martes, 31 de enero de 2012

Vidas ejemplares. Martin (I)


Suarezstraße, en su cruce con la Neue-Kantstraaße. Berlin, 1917

En algún número de esta calle berlinesa, seis años antes de la fecha en que fue tomada la fotografía, nació Martin. La familia había recalado en la ciudad procedente de Württemberg, en el sudoeste de Alemania.

El padre de Martin trabajaba entonces en el centro, a sólo siete kilómetros del domicilio familiar. Berlín es frío en invierno: el viento del Este llega de la estepa rusa sin que ninguna cadena montañosa modere su fuerza. Es de suponer, no obstante, que recorriese a pie las tres manzanas que le separaban de la Bismarckstraße y, una vez allí, tomara uno de los tranvías que, en línea recta a través de la entonces Charlottenburger Chaussee, comunicaba Charlottenburg con la ciudad. Tal vez, al menos mientras todo resultara nuevo, contemplara a su paso el edificio de la Ópera, las gabarras adormecidas en las aguas color herrumbre del Spree, la mancha verde del Tiergarten, la puerta de Brandenburgo. Es probable que Martin hiciera también al menos parte de ese trayecto algunos domingos. Por aquel entonces las opciones no eran tantas, y la visita al zoológico era tan popular, se dice, que resultaba casi imposible atisbar un animal entre los cientos de cabezas humanas.

En todo caso, su primera estancia en la ciudad no fue larga. Martin ingresó en la escuela primaria en Stuttgart y, poco después, la continuó (y terminó; con las más altas calificaciones) en Frankfurt. Su padre había sido destinado allí a la sede central de I.G. Farben, el mastodóntico complejo Poelzig, famoso en los aún relativamente pacíficos años de preguerra por ser el edificio de oficinas más grande del mundo y por sus paternoster, como imaginados por un visionario surrealista. No será la primera vez que mencionemos el Poelzig. 


Al finalizar el gymnasium, se distanció de la vocación técnica de su padre y optó por estudiar leyes. Durante su paso por las universidades de Munich, Friburgo y Colonia, destacó como un estudiante formal y brillante. Probablemente las palabras que escribió sobre él años después alguien que sin duda le conocía bien sirven para describir también sus cualidades en estos primeros años de su juventud:
 
"[Martin] tiene grandes habilidades espirituales e intelectuales. Sus dotes orales le convierten en un hábil negociador, lógico, ágil y firme. Posee una gran facultad inductiva que, junto con su ingenio innato, le hacen capaz de concebir planes a gran escala. [Martin] aplica su inmensa diligencia y una capacidad de trabajo por encima de la media a cualquier labor que se le confíe".

Cuando finalizó sus estudios universitarios, Martin decidió desplazarse a Tübingen, en el suave valle del río Neckar, junto a los bosques suabos; allí donde el cálido Foehn procedente de los Alpes templa las temperaturas y donde, decía Hölderlin, “no hay una colina que no tenga una viña“. Es probable que quisiera estar cerca de su familia, que para entonces ya había regresado a Baden-Württenberg. Allí se doctoró en 1933, y después de trabajar en su especialidad durante dos años en el propio Tübingen, en Berlín y en Stuttgart, regresó a la ciudad.

Tenía veinticuatro años y aún parecía más joven de lo que era. El mismo pelo castaño oscuro, lacio, los mismos ojos grises ligeramente achinados, la misma cara redonda, de pómulos altos, que uno reconocería en su foto de primera comunión. Algo más alto y espigado que la media. Una novia que pronto se convertiría en su mujer y que, como él, acababa de doctorarse. Siempre se había imaginado a sí mismo como profesor de universidad y durante unos meses hizo realidad su ambición. Trabajó en las aulas como ayudante de Carlo Schmid, cuyas desavenencias con los nazis le privaron de una cátedra. También volveremos sobre él. A veces no es el destino quien nos aguarda con sus paradojas, sino el pasado.

Pero algo comenzó a torcerse para él en 1936.

 
Universidad de Tübingen, 1933

viernes, 27 de enero de 2012

jueves, 26 de enero de 2012

Sobre el delirio, la estética y el horror

Bosque de Rumbula (Letonia), en algún momento después de 1945

Cuando uno está obsesionado, todo lo que escucha y ve parece guardar relación con el objeto de la obsesión. La relación puede ser muy remota, o incluso no existir, pero nuestro cerebro fuerza una conexión. Lo que observamos, parafraseando a Heisenberg (el físico), no es la realidad verdadera, sino la transformada por nuestra forma de contemplarla, de escudriñar en ella las huellas que podrían ligarla a esa otra que se ha enseñoreado de nosotros. El vínculo imaginado no tiene por qué ser horizontal. Es decir, la realidad ahí fuera puede ser más bien un palimpsesto debajo del cual creemos descifrar una realidad más antigua, ésa que es objeto de nuestra obsesión.

¿Será algo parecido a lo que les sucede a los paranóicos? ¿No designa la palabra delirio, al fin y al cabo, a la vez un trastorno alucinatorio y un afán que todo lo domina por cierta cosa o persona? 

He dicho una realidad más antigua. Pero la verdad es que la obsesión no tiene por qué tener dimensiones cronológicas. No obstante, en mi caso es así. En una asociación libre, la primera serie de palabras que acudiría a la cabeza se parecería bastante a esto: muerte, regresar, olvidados, devolver, revivir, restituir. Ya escribí hace un tiempo sobre ello. Obviamente, el denominador común a todas ellas es el pasado. Intento definir la obsesión y resulta esto: todos los tiempos de la crueldad y toda la crueldad del tiempo.

***
Repaso las anotaciones en los libros leídos o releídos este último mes:

En las páginas finales de Austerlitz, el lápiz sólo ha querido destacar esto (con particular saña en lo que figura en cursiva y en negrita) que el protagonista (Austerlitz) pregunta:
"Y ¿no sería imaginable (...) que tuviéramos también citas en el pasado, en lo que ha sido y en gran parte se ha extinguido, y tuviéramos que visitar lugares y personas que, casi más allá del tiempo, tienen una relación con nosotros?"
La antología de poemas de James Fenton ha quedado abierta sobre la mesa del salón por la página del Réquiem alemán, donde leo:
No es lo que construyeron. Es lo que derribaron.
No son las casas. Son los espacios entre las casas.
No son las calles que existen. Son las calles que ya no existen.
No son tus recuerdos lo que te obsesiona.
No es lo que has escrito.
Es lo que has olvidado, lo que debes olvidar.
Lo que debes seguir olvidando toda tu vida.
Y, si hay suerte, el olvido descubrirá un ritual.
Vuelvo también a notas sueltas sobre personas y lugares. Un botón de muestra:
"Imagino perfectamente cómo se comportaría un joven F. en la confusión del verano del 41. Sería lo suficientemente inteligente como para entender que ni soviéticos ni alemanes iban a resolverle la vida en ningún sentido; pero también lo bastante cínico como para contentarse con prolongar unos meses la relativa tranquilidad de su día a día, ahora sirviendo a aquéllos, ahora a éstos, hasta que la galerna se desvaneciese en el horizonte".
 ¿Hay prueba más palpable de que el diagnóstico es delirio?

***
Si el objeto de la obsesión es de una naturaleza horrenda, escribir sobre él requiere amurallarse, en aras de la supervivencia propia y por respeto a quienes padecieron. Enrocarse y no dejarse vencer por ninguna pretensión estética. Abandonar, si es necesario, el estilo (o, si prefieren, sacrificar el propio a otro). 

En el ensayo de Luke Williams (“A Watch on Each Wrist: Twelve Seminars with W.G. Sebald”), que fue alumno de Sebald, pone en su boca estas palabras sobre los límites de la estética cuando de narrar el horror se trata (cursiva añadida): 
How do you surpass horror once you’ve reached a certain level? How do you stop it appearing gratuitous? He [se refiere a Sebald] answered himself. Let me get this right. You (he was addressing the whole class) might think that because you are writing fiction you needn’t be overly concerned to get the facts straight. But aesthetics is not a value-free area. And you must be particularly careful if your subject concerns horrific eventsYou must stick absolutely to the facts. The most plausible, perhaps even the only, approach is the documentary one. I would say that writing about an appalling state of affairs is incommensurable with traditional aesthetics.
Alfred Kubin

lunes, 23 de enero de 2012

Receso siciliano

Otra de las aficiones recuperadas.

Es el siciliano de la sonata para flauta en Mi bemol mayor (el arreglo para piano es de Kempff quien, por cierto, hubiera hecho bien en ceñirse a Beethoven). ¿Quién dijo que fuera fácil? Lo parece al oído, pero basta echar un vistazo a la partitura para darse cuenta de que a quien aprendió poco, tarde y mal le quedan muchos meses de trabajo por delante para que se oigan las tres voces. De prestado en una casa, las teclas pesan mucho menos que las de mi piano (pero eso no lo justifica). En el 2:24, un gazapo.


Aquí, una interpretación como es debido, con un añadido divertido: Marta Argerich y Paulo Freire (¿qué es lo que circula de mano en mano?) de espectadores del hermoso pianista brasileño.


Y, por fin, tal y como la concibió Bach y sin transcribir, por dos de los mejores intérpretes que dio el siglo pasado:


sábado, 21 de enero de 2012

De noche, casa por casa

Captura de Les amants réguliers (Philippe Garrel)

¿Fascismo? ¿A qué te refieres? Qué más da, contesté alegremente. Pero nos enzarzamos en una discusión sobre el concepto.  Repasamos el catecismo fascista de Nolte. Matizamos que era posible que le faltase una dimensión, el corporativismo. Concluimos que  ese nudo de características negativas no capta la esencia, porque no es común ni invariable en todos los fascismos de carne y hueso que en el mundo han sido y son. ¿Por qué no atenerse a la única definición que no admite controversia?: fascismo es el régimen que instauró en Italia Mussolini entre 1919 y abril de 1945. Y luego adjetivar los demás: fascismo hitleriano, fascismo nacional-católico, islamofascismo. Pero no estoy pensando en nada de eso, le dije, lo que me preocupa es ese "de noche, casa por casa".

El primer estadio fue la prohibición de tirar papeles al suelo. ¿Acaso en nuestras propias casas íbamos desprendiéndonos de los abonos gastados de metro por el salón? Parecía un argumento contundente, aunque ya por entonces pensaba que, al fin y al cabo, tampoco íbamos apagando colillas por el parquet, ni escupíamos en las esquinas de la cocina, conductas que sin embargo no estaban penadas ahí fuera. El cinturón de seguridad fue un salto cualitativo: ya no se trataba sólo de no degradar a los otros con tus kleenex llenos de lágrimas o algo peor, sino de expiar tu culpa si se te ocurría exponerte a una situación que podría perjudicarte a ti mismo. Luego llegaron las cámaras de vigilancia, la prohibición de llevar a los niños a los toros, la humillante recogida de excrementos con la bolsita municipal. Y más tarde, la ley seca. Primero la del alcohol, luego la del tabaco, último refugio de los más necesitados, como sabe cualquiera que haya estado en una cárcel. El lema que más me sublevaba a mí era ese que dice: "Fumar provoca el envejecimiento de la piel". Pueden imaginarse cuál es el que a él le ponía los pelos de punta.

Ojo al parche, pensé: ya no se trataba sólo de la inquisición de las conductas. Estaban intentando salvarnos. Y lo peor de todo: el estribillo del ne pas laissez-faire, ne pas laissez-passer se había ido posando mansamente en las mentes de los ciudadanos súbditos. La antesala de lo que ha de venir. Lo más curioso de todo esto, le dije a mi interlocutor, es por dónde nos está alcanzando la ola. No es la derecha rancia quien la ha importado del puritanismo yanqui, sino esa izquierda desnortada, huérfana del paradigma de la lucha de clases que, con todo, ordenaba su discurso. Qué pena, nos decíamos, en esto ha devenido la utopía: salud moral, juventud eterna y la fragmentación de la igualdad elemental en tantas diferencias como personas hay sobre la Tierra. Y ahí quedó la cosa.

Así que regresaba de noche de una excursión festiva a una ciudad manchega infringiendo una media docena de artículos del código de circulación. Los fogonazos de los radares al paso del bólido iban traduciéndose en pequeñas restas de mi cuenta corriente. En la mano derecha blandía un cigarrillo, en la izquierda el móvil por donde iba charlando animadamente con los amigos a los que había descuidado durante el día. Entre las piernas sujetaba dos botellitas de Johny Walker que había robado de la nevera del hotel. Mientras trataba de hacer sitio a la ceniza en la bandejita rebosante de colillas le pedía al amigo que no colgase para atender la llamada que se cruzaba, a la vez que desenroscaba con una sola mano la primera botella de veinte mililitros.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: de la más fosca y alevosa de las oscuridades surgió un coche de la Guardia Civil.  Y del asiento del copiloto bajó el número más joven. Me conmovió que su afán pareciera no tanto dejarme sin puntos y sin sueldo como instruirme. Tras unos diez minutos de predicación, se quedó mirándome como un escaldado maestro de escuela a un alumno cerril y mendaz, y tuve la tentación de decirle que le haría una perdida en cuanto llegase sano y salvo a casa. Considero que estuve hasta elegante, pues cuando al fin me dieron vía libre le pregunté: ¿Ha leído usted la novela de Consolo?

Si me hubiera ocurrido hoy, no habría caído en la trampa de devolverle doctrina por doctrina. Le habría dicho que Schettino, el capitán putero, chulesco y cobarde del Concordia, era el verdadero héroe de nuestro tiempo, que Pepe había hecho muy bien en patear con saña el meñique de Messi, y que en cuanto me alejara dos kilómetros de ellos pensaba atizarme a su salud la segunda botellita que tenía en el asiento. Tal es la rabia que se apodera de mí cuando intentan colarme un gris en el cerebro.

Foto: Weegee

lunes, 16 de enero de 2012

Gentifricación no es nombre de santa

     Cada vez me sobra más mes para llegar a fin de sueldo. Uno de los lemas más ocurrentes que leímos este otoño mientras atravesábamos Sol, la misma noche de la jornada electoral. Pero no hay nada gracioso en bandear en una ciudad como Madrid con, por ejemplo, 1.200 euros al mes. Los barrios que conozco bien (Cuatro Caminos, Chamberí, Malasaña, Lavapiés, Chueca) por haber vivido en ellos en uno u otro momento, llevan inmersos en un proceso de cambio que parece imparable desde hace años.

   En algunos casos se trata de un proceso de gentrificación. Quienes se criaron allí escapan al extrarradio en cuanto comienzan a trabajar: los precios de venta y alquiler hacen inasequible la vivienda. En su lugar comienzan a aparecer singles y familias de clase media-alta. La mutación atrae negocios distintos y borra del mapa comercios tradicionales. La cerrajería en espera de traspaso se convertirá, por ejemplo, en un centro de depilación por láser. La mercería de las fajas talla 50 en un Calzedonia o, peor aún, en un centro capaz de arruinarte la tarde con exposiciones de fotografía conceptual, colecciones de ropa hecha con material reciclado, microteatro y sesiones de abrazoterapia, y que se llamará, casi con total seguridad, Espacio x. Nada de panadería: boulangerie; y no hay bodegas, sino enotecas.

A los niños no se les cuela el balón debajo del coche. Los descampados y solares han desaparecido, así que ni guás, ni circuitos trazados con el sudor de las palmas para disputar a las chapas la vuelta ciclista. Tampoco hay fuentes, y las bocas de riego no se estropean, de modo que tampoco se pueden celebrar tornas de escupitajos o globos de agua. Cada vez son menos esos personajes solitarios que beben el anís en barra a primera hora o comen del menú diario de los bares. No ves bizcos, ni hombres con trompa de elefante en el lugar de la nariz, ni mujeres obesas con las piernas asaeteadas de varices, ni lisiados, ni síndromes de Moebius. Hasta los perros con que te cruzas son menos y distintos. Nada de esos gozques que exhibían su dentadura aun con la boca cerrada. Razas extrañas. Japonesas. 
 

Foto: Helen Leavitt
 
   Cuatro Caminos ha seguido otro derrotero. Regreso con frecuencia por allí. Recorro los lugares a los que solía ir, solo o acompañando a mi (varicosa) abuela: la carnicería de Santa Juliana, la calle Almansa, la churrería de Juan de Olías, el ateneo libertario de la calle Artistas, el mercado de Maravillas, la iglesia de San José, la ferretería junto al cine Europa. El tramo que define Estrecho, entre la boca de metro del mismo nombre y la glorieta. Los inmigrantes dominicanos, ecuatorianos, magrebíes, lo han hecho suyo. Una negra en la que quepo tres veces yo cuelga ropa en un balcón con la bachata a todo trapo. Un cincuentón desde que llegó y para siempre parado (en el sentido convencional; que parados, lo que se dice parados, sólo están los muertos, decía Anisi) empalma cigarrillos en la Esquina Caribeña. En La Hamaca, un muchacho que sueña con la secuacidad de la indolencia en el malecón de Santo Domingo. Los chicos pelotean en las aceras los domingos por la mañana. Y por mucho que los moradores más antiguos del barrio se lamenten, todo me recuerda precisamente a ellos, a cuando el país tenía mis diez años y ellos eran éstos.

Malecón de Santo Domingo


jueves, 12 de enero de 2012

Shlemiel


Shlemiel the First (en el musical de los Pegasus players)

(Para  José Yossi P.)

Uno de mis personajes literarios favoritos es el shlemiel. El shlemiel (o Shlemiel, a secas y con mayúsculas, en un proceso inverso al que convierte, por ejemplo, el Quijote en un Quijote) asoma siempre por algún lado en las páginas de Bernard Malamud, de Isaac Bashevis Singer, de Saul Bellow, de Joseph Roth y, por doquier, en las novelas de Sholem Aleichem y Mendele Mocher Sforim. En realidad, en casi todas sus películas antiguas Woody Allen interpreta a un shlemiel, es posible que Harpo Marx lo fuera un poco, y cientos de personajes secundarios del muy rico teatro judío de preguerra lo han sido.

Shlemiel es un término yídish. No es un imbécil exactamente, aunque suela recibir ese trato. Es más bien un infeliz, un simple, un inútil. Carece por completo de sentido práctico (pero él, desde luego, no repara en ello). A no confundir con un shlimazel. Un shlimazel es un hombre al que no acompaña la fortuna, un desgraciado nacido sin estrella o bajo una mala. No sé dónde lo leí o quién me lo explicó una vez: Shlemiel es el típico torpe que derrama la sopa; Shlimazel es el pringado a quien siempre le cae encima.

Una descripción perfecta de Shlemiel aparece en La víctima. Érase una vez [traducción libre del original de Bellow]

"... una pequeña aldea en el viejo país. Quedaba apartada de todo, en un valle, así que los judíos temían que el Mesías viniera y no diera con ellos (...). De manera que construyeron una torre muy alta y contrataron a uno de los mendigos de la aldea para que se sentara allí de la mañana a la noche. Un colega de este mendigo se encontró con él y le preguntó: '¿Estás contento con tu trabajo, Baruj?'. A lo que Baruj respondió: 'Bueno, no es que paguen demasiado, pero parece un trabajo estable'".
La anécdota revela mucho sobre el humor judío, sobre la tensión entre la piedad/la fe/la utopía y la ironía/el escepticismo/el pragmatismo. Y sobre la risa que sucede al llanto, que se sobrepone luego a él y que acaba por sofocarlo. Una estrategia de supervivencia para un pueblo pequeño, disperso y a menudo oprimido.

Algunos de los más famosos Shlemiel (tal vez no sea el shlemiel de Ur, vale, pero para nosotros es una fuente lo suficientemente primaria) se encuentran en los relatos de Singer, en los preciosos Cuentos judíos de la aldea de Chelm. Y en realidad aquí es donde yo quería llegar, al vídeo que les enlazo abajo, porque Singer hace gala a lo largo de todo el discurso de aceptación del Nobel y después, cuando explica su desconcierto ante los centenares de periodistas que le aguardan a su regreso a los Estados Unidos, de ese humor que sólo aparentemente es autodestructivo.

En el minuto 2:10, el recién premiado pronuncia la palabra (I've already been surprised, I've already been happy, and now I am the same...). El traductor francés decidió verterlo en los subtítulos así: "Un pauvre type". No está mal para unos subtítulos, pero les aseguro que Schemiel da mucho más de sí. Esa estrategia de supervivencia colectiva puede aplicarse con los mismos buenos resultados a un hombre, una mujer, solos, cuando a la vida le da por ponerse de proa.



martes, 10 de enero de 2012

Easy going

Estos dos años pasados he tenido abandonadas algunas de mis aficiones más recalcitrantes. Nada me ha alejado nunca de la lectura, pero antes de que en el plazo de poco más de un año muriesen dos amigos próximos y me instalase en una fábula delirante por tarambana y mala cabeza, me dejaba robar muy a gusto el tiempo por pasatiempos dispares.

El que más he echado de menos, la cría de timbrados, es al que más rápidamente he regresado. Aquí, la única hembra clara, que además canta que da gusto:


***
Había escrito algo sobre ello. Pero resulta que Hitchens ya había hablado de la cosa con su habitual sentido del humor. Si son de los que piensan que la muerte ha venido a quitarle la razón, relean más despacio.

Circula por ahí una cita apócrifa: "Después de la primera copa ves las cosas como desearías que fuesen. Después de la segunda, ves cosas que no existen. Al final, ves las cosas tal y como son, que es lo más terrible que hay en el mundo. Así pues, ¿cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?".

Es estupenda, pero nunca fue escrita así. En realidad, ni siquiera fue escrita, sino a lo sumo pronunciada. Y no se trata de una, sino de dos observaciones distintas que hizo Wilde sobre la absenta. La primera parte la recogió su amiga Ada Leverson en uno de sus artículos, y el ocaso no aparecía allí por ningún lado. La metáfora del ocaso la reprodujo Christian Krohg en un pequeño volumen de memorias, citando una conversación de Wilde (en Dios sabe qué estado) con otro pintor noruego.

Pero me gusta cómo ha llegado deformada. Es verdad, el mundo se hace más llevadero con la primera copa, y hasta apetecible con la segunda. El quid está justamente ahí, en sujetar las riendas de la tercera.


Foto: Weegee

***
Podría haber sido peor. La suerte me sonríe en lo material. M. dice que no se trata exactamente de suerte, sino de trabajo, tino y una poca o nula aversión al riesgo. L. duda también de que sea suerte, pero no por las mismas razones: me voy a convertir, dice, en un burócrata del oficio. Todo eso está muy bien, pero no les presto demasiada atención. Hay a quien no faltan ni el tesón ni la temeridad pero la fortuna se empeña en esquivar. En cuanto al argumento de L., quienes carecemos del respaldo de un patrimonio y tenemos gente a cargo no podemos permitirnos el fasto de despreciar la rutina para abrazar la bohemia.

***
Junto al estanco del aeropuerto de Barajas, V. me cuela en la mano una nota con seis mandamientos de su puño y letra:
1. Te querrás a ti misma como quieres al prójimo.
2. No beberás hasta que el sol esté en lo más alto.
3. Cuando llegue la noche, leerás en las rayas de tu mano las letras de mi nombre.
4. No dejarás que nadie te diga que estás perdiendo el tiempo cuando piensas en los que ya no están, pero aún son.
5. No repartirás bienes o dinero para hacerte perdonar una culpa que no tienes.
6. No te esforzarás más en forjar un estilo. Ya lo tienes: eres tú.
V.

sábado, 7 de enero de 2012

A orillas del Alborz


?
No llegaron en coche, sino a pie, en un recorrido inacabable por la ciudad oscura, como sumida en pleno toque de queda. Sin más iluminación que el destello sobre el asfalto de los televisores vertido desde el interior de los apartamentos. ¿Cómo podían saberlo si llevaban los ojos vendados? Porque hay tinieblas más espesas que otras. De la misma forma que aunque cerremos los ojos con todas nuestras fuerzas podemos distinguir una mañana nublada de una soleada. 

¿Cuántos kilómetros recorrieron así? Imposible calcularlo. Probablemente muchos más de los necesarios si hubiesen seguido una línea recta desde la esquina de Lalezar hasta el descampado a las afueras de Tajrish. Pero no optaron por el camino más corto sino que, para desnortarles, giraron a derecha e izquierda por calles de las que los vendados perdieron enseguida la cuenta, atravesaron en diagonal un parque sólo denunciado por el olor de una rosaleda y marcharon largo rato junto a las vías del tren (o quién sabe, aunque los pies parecían pisar balastro).

Cómo supieron que era Tajrish. Lo sabían, aunque no podían hablar para confirmarlo. No tenían ninguna lengua común que ellos no conocieran. Y aunque la hubieran tenido, era impensable comunicarse. La alineación lo impedía: x, i, x, ii, x. Claro que esto no siempre era posible; a veces había que caminar en fila india. En cambio, ellos hablaban un dialecto (¿gabarí?) incomprensible para los vendados.  

Ya que no es posible precisar la distancia recorrida, ¿cuánto tiempo anduvieron? Tampoco supieron decirlo a ciencia cierta después. Tenían cosas más perentorias en que fijar la atención: el cansancio, el miedo, la desorientación, el frío cortante del Alborz, la incertidumbre. Todo ello y, sobre todo ello la memoria que se superpone a la experiencia cruda vivida, les impidió acordar si fueron dos horas o cinco. 

La llegada a la casa fue un alivio. El miedo al designio aterroriza más que la propia suerte, por brutal que ésta sea. Esa construcción ilegal entre la ciudad y la cordillera les pareció el más amable de los hogares. Desprovistos de las vendas, las caras no resultaban tan amenazadoras como las voces en el idioma extraño o el rebato de los pasos en el silencioso trayecto sobre las traviesas (o quién sabe). Pero no bien el corazón empezaba a sosegarse, les separaron.

De lo que siguió ambos tuvieron que dar versiones forzosamente distintas. En una habitación de poco más de seis metros cuadrados ella escuchaba los alaridos de él. En otra pieza igualmente desnuda, él escuchaba los gemidos de ellos.

"Nadie puede saber cuánto tiempo, ni a qué pruebas podrá resistir su alma antes de doblegarse o de romperse. Todo ser humano tiene una reserva de fuerzas cuya medida desconoce: puede ser grande, pequeña o inexistente".
"Quien ha sido torturado lo sigue estando (...). La fe en la humanidad, tambaleante ya con la primera bofetada, demolida por la tortura luego, no se recupera jamás”.

(Primo Levi, Los hundidos y los salvados)


Foto de James Natchwey

jueves, 5 de enero de 2012

Me, me, adsum qui feci

El cisne (blanco o no) no canta antes de morir. De hecho, no canta nunca. Grazna, vozna, un sonido lastimero, áspero y desagradable. Dejemos a un lado que es, además, un animal agresivo, voraz, aprovechado y un tanto chulesco, como he tenido ocasión de comprobar más de una vez a orillas del Tajo y en el Jardín del Príncipe. Un bicho sin gracia, vaya.

Pero en la imaginación de los antiguos entonaba antes de expirar una última nota ("Así, cuando los hados lo llaman, el blanco cisne canta abatido entre las húmedas hierbas, a orillas del Menandro", escribe Ovidio en la carta VII de Las heroidas), y esta leyenda pervivió a través de los siglos,

desde el madrigal de Orlando Gibbons

The silver swan, who living had no note
When Death approached, unlocked her silent throat

(En traducción libre: El cisne plateado, que en vida nunca cantó/
Libera su silenciosa garganta cuando la Muerte le acecha)


hasta, ya en el XX, en la pieza de Villa-Lobos, un poco debussyana, la archiconocida melodía que le dedica Saint-Saëns (y que luego utilizó Fokine en 1905 para el ballet que lanzó a la fama a la Pavlova) o el soporífero Cisne de Tuonela de Sibelius.

En el lenguaje popular, la expresión viene a referirse a la última obra, interpretación o representación de una persona. Que puede no ser la mejor (de hecho, puede ser la peor; que ni la desgracia ni la cercanía de la muerte embellecen ni dan sentido por sí solas). Y más allá, aún: en El canto del cisne de Schubert, casi todos los lieder tienen en común el lamento elegíaco de quien ha perdido la batalla final del amor.

Todo esta divagación, en realidad, para escuchar a Emma Kirkby cantar el precioso aire de Dowland (letra, con el bronco animal incluido, abajo)



Me, me and none but me, dart home O gentle Death
And quickly, for I draw too long this idle breath.
O how I long till I may fly to heav'n above
Unto my faithful and beloved turtle dove

Like to the silver swan, before my death I sing
And yet alive my fatal knell I help to ring
Still I desire from earth and earthly joys to fly
He never happy liv'd that cannot love to die.