martes, 31 de enero de 2012

Vidas ejemplares. Martin (I)


Suarezstraße, en su cruce con la Neue-Kantstraaße. Berlin, 1917

En algún número de esta calle berlinesa, seis años antes de la fecha en que fue tomada la fotografía, nació Martin. La familia había recalado en la ciudad procedente de Württemberg, en el sudoeste de Alemania.

El padre de Martin trabajaba entonces en el centro, a sólo siete kilómetros del domicilio familiar. Berlín es frío en invierno: el viento del Este llega de la estepa rusa sin que ninguna cadena montañosa modere su fuerza. Es de suponer, no obstante, que recorriese a pie las tres manzanas que le separaban de la Bismarckstraße y, una vez allí, tomara uno de los tranvías que, en línea recta a través de la entonces Charlottenburger Chaussee, comunicaba Charlottenburg con la ciudad. Tal vez, al menos mientras todo resultara nuevo, contemplara a su paso el edificio de la Ópera, las gabarras adormecidas en las aguas color herrumbre del Spree, la mancha verde del Tiergarten, la puerta de Brandenburgo. Es probable que Martin hiciera también al menos parte de ese trayecto algunos domingos. Por aquel entonces las opciones no eran tantas, y la visita al zoológico era tan popular, se dice, que resultaba casi imposible atisbar un animal entre los cientos de cabezas humanas.

En todo caso, su primera estancia en la ciudad no fue larga. Martin ingresó en la escuela primaria en Stuttgart y, poco después, la continuó (y terminó; con las más altas calificaciones) en Frankfurt. Su padre había sido destinado allí a la sede central de I.G. Farben, el mastodóntico complejo Poelzig, famoso en los aún relativamente pacíficos años de preguerra por ser el edificio de oficinas más grande del mundo y por sus paternoster, como imaginados por un visionario surrealista. No será la primera vez que mencionemos el Poelzig. 


Al finalizar el gymnasium, se distanció de la vocación técnica de su padre y optó por estudiar leyes. Durante su paso por las universidades de Munich, Friburgo y Colonia, destacó como un estudiante formal y brillante. Probablemente las palabras que escribió sobre él años después alguien que sin duda le conocía bien sirven para describir también sus cualidades en estos primeros años de su juventud:
 
"[Martin] tiene grandes habilidades espirituales e intelectuales. Sus dotes orales le convierten en un hábil negociador, lógico, ágil y firme. Posee una gran facultad inductiva que, junto con su ingenio innato, le hacen capaz de concebir planes a gran escala. [Martin] aplica su inmensa diligencia y una capacidad de trabajo por encima de la media a cualquier labor que se le confíe".

Cuando finalizó sus estudios universitarios, Martin decidió desplazarse a Tübingen, en el suave valle del río Neckar, junto a los bosques suabos; allí donde el cálido Foehn procedente de los Alpes templa las temperaturas y donde, decía Hölderlin, “no hay una colina que no tenga una viña“. Es probable que quisiera estar cerca de su familia, que para entonces ya había regresado a Baden-Württenberg. Allí se doctoró en 1933, y después de trabajar en su especialidad durante dos años en el propio Tübingen, en Berlín y en Stuttgart, regresó a la ciudad.

Tenía veinticuatro años y aún parecía más joven de lo que era. El mismo pelo castaño oscuro, lacio, los mismos ojos grises ligeramente achinados, la misma cara redonda, de pómulos altos, que uno reconocería en su foto de primera comunión. Algo más alto y espigado que la media. Una novia que pronto se convertiría en su mujer y que, como él, acababa de doctorarse. Siempre se había imaginado a sí mismo como profesor de universidad y durante unos meses hizo realidad su ambición. Trabajó en las aulas como ayudante de Carlo Schmid, cuyas desavenencias con los nazis le privaron de una cátedra. También volveremos sobre él. A veces no es el destino quien nos aguarda con sus paradojas, sino el pasado.

Pero algo comenzó a torcerse para él en 1936.

 
Universidad de Tübingen, 1933