lunes, 16 de enero de 2012

Gentifricación no es nombre de santa

     Cada vez me sobra más mes para llegar a fin de sueldo. Uno de los lemas más ocurrentes que leímos este otoño mientras atravesábamos Sol, la misma noche de la jornada electoral. Pero no hay nada gracioso en bandear en una ciudad como Madrid con, por ejemplo, 1.200 euros al mes. Los barrios que conozco bien (Cuatro Caminos, Chamberí, Malasaña, Lavapiés, Chueca) por haber vivido en ellos en uno u otro momento, llevan inmersos en un proceso de cambio que parece imparable desde hace años.

   En algunos casos se trata de un proceso de gentrificación. Quienes se criaron allí escapan al extrarradio en cuanto comienzan a trabajar: los precios de venta y alquiler hacen inasequible la vivienda. En su lugar comienzan a aparecer singles y familias de clase media-alta. La mutación atrae negocios distintos y borra del mapa comercios tradicionales. La cerrajería en espera de traspaso se convertirá, por ejemplo, en un centro de depilación por láser. La mercería de las fajas talla 50 en un Calzedonia o, peor aún, en un centro capaz de arruinarte la tarde con exposiciones de fotografía conceptual, colecciones de ropa hecha con material reciclado, microteatro y sesiones de abrazoterapia, y que se llamará, casi con total seguridad, Espacio x. Nada de panadería: boulangerie; y no hay bodegas, sino enotecas.

A los niños no se les cuela el balón debajo del coche. Los descampados y solares han desaparecido, así que ni guás, ni circuitos trazados con el sudor de las palmas para disputar a las chapas la vuelta ciclista. Tampoco hay fuentes, y las bocas de riego no se estropean, de modo que tampoco se pueden celebrar tornas de escupitajos o globos de agua. Cada vez son menos esos personajes solitarios que beben el anís en barra a primera hora o comen del menú diario de los bares. No ves bizcos, ni hombres con trompa de elefante en el lugar de la nariz, ni mujeres obesas con las piernas asaeteadas de varices, ni lisiados, ni síndromes de Moebius. Hasta los perros con que te cruzas son menos y distintos. Nada de esos gozques que exhibían su dentadura aun con la boca cerrada. Razas extrañas. Japonesas. 
 

Foto: Helen Leavitt
 
   Cuatro Caminos ha seguido otro derrotero. Regreso con frecuencia por allí. Recorro los lugares a los que solía ir, solo o acompañando a mi (varicosa) abuela: la carnicería de Santa Juliana, la calle Almansa, la churrería de Juan de Olías, el ateneo libertario de la calle Artistas, el mercado de Maravillas, la iglesia de San José, la ferretería junto al cine Europa. El tramo que define Estrecho, entre la boca de metro del mismo nombre y la glorieta. Los inmigrantes dominicanos, ecuatorianos, magrebíes, lo han hecho suyo. Una negra en la que quepo tres veces yo cuelga ropa en un balcón con la bachata a todo trapo. Un cincuentón desde que llegó y para siempre parado (en el sentido convencional; que parados, lo que se dice parados, sólo están los muertos, decía Anisi) empalma cigarrillos en la Esquina Caribeña. En La Hamaca, un muchacho que sueña con la secuacidad de la indolencia en el malecón de Santo Domingo. Los chicos pelotean en las aceras los domingos por la mañana. Y por mucho que los moradores más antiguos del barrio se lamenten, todo me recuerda precisamente a ellos, a cuando el país tenía mis diez años y ellos eran éstos.

Malecón de Santo Domingo