sábado, 7 de enero de 2012

A orillas del Alborz


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No llegaron en coche, sino a pie, en un recorrido inacabable por la ciudad oscura, como sumida en pleno toque de queda. Sin más iluminación que el destello sobre el asfalto de los televisores vertido desde el interior de los apartamentos. ¿Cómo podían saberlo si llevaban los ojos vendados? Porque hay tinieblas más espesas que otras. De la misma forma que aunque cerremos los ojos con todas nuestras fuerzas podemos distinguir una mañana nublada de una soleada. 

¿Cuántos kilómetros recorrieron así? Imposible calcularlo. Probablemente muchos más de los necesarios si hubiesen seguido una línea recta desde la esquina de Lalezar hasta el descampado a las afueras de Tajrish. Pero no optaron por el camino más corto sino que, para desnortarles, giraron a derecha e izquierda por calles de las que los vendados perdieron enseguida la cuenta, atravesaron en diagonal un parque sólo denunciado por el olor de una rosaleda y marcharon largo rato junto a las vías del tren (o quién sabe, aunque los pies parecían pisar balastro).

Cómo supieron que era Tajrish. Lo sabían, aunque no podían hablar para confirmarlo. No tenían ninguna lengua común que ellos no conocieran. Y aunque la hubieran tenido, era impensable comunicarse. La alineación lo impedía: x, i, x, ii, x. Claro que esto no siempre era posible; a veces había que caminar en fila india. En cambio, ellos hablaban un dialecto (¿gabarí?) incomprensible para los vendados.  

Ya que no es posible precisar la distancia recorrida, ¿cuánto tiempo anduvieron? Tampoco supieron decirlo a ciencia cierta después. Tenían cosas más perentorias en que fijar la atención: el cansancio, el miedo, la desorientación, el frío cortante del Alborz, la incertidumbre. Todo ello y, sobre todo ello la memoria que se superpone a la experiencia cruda vivida, les impidió acordar si fueron dos horas o cinco. 

La llegada a la casa fue un alivio. El miedo al designio aterroriza más que la propia suerte, por brutal que ésta sea. Esa construcción ilegal entre la ciudad y la cordillera les pareció el más amable de los hogares. Desprovistos de las vendas, las caras no resultaban tan amenazadoras como las voces en el idioma extraño o el rebato de los pasos en el silencioso trayecto sobre las traviesas (o quién sabe). Pero no bien el corazón empezaba a sosegarse, les separaron.

De lo que siguió ambos tuvieron que dar versiones forzosamente distintas. En una habitación de poco más de seis metros cuadrados ella escuchaba los alaridos de él. En otra pieza igualmente desnuda, él escuchaba los gemidos de ellos.

"Nadie puede saber cuánto tiempo, ni a qué pruebas podrá resistir su alma antes de doblegarse o de romperse. Todo ser humano tiene una reserva de fuerzas cuya medida desconoce: puede ser grande, pequeña o inexistente".
"Quien ha sido torturado lo sigue estando (...). La fe en la humanidad, tambaleante ya con la primera bofetada, demolida por la tortura luego, no se recupera jamás”.

(Primo Levi, Los hundidos y los salvados)


Foto de James Natchwey