sábado, 21 de enero de 2012

De noche, casa por casa

Captura de Les amants réguliers (Philippe Garrel)

¿Fascismo? ¿A qué te refieres? Qué más da, contesté alegremente. Pero nos enzarzamos en una discusión sobre el concepto.  Repasamos el catecismo fascista de Nolte. Matizamos que era posible que le faltase una dimensión, el corporativismo. Concluimos que  ese nudo de características negativas no capta la esencia, porque no es común ni invariable en todos los fascismos de carne y hueso que en el mundo han sido y son. ¿Por qué no atenerse a la única definición que no admite controversia?: fascismo es el régimen que instauró en Italia Mussolini entre 1919 y abril de 1945. Y luego adjetivar los demás: fascismo hitleriano, fascismo nacional-católico, islamofascismo. Pero no estoy pensando en nada de eso, le dije, lo que me preocupa es ese "de noche, casa por casa".

El primer estadio fue la prohibición de tirar papeles al suelo. ¿Acaso en nuestras propias casas íbamos desprendiéndonos de los abonos gastados de metro por el salón? Parecía un argumento contundente, aunque ya por entonces pensaba que, al fin y al cabo, tampoco íbamos apagando colillas por el parquet, ni escupíamos en las esquinas de la cocina, conductas que sin embargo no estaban penadas ahí fuera. El cinturón de seguridad fue un salto cualitativo: ya no se trataba sólo de no degradar a los otros con tus kleenex llenos de lágrimas o algo peor, sino de expiar tu culpa si se te ocurría exponerte a una situación que podría perjudicarte a ti mismo. Luego llegaron las cámaras de vigilancia, la prohibición de llevar a los niños a los toros, la humillante recogida de excrementos con la bolsita municipal. Y más tarde, la ley seca. Primero la del alcohol, luego la del tabaco, último refugio de los más necesitados, como sabe cualquiera que haya estado en una cárcel. El lema que más me sublevaba a mí era ese que dice: "Fumar provoca el envejecimiento de la piel". Pueden imaginarse cuál es el que a él le ponía los pelos de punta.

Ojo al parche, pensé: ya no se trataba sólo de la inquisición de las conductas. Estaban intentando salvarnos. Y lo peor de todo: el estribillo del ne pas laissez-faire, ne pas laissez-passer se había ido posando mansamente en las mentes de los ciudadanos súbditos. La antesala de lo que ha de venir. Lo más curioso de todo esto, le dije a mi interlocutor, es por dónde nos está alcanzando la ola. No es la derecha rancia quien la ha importado del puritanismo yanqui, sino esa izquierda desnortada, huérfana del paradigma de la lucha de clases que, con todo, ordenaba su discurso. Qué pena, nos decíamos, en esto ha devenido la utopía: salud moral, juventud eterna y la fragmentación de la igualdad elemental en tantas diferencias como personas hay sobre la Tierra. Y ahí quedó la cosa.

Así que regresaba de noche de una excursión festiva a una ciudad manchega infringiendo una media docena de artículos del código de circulación. Los fogonazos de los radares al paso del bólido iban traduciéndose en pequeñas restas de mi cuenta corriente. En la mano derecha blandía un cigarrillo, en la izquierda el móvil por donde iba charlando animadamente con los amigos a los que había descuidado durante el día. Entre las piernas sujetaba dos botellitas de Johny Walker que había robado de la nevera del hotel. Mientras trataba de hacer sitio a la ceniza en la bandejita rebosante de colillas le pedía al amigo que no colgase para atender la llamada que se cruzaba, a la vez que desenroscaba con una sola mano la primera botella de veinte mililitros.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: de la más fosca y alevosa de las oscuridades surgió un coche de la Guardia Civil.  Y del asiento del copiloto bajó el número más joven. Me conmovió que su afán pareciera no tanto dejarme sin puntos y sin sueldo como instruirme. Tras unos diez minutos de predicación, se quedó mirándome como un escaldado maestro de escuela a un alumno cerril y mendaz, y tuve la tentación de decirle que le haría una perdida en cuanto llegase sano y salvo a casa. Considero que estuve hasta elegante, pues cuando al fin me dieron vía libre le pregunté: ¿Ha leído usted la novela de Consolo?

Si me hubiera ocurrido hoy, no habría caído en la trampa de devolverle doctrina por doctrina. Le habría dicho que Schettino, el capitán putero, chulesco y cobarde del Concordia, era el verdadero héroe de nuestro tiempo, que Pepe había hecho muy bien en patear con saña el meñique de Messi, y que en cuanto me alejara dos kilómetros de ellos pensaba atizarme a su salud la segunda botellita que tenía en el asiento. Tal es la rabia que se apodera de mí cuando intentan colarme un gris en el cerebro.

Foto: Weegee