es una estrategia que ayuda al buen vivir.
***

De pequeños, jugábamos a países y nacionalidades. ¿Qué te pides ser? El pasaporte de L. era exótico y cambiante; el mío era gris e inmutable: yo, belga.


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jueves, 9 de febrero de 2012

Vidas ejemplares. Martin (II)

Continúa de Vidas ejemplares. Martin (I) 


Martin, en una residencia de ancianos (Stuttgart, 2009)
    
Le faltan unos meses para cumplir noventa años. “No quiero hablar de ello”, dice Martin. Se sume entonces en uno de esos silencios en que los hombres parecen a punto de traicionarse, de desvelar su último misterio. Una ventana que se entreabre una décima de segundo para volver a cerrarse rápidamente.

Es verdad que no pudo dedicarse a la enseñanza universitaria y que, finalmente, su vida se pareció a la de su padre tal vez más de lo que hubiera querido. Se casó, tuvo tres hijos y acabó por convertirse en asesor legal e insustituible mano derecha de la dirección de Lechler, una empresa química fabricante de pinturas, barnices y esmaltes. Así pues, la vida le devolvió, tras unos años de ausencia, a Stuttgart, al respetable entorno protestante suabo, en el que la única nota disonante (pero no tanto) era la presencia del mando del ejército estadounidense en Europa.  

En esa incorporación a Lechler debió ser decisiva la intervención de su padre, sus contactos con I.G. Farben (cuya especialidad primera había sido la fabricación de tintes sintéticos).  Y también los lazos regionales. Martin se jactaba de pertenecer a una familia con varias generaciones de pastores evangelistas y funcionarios de Baden-Württenberg.

El mismo conocía bien los entresijos de la administración y la política estatal: al poco de licenciarse había trabajado como asesor legal para la Administración de Württenberg y, algo después, como director de las oficinas de distrito de Waiblingen y de Stuttgart durante dos años. Entre sus conocidos figuraban algunos hombres influyentes: el ex gobernador de Baden-Würtemberg (y presidente de la Corte Constitucional Federal cuando Martin regresó a Stuttgart) Gebhard Müller, el obispo estatal Martin Haug, el importante teólogo evangelista Eberhard MüllerAsí que, por deprimente que a algunos nos resulte esta foto en familia, la vida no le había tratado mal.


Comida en familia (Stuttgart, 1954)

¿De qué no quiere entonces hablar Martin, ahora que ha doblado la última esquina de su vida?

viernes, 3 de febrero de 2012

Trazos sueltos

Giorgio Bassani
¿Qué tienen en común Le grand Meaulnes, El jardín de los Finzi-Contini, La conciencia de Zeno o Caballería roja? Nada. O tal vez algo: un protagonista que contempla un mundo que le resulta brutalmente ajeno, pero a la vez magnético y hechizante, desde el frágil presidio de su yo. En el caso de Caballería roja, que M. me leía cuando aún me costaba identificar las palabras con su voz de bajo, el reconocimiento de esa fragilidad era explícito: "Olvídese de que tiene gafas sobre la nariz y otoño en el alma", le decía el hampero de Odessa al enfermizo niño judío, sentados sobre un pretil del puerto. Me preguntaba, sin atreverme nunca a interrumpir, qué querría decir "otoñoenel". 


Y algo más: las leí antes de cumplir los dieciocho, y hubo un antes y un después de ellas.

***
Llaman desde Ginebra. He soñado que no despertaba a tiempo para recogerte, dice. Sé que allí también hace frío. Esta noche he abierto los ojos en el sofá. Tenía la televisión aún encendida en uno de esos canales donde las capitales del mundo van sucediéndose en la parte inferior de la pantalla: Río de Janeiro: 35º. Amsterdam: -4º. El Cairo: 22º. ¿Será casualidad?: lo primero que he visto al abrir los ojos ha sido un mapa de España surcado de copos. Pero aquí hace aún más. ¿Tienes ganas de venir? Muchas. ¿Cuántas? Todas. Y experimento un extraño placer en la respuesta.

Previsión del tiempo para mañana, 3 de febrero
***
Shylock:
"Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado".
(El mercader de Venecia, Shakespeare)