jueves, 26 de enero de 2012

Sobre el delirio, la estética y el horror

Bosque de Rumbula (Letonia), en algún momento después de 1945

Cuando uno está obsesionado, todo lo que escucha y ve parece guardar relación con el objeto de la obsesión. La relación puede ser muy remota, o incluso no existir, pero nuestro cerebro fuerza una conexión. Lo que observamos, parafraseando a Heisenberg (el físico), no es la realidad verdadera, sino la transformada por nuestra forma de contemplarla, de escudriñar en ella las huellas que podrían ligarla a esa otra que se ha enseñoreado de nosotros. El vínculo imaginado no tiene por qué ser horizontal. Es decir, la realidad ahí fuera puede ser más bien un palimpsesto debajo del cual creemos descifrar una realidad más antigua, ésa que es objeto de nuestra obsesión.

¿Será algo parecido a lo que les sucede a los paranóicos? ¿No designa la palabra delirio, al fin y al cabo, a la vez un trastorno alucinatorio y un afán que todo lo domina por cierta cosa o persona? 

He dicho una realidad más antigua. Pero la verdad es que la obsesión no tiene por qué tener dimensiones cronológicas. No obstante, en mi caso es así. En una asociación libre, la primera serie de palabras que acudiría a la cabeza se parecería bastante a esto: muerte, regresar, olvidados, devolver, revivir, restituir. Ya escribí hace un tiempo sobre ello. Obviamente, el denominador común a todas ellas es el pasado. Intento definir la obsesión y resulta esto: todos los tiempos de la crueldad y toda la crueldad del tiempo.

***
Repaso las anotaciones en los libros leídos o releídos este último mes:

En las páginas finales de Austerlitz, el lápiz sólo ha querido destacar esto (con particular saña en lo que figura en cursiva y en negrita) que el protagonista (Austerlitz) pregunta:
"Y ¿no sería imaginable (...) que tuviéramos también citas en el pasado, en lo que ha sido y en gran parte se ha extinguido, y tuviéramos que visitar lugares y personas que, casi más allá del tiempo, tienen una relación con nosotros?"
La antología de poemas de James Fenton ha quedado abierta sobre la mesa del salón por la página del Réquiem alemán, donde leo:
No es lo que construyeron. Es lo que derribaron.
No son las casas. Son los espacios entre las casas.
No son las calles que existen. Son las calles que ya no existen.
No son tus recuerdos lo que te obsesiona.
No es lo que has escrito.
Es lo que has olvidado, lo que debes olvidar.
Lo que debes seguir olvidando toda tu vida.
Y, si hay suerte, el olvido descubrirá un ritual.
Vuelvo también a notas sueltas sobre personas y lugares. Un botón de muestra:
"Imagino perfectamente cómo se comportaría un joven F. en la confusión del verano del 41. Sería lo suficientemente inteligente como para entender que ni soviéticos ni alemanes iban a resolverle la vida en ningún sentido; pero también lo bastante cínico como para contentarse con prolongar unos meses la relativa tranquilidad de su día a día, ahora sirviendo a aquéllos, ahora a éstos, hasta que la galerna se desvaneciese en el horizonte".
 ¿Hay prueba más palpable de que el diagnóstico es delirio?

***
Si el objeto de la obsesión es de una naturaleza horrenda, escribir sobre él requiere amurallarse, en aras de la supervivencia propia y por respeto a quienes padecieron. Enrocarse y no dejarse vencer por ninguna pretensión estética. Abandonar, si es necesario, el estilo (o, si prefieren, sacrificar el propio a otro). 

En el ensayo de Luke Williams (“A Watch on Each Wrist: Twelve Seminars with W.G. Sebald”), que fue alumno de Sebald, pone en su boca estas palabras sobre los límites de la estética cuando de narrar el horror se trata (cursiva añadida): 
How do you surpass horror once you’ve reached a certain level? How do you stop it appearing gratuitous? He [se refiere a Sebald] answered himself. Let me get this right. You (he was addressing the whole class) might think that because you are writing fiction you needn’t be overly concerned to get the facts straight. But aesthetics is not a value-free area. And you must be particularly careful if your subject concerns horrific eventsYou must stick absolutely to the facts. The most plausible, perhaps even the only, approach is the documentary one. I would say that writing about an appalling state of affairs is incommensurable with traditional aesthetics.
Alfred Kubin