martes, 25 de diciembre de 2012

A ver si en esta noche


Con los buenos amigos cristianos no sólo discuto sobre las diferencias entre judaísmo y cristianismo; también buscamos los puentes que nos unen. Uno de ellos es la figura de Cristo: la fe en Jesús nos diferencia, pero la fe de Jesús nos une (creo que lo leí en algún libro de Shalom Ben-Chorin).

Para todos ellos, y muy especialmente para Bruno L., transcribo este poema conmovedor de Miguel Arteche; para que no les abandone, es decir, para que no le abandonen:
  
Este es el fin del Cristo abandonado,
el fin de la lanzada, el clavo y el vinagre,
el nunca más de la Resurrección,
el siempre de la muerte en el Sepulcro,
el fin del pan que multiplica
la sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena,
el fin del hombre Lázaro sin muerte.
Este es el fin del traidor en Judas,
del cobarde en tu Juan,
el fin de la ramera perdonada,
la huida en mercader y a latigazos,
el balbucear del rico que entra al cielo
cada cien mil años, y el sisear del pobre
descoyuntado a huesos por el rico.
Esta es la fuga a noches en el asno,
el apagarse de la estrella,
el reventar de los belenes, el estallido
de la pregunta que no dice
José de Arimatea.
Este es el fin
del centurión y de los lirios
del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón con toda
su gloria no pudo alimentarlos).
Este es el fin: buscadme ahora,
decidme ahora que no sea
el fin de la Palabra
(en el principio la Palabra, en el principio
las tinieblas que jamás
se van), y el río que a los mares
se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa:
se va, se fue: lo dejo escrito
a ver si no es el fin, a ver si en esta noche

Tú no me has abandonado.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Ya no es ayer

 
 
 
Aunque nunca fui aficionado a las fiestas navideñas (y no por los motivos obvios), estos días, pasando las páginas del libro de Dussaud sobre la Serra do Barroso, en Tras-os-Móntes, he llorado literalmente la pérdida de la única referencia geográfica estable que he tenido; el único lugar del mundo que podía dotar para mí de sentido la palabra destierro .
 
Éstos eran los días de la matanza; del frío navajero del amanecer, camino del portal de los Bejarano para preparar las migas; de los niños peloteando en la plazuela chica mientras los adultos nos afanábamos sobre los restos del animal; de las heridas infantiles, por caída de bici o pedrada; de las comidas de treinta personas y de las sobremesas en que yo siempre terminaba dialogando a solas con Manolo Quinto, verdadero Dersu Uzala en esa provincia del ocaso; de los paseos en las burras (o simplemente con ellas) hasta el Búrdalo; de los ires y venires de Néstor, escapando un instante de su prisión autista para buscarme y que le alzase a mis rodillas; de los podencos callejeros merodeando los patios, esquivos y desconfiados como felinos, en busca de las sobras de los mondongos; de la poda en el corral, vigilado de cerca por media docena de curiosas gallinas y un par de orgullosos gallos extremeños; de la recogida de aceitunas en el olivar del molino, donde la humedad va traspasando las capas de piel hasta anclarse en los huesos; del olor a lumbre en la casa, pegado a las frías sábanas, a la piel caliente de quien las compartía contigo; de las partidas de cartas con mi tía abuela y de su paciente explicación de las cabañuelas; de los villancicos perdidos en la voz de falsete de tía Ángela, villancicos extraviados ya en el tiempo que aprendió de niña en el chozo itinerante de sus padres; de las visitas de rigor  a los hermanos y primos de mis abuelos en Santa Ana, Ruanes, Alcollarín o Guadalupe; de la puesta al día de mi cuadrícula de censo de aves y el recorrido de los caminos rurales en torno a Santa Cruz en busca de especies; de las excursiones a Miajadas para presentar mis respetos a los gitanos con los que compartía los décimos; y, por fin, al cerrarse el año, del cumpleaños de S., el niño siempre más celebrado y último siempre en celebrarse.
 
[Todas las fotos, de George Dussaud]
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Notas sobre Azerbaiyán


Tengo que confesar que sólo me dejé traer hasta aquí por Kobustán. Quería ver con mis propios ojos esos petroglifos de hace 40.000 años en un paisaje lunar. Me hubiera gustado poder ir a Nagorno Karabaj, aunque mis únicas referencias sobre la región proceden de la literatura soviética. Pero queda lejos, a pesar de que han pasado veinte años desde la guerra la zona no está por completo pacificada, y a G. no le tienta la idea de enfrentarse con un control militar cada cuatro kilómetros. También hubiera querido llegar a la región de Astara para ver los valles plantados de naranjales y kiwis, pero 300 kilómetros de viaje son muchos por estas carreteras.

Me consuelo de Bakú, feo y frío, pensando en Kobustán.

***

Apenas hablan otra cosa que azerí, una lengua de raíz turca. Eso limita mucho mi entretenimiento durante las horas en que mi acompañante está reunido. De modo que cuando me canso de ser silenciosa espectadora de un juego de nard (lo que nosotros conocemos por backgammon), evito el centro y me dedico a dar largos paseos por la orilla del Caspio, donde todo, desde el agua hasta la arena, los incomprensibles fragmentos de muro atravesados cada tanto en medio de la playa, las plataformas petrolíferas que jalonan la línea de costa, los rascacielos a mis espaldas, se conjuran en un gris ballena. Lo llamo así porque de ese color veo yo a las ballenas, que tal vez sean de otro color. Supongo que "plomizo" es un término que entenderían mejor otras personas. Una gasa de gris tan tupida que parece haber nacido de una reciente catástrofe nuclear.
 
 
 
 
***
 
Los viajes tienen estas cosas y estamos a los postres en Paul's, un restaurante que nos han recomendado, cuando se acerca una mujer en la cincuentena que obviamente lleva escuchándonos un buen rato. Habla un poco de español y un excelente francés. Nos pregunta de dónde somos, se presenta, nos pide permiso para sentarse a tomar el café con nosotros. Como G. es incapaz de pronunciar n-o y yo incapaz de resistirme a una conversación con un nativo, acabamos cerrando el restaurante a la una de la madrugada. Esto es lo que quiere: que saquemos de allí un paquete con un manuscrito, y lo hagamos llegar por correo postal a París a la dirección que nos apunta. Parece que seguimos en la era de los zamizdat.
 
***
 
Escribo agotada. Esta mañana, tomamos el autobús 105 hacia Kobustán, después de sacarnos de encima a varios taxistas que pretendían llevarnos hasta allí por el módico precio de 60 manat, algo así como cinco veces el precio del billete de autobús. G. se pone nervioso ante tanta presión, pero a mí me divierte oírles hablar tan rápido en un inglés compuesto por dos docenas de palabras (cheap, marvellous, quick, far, money, wait, return, good, night, hour; el resto, preposiciones distribuidas con gran imaginación entre los sustantivos y los verbos).
 
Los viajeros (ninguno de los cuales va a la zona de los petroglifos, sino a destinos más distantes y misteriosos) acaparan toda mi atención hasta que el animal se adentra en el paisaje desértico.
 
 
 

Quiero llegar hasta el sitio donde se encuentra la inscripción romana más oriental que se conoce, del siglo I EC. Imp(eratore) Domitiano / Caesare Aug(usto) / Germanic(o) / L(ucius) Iulius / Maximus (centurio) / leg(ionis) XII Ful(minatae). Algo así como: "En tiempos del Emperador Domiciano César Augusto Germánico, Lucius Iulius Maximus, centurión de la Legión XII Fulminata". Al parecer, la legión cayó en manos de los habitantes locales. Pero eso nos obligaría a un desvío de nuestra ruta. Y no es tanta mi obsesión con el mundo romano como para sacrificar la visita a los petroglifos.
 
No me arrepiento.
 
 
 
 
***
 
Mientras G. se ducha me tumbo en la cama con el paquete que nos dieron ayer. No lleva ninguna indicación, ni dirección de remite ni nombre del remitente. Lo palpo con deseo. ¿Lo abriría? No, me digo; no sería elegante. No, porque estará escrito en azerí y de poco serviría. No, pero... pero ¿y si no estuviera escrito en azerí? ¿Y si lo estuviera pero pudiera deducir algo? Me contentaría con conocer la caligrafía. Pero supón que lo escribieron a máquina o a ordenador. Sí, lo abriría para comprobar todo eso. Entonces recuerdo la promesa que me hice a los siete años, cuando sorprendí a mi madre  leyendo lo que yo guardaba celosamente en una carpeta (listas de superhéroes inventados, cuentos, prolijas descripciones de la Salamandra Negra -mi alter ego- y sus trances, las claves secretas con que jugaba a los espías con C.). N-o.
 
Por fortuna, calmo mi curiosidad gracias a un mapa de medio metro cuadrado del que pronuncio en voz alta todos y cada uno de los nombres sugerentes en el camino que lleva a Gabala, la gran ciudad que se encontraba justamente a mitad de la Ruta de la Seda.
 
***
 
Anoche soñé que estaba escondida en una de las cuevas de Kobustán. En el exterior, al alcance de mi oído pero no de mi vista, hay un tiroteo entre bandas mafiosas, un cóctel de armenios, azeríes y rusos, que no haría sino empeorar si me descubren. Pero el sueño se empeña en retroceder en el tiempo. Al cabo de un rato, las bandas se han convertido en legiones romanas (no obstante, sigue siendo prudente mantenerse a cubierto). Y en su tramo final, las legiones han trocado en dos pueblos prehistóricos, los mismos que han labrado estas figuras que me miran, miro, desde la bóveda de esta cueva.

martes, 18 de diciembre de 2012

Desdémona

 



Otelo y Desdémona (en el libreto de la ópera de Verdi):


Desdémona: "Le amé por sus desgracias".
Otelo: "La amé por haberlas compadecido".


Otelo habla a Brabantio (la traducción del texto de Shakespeare, de Pérez de Ayala)

 
"Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles (...). Su padre y yo éramos amigos. Me invitaba a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de pasar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, eso fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome Desdémona, que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo contase por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas al narrar algún trance desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis venas me dio un mundo de sollozos… Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé”.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Cual



Escribe un paisano en el exilio ovetense, José Luis García Martín: "Donde terminan las palabras empieza la verdadera conversación. Yo no paro de hablar porque tengo mucho que callar. Escribo para ocultar un secreto".
 
Toda la vida de X. estuvo cubierta bajo un manto de secretos que se fue dejando echar encima. A los cuarenta años, el manto era tan pesado que no había forma de quitárselo de encima. ¿Cómo desenmadejarse ahora? Porque no había un solo aspecto de su vida que se librase de la impostura, desde el nombre que figuraba en su pasaporte hasta el oficio que decía desempeñar, desde sus domicilios hasta sus aficiones públicas. Su vida era en realidad dos avenidas paralelas, una de las cuales corría bajo la superficie imantada, por los vaivenes subterráneos de la otra. Por eso conversaba, discutía, callejeaba, escribía sin parar. 

Se recordaba a sí mismo a ese personaje, "Cual", que habla en los poemas de Chantal Maillard:

 
Cual asomado a otro.
Articulado.
Extrañado.
Entrañado.
Extrañado.
Entrañado.
Hastiado.
 
y
 
Cual extrañado ante otro .
Extrañado de ser otro ante otro.
Estima la quietud de la sombra,
bajo un pino. La ocupa.
Aprende a menguar con ella.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Hijos de Jeremías


Foto: Bill Brandt


El poema es de Juan Vicente Piqueras. No es mi estilo. De hecho, ni siquiera creo que se le pueda llamar poema; si se unen los versos por medio de simples puntos y seguidos, funciona a la perfección como un texto en prosa (claro que ahora se han inventado eso del poema en prosa, que al parecer no es exactamente lo mismo que la prosa poética). 

Pero al retrato de estos hijos de Jeremías no le falta una pincelada. Hasta me pregunto si no tendremos algún conocido común.


No conocen la paz, no pueden darla.
 Creen que son mejores que la vida que llevan
y el mundo, según ellos,

no merece la pena que les causa.

Su intimidad es un lento lamento,
un suspiro, un cansancio de condenado a vida.

No se embarcan ni luchan ni escapan, sólo esperan
que un golpe de fortuna
les restituya el reino que perdieron.
Son reyes destronados
e imponen al amor y a quien les ama
su amarga tiranía.
Pretenden que les den lo que les deben.

Sólo saben amar lo que no son,
el destino que dicen merecer.

Se deprimen, enferman, se enfadan con la vida.
Consideran que nadie ha sabido jamás
penetrar en el hondo misterio de sus almas,
encontrar su tesoro, amar su isla.

Eternos descontentos
con su destino, no lo cambiarían
por nada de este mundo.
Prefieren el lamento y sus refugios
a la íntima intemperie de intentar ser feliz.
Le han tomado cariño a su fracaso,
esa injusticia ajena,
y vagan por el mundo
predicando el prestigio sutil de la derrota,
creyendo que indignarse los convierte en más dignos,
escupiendo en el plato donde comen,
envenando el aire que respiran.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un engaño piadoso

 
Arnold Böcklin. Autorretrato

Leo sobre Mar Saba y el fragmento que cita Stroumsa de la supuesta carta de Clemente de Alejandría (sobre el evangelio secreto de Marcos). Un alarde de erudición. Pero lo que me hiela la sangre es llegar al párrafo en que Cristo pronuncia estas palabras:
 
"Ahora lo sé: mi vida ha sido sólo trampa, cartón y nada. / Tú me has despertado y quiero agradecértelo, Señor de las Tinieblas. / El agua de la fuente que sonaba en la noche arrullando mi sueño, / la mano que besaba de niño antes de irme a dormir, / el rumor de los árboles al amanecer, / los labios que decían quererme… / Todo era verdad y sólo yo, escondido del mundo detrás de mi sonrisa, / de mis vanos milagros y de la sombra del Padre, / sólo yo era mentira, un engaño piadoso. / No he resucitado, sólo he regresado un instante / de donde no se vuelve / para poder decíroslo".
 
No logro dormir después de leerlo. A eso de las tres regreso a la cama. Cuando por fin caigo, sueño con monasterios tallados en las duras montañas del desierto de Judea; con versos sueltos que procuro recordar en cuanto despierto pero que húyen al querer fijarlos en mi memoria; con una casa diminuta y recién encalada de donde sale un niño que no es ninguno de los míos y sin embargo es mío. Sueño que imploro piedad y al tiempo que pronuncio las palabras me hago consciente de que el implorado no puede tenerla. Los timbrados acaban de nacer y yo preparo la pasta de cría en una casa al sur de Francia que he alquilado hace poco tiempo. Supongo que ha sido este último fragmento piadoso el que me ha permitido descansar al fin.  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Uomini


Foto: Imogen Cunningham


Me divierte el horror con que mis conocidos mayores de cincuenta años hablan de su próstata. Qué pensarían si llevaran veintipico años acudiendo puntualmente a un ginecólogo (no es mi caso).
 
El otro día, hablando con Manolo Galicia, se me ocurrió el cuento de terror para hombres más breve del mundo:

"Dése la vuelta, dijo el urólogo".
 
 
***
 
Suspiro por dos ciudades tan distintas. Sé que en cualquiera de ellas sería feliz. Suspiro por dos hombres tan distintos, sólo que en este caso sé que ninguno de ellos me haría feliz. En el primer caso mi amor es activo: viajo a ellas tanto como puedo. En el segundo, pasivo: me dejo querer, pero protejo la frontera con uñas y dientes.
 
***
 
Luz Almodóvar es fea como un demonio, y sin embargo arrasa en su entorno masculino. Obviamente, no podía preguntarle de forma directa en qué radicaba el secreto de su éxito. Sin embargo, el otro día fui involuntario testigo directo: consiste en no ponerle puertas al campo. No es mi estilo, aunque reconozco que tampoco es sensato mantener el perímetro electrificado.    
 
***
 
Leo en algún sitio la expresión "hemofílicos de la vanidad", personas cuyo ego sangra desproporcionamente (en forma de insulto, lamento, indignación) al menor rasguño, un rasguño que no cicatriza nunca. Sin esfuerzo me vienen a la cabeza tres o cuatro nombres. Es una enfermedad que arrasa entre los hombres andropáusicos.
 
***
 
"Cómo me gustaría que te gustasen las mujeres". Me quedo pensando en ello, en por qué no es así. No tengo ningún prejuicio teórico. Tampoco me provoca una repugnancia instintiva el pensarlo, como le ocurre a muchos otros heterosexuales. Es, simplemente, que el mundo masculino, dentro y fuera de la cama, me sigue pareciendo el retablo de las maravillas, y yo una espectadora que con gusto se deja engañar por Chanfalla y Chirinos.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Pero ya que existe


Foto: W. Eugene Smith
 
 
Esta semana: Al-Assad ha utilizado armas químicas contra la población civil. El ejército egipcio lanza granadas contra los manifestantes en el palacio presidencial. Convocada huelga general en Túnez para el jueves próximo después del ataque a la sede de la UGTT por militantes islamistas de Ennahda, partido en el gobierno.

Llamada que no soy capaz de desatender. No existen las casualidades. La votación en Naciones Unidas coincidió con el 75 aniversario de la resolución 181, pero también con la intensificación de la represión en varios países árabes. He pedido una semana de reflexión que tras arduas negociaciones ha quedado reducida a tres días.

Habría sido mejor que el hombre no hubiera sido creado, dice el Talmud. Pero ya que existe, que sea virtuoso.

***

Frente a una de las casas en proceso de desahucio, uno de los vecinos (español) sugiere repartir los pisos de los extranjeros desalojados entre los compatriotas sin vivienda. Se desencadena una discusión que va subiendo de tono. El hombre no atiende a razones. Cuanto más se tratan de explicar mis compañeros, más obcecado se muestra.

Por fin, ante uno de sus "porqués", le digo: "Amad al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto" [Devarim, 10:19: aunque esto no se lo apunto]. Algo, algo que me hubiera gustado saber qué era, el recuerdo tal vez de una estancia en otro país, o las brasas sepultadas pero aún vivas de un sentimiento religioso, de una compasión por la suerte de los otros, le detuvo entonces. Quiero creerlo.

***
 
M. y A., ambos separados, han decidido alquilar juntos. Ninguno de ellos puede permitirse ya mantener solo una vivienda con la que está cayendo. Es poco probable que M. vuelva a encontrar trabajo (aunque es un conseguidor; quién sabe). Por lo que se refiere a A., el ayuntamiento le ha contratado para impartir un curso de fotografía digital. Un respiro hasta el mes de abril.

De vez en cuando me cruzo con él y un grupo de alumnos por las calles del pueblo. Se me acerca, la cara iluminada, para darme explicaciones. "Hoy les llevo a fotografiar a la gente de los bares". Este pequeño trabajo le ha devuelto la vida.

La mudanza de A., sesenta y dos años, consiste en una maleta grande, dos bolsas medianas de mano, el arsenal de máquinas, objetivos y demás archiperres fotográficos con que se ha ganado la vida y una caja de cartón. La abre en la cocina y veo que son medicinas, decenas de cajas para todas sus dolencias, imaginarias y reales. Cuando M. y yo acabamos de ayudarle a guardar todo, a sacar las sábanas, a disponerle el baño, se sienta en la cama y se echa a llorar como un crío. "No sabéis lo que me está costando todo esto". M. y yo nos miramos en silencio, un silencio preñado de angustia.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Varia

 



No puedo dibujar ni una mesa. Lo que dibujo, cuando lo hago, no es el objeto, sino la representación tantas veces vista del objeto, que imito torpemente. El otro día me preguntaba, entre sueños, si no haría lo mismo con la escritura. Por la mañana me abalancé a comprobarlo. No; qué inmenso alivio. 
 
***
 
Hoy he soñado que criaba en casa huevos de esturión y caballitos de mar. Mejor no interpretar los sueños.

***

Estos días hago un poco el gamberro. Ayer se cruzaron los dos en la escalera, uno saliendo, otro llegando a casa. Ambos sospecharon, pero ninguno se atrevió a lanzarme la pregunta directa.

***

¿De dónde procede este optimismo? De que todo me parece milagroso y todos los días me asombro de ello.

***

Leo en el Canto XI la célebre respuesta de Aquiles a Ulises, cuando éste le dice que no debe echar en falta la vida, puesto que ahora reina entre los muertos:

 
Ne cherche pas à m'adoucir la mort, noble Ulysse,
J'aimerais mieux être sur terre un thète au service d'un paysan,
fut-il sans patrimoine et presque sans ressource,
plutôt que de régner ici parmi les ombres consumées.
 
 
 
No vemos nunca el momento de irnos. Y, si fuera posible, nunca veríamos el momento de regresar.
 
***
 
Todos los hechos que se relatan en Julio César (pensaba el otro día cuando salíamos de ver la película de los Taviani) son ciertos. Shakespeare debió de conocer muy bien las fuentes y se atuvo a ellas. Pero en sus manos el asesinato se convierte en una tragedia de temas clásicos: el honor, la tiranía, la traición, la lealtad, el amor por la patria. Conceptos más digeribles, por fácilmente reconocibles en el entorno, que los de reforma agraria, extensión de la ciudadanía, oligarquía, y que no admiten grises: se traiciona o no se traiciona, no hay término medio.
 
Por eso dentro de mil años César será no el que fue, sino el retrato de Suetonio, versión Shakespeare. Lo mismo Bruto o Casio. Luego ¿a qué la gloria, si sólo está unida a un nombre y no a un hombre?
 
***
 
No es la primera vez que me alaban el comportamiento encendido. Me hace gracia la fama de buenos amantes que nos atribuyen. De ser así, debe existir alguna relación entre el Talmud y la pasión sexual. Y, la verdad, no veo cuál.
 
***
 
S: Para mi cumpleaños no quiero una bicicleta ni una play, sino un pájaro.
PJ: Me parece muy bien. ¿Qué pájaro querrías?
S: No como los que tenemos. Uno que hable.
PJ: ¿Un yaco?
S: Me gustan más las cacatúas.
PJ: ¿Y eso?
S: Parecen chicas, y a mí me gustan las chicas.
PJ: ¿Si se llamasen cacatúos también te parecerían "chicas"?
S: No tanto. [Se queda pensando] Pero sí: por el moñito.
PJ: Está bien, una cacatúa. ¿Por qué quieres un pájaro que hable?
S: Para contarle mis secretos y que pueda entenderme.
 
***
 
Dentro de un año mi vida se parecerá a ésta en muy pocas cosas. A algunas personas esto les provoca un estado de ansiedad y zozobra. A mí, una infinita curiosidad.
 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Territorios peligrosos

 
Foto: Edward S. Curtis
 
Los límites. Me doy cuenta ahora de lo importantes que son. En la educación que recibí, tanto en la casa paterna como en la escuela donde pasé quince años (heredera directa de la Institución Libre de Enseñanza), las expresiones despectivas hacia una persona por razón otra que su falta de cualidad moral o de coherencia intelectual estaban seriamente reprimidas. En los dos espacios en que me eduqué hubiera resultado algo más que escandaloso referirse a una persona como "puto negro", "maricón de mierda", "maldita zorra", "sucio judío", "moro asqueroso" o "cerdo catalán". Hubiera provocado la censura y el desprecio de mi padre y de mis maestros.
 
No se trataba sólo de mantener las formas; había en el fondo de ese límite insobornable una postura ética muy definida, a la vez base y consecuencia de ese autocontrol. Intus et in cute, solía decir mi padre, para señalarme que los principios debían tener un reflejo en las formas y que éstas, por otro lado, no podían ser mera fachada sin correspondencia alguna con las convicciones internas.
 
Ahora veo en los míos cómo se refuerzan recíprocamente los dos ámbitos. Un chico acostumbrado a observar ciertos límites en la expresión acaba por interiorizar las razones que los justifican. Y una vez que esas razones están bien asentadas, lo cual sucede muy temprano si uno hace las cosas bien, sentirá una aversión espontánea hacia el lenguaje que las traicione.
 
Cuando uno se permite ciertos usos del lenguaje se adentra sin ser demasiado consciente en un territorio peligroso. Porque el "puto negro", ofensivo para el sujeto aludido pero inocuo en un mundo aproximadamente igualitario, con toda la carga subterránea de prejuicio y desprecio que lleva implícita, facilitará que brote la semilla  de la segregación racial cuando las circunstancias acompañen, del mismo modo que el "sucio judío" allanará el camino a  pogromos venideros o la expresión "maldita zorra", pronunciada alegremente sin aparentes consecuencias durante unos años, permitirá un salto más fácil a una somanta de hostias.
 
No, no hay que dar un paso más allá hasta la ridícula corrección política tan en boga. De hecho, hay que huir de ella como de la peste porque, paradójicamente, revela una concepción similar en la que las personas se definen en su esencia por el sexo, la religión, el tono de piel o las preferencias de cama. Que es justamente la trampa que se trata de evitar. Pues la naturaleza de las personas es la misma, cualesquiera que sean sus accidentes. Aristóteles.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Con setenta años de retraso


Cisjordania, noviembre de 2012
  

Toda la prensa publica estos días las fotografías de los palestinos celebrando el reconocimiento como Estado observador de las Naciones Unidas.
 
***
 
Escribiría un artículo sobre el particular que podría titularse algo así como “Con setenta años de retraso”.

Comenzaría recordando que la resolución 181 preveía dos estados; que al estado palestino le correspondía según aquella división un territorio mayor al que podría aspirar hoy en la previsión más optimista (además de la capitalidad compartida de Jerusalén); y que si los países árabes y los grandes terratenientes sirios, iraníes y libaneses que poseían la mayor parte de la tierra cultivable, los Sursuqs, Twaynis y Mudawwar, no hubieran sido tan cerriles, los palestinos tendrían hoy la suerte de contar con un vecino con una economía pujante y un capital humano de excepción.
 
En lugar de ello, mientras los judíos celebraban el reconocimiento como Estado bailando y cantando en todas las ciudades y kibbutzim, Golda Meir rompía a llorar en el balcón de la Sojnut en Jerusalén, y cientos de cartas atravesaban el Atlántico comunicando la buena nueva, los árabes se armaban hasta los dientes y recibían de los británicos autorización para entrar en el territorio que aún estaba bajo su mandato. Unos meses después de la resolución los ejércitos de cinco países árabes atacaban Israel.
 
Celebran, y me alegro. Pero setenta años después de lo que podrían haberlo hecho, exactamente cuando lo hicieron los judíos. Cuánta sangre y cuánto dolor se podría haber ahorrado.

***

Lo escribiría, sí, pero no encontraría periódico en España dispuesto a publicarlo.

Jerusalén, noviembre de 1947


Tel Aviv, noviembre de 1947

viernes, 30 de noviembre de 2012

La progenie del preso 24601

 


Abandonados por la izquierda socialdemocrócrata, una semilla que nunca llegó a brotar en España. No, en todo caso, en la forma que uno hubiera podido defender: una socialdemocracia a la nórdica, incluso a la alemana de las décadas gloriosas. Repugnados a la vez por la izquierda radical, víctima de esa enfermedad que ya identificó hace ochenta años Bertrand Russell: la creencia en la superioridad moral de los oprimidos.

Decididos a no comprar como izquierda a partidos que no lo son. Pero contrarios también a sucumbir a ese síndrome que ha llevado a la otra izquierda a justificar lo injustificable: las masacres soviéticas, el odio dogmático hacia los Estados Unidos, los sanguinarios experimentos de los partidos así llamados socialistas en Oriente Medio (el Baath de Sadam Hussein en Irak y de Bashar Al-Assad en Siria, la Yamahiriya de Gaddafi), las dictaduras del socialismo africano, los regímenes autoritarios latinoamericanos en Venezuela o Cuba.
 
¿Entonces qué? Reivindicar la izquierda ante el liberalismo de derechas y el viejo liberalismo político ante la izquierda. Tal vez eso le convierta a uno en un fabiano.
 
Es posible que sea ese rechazo hacia estos dos hijos de la izquierda marxista lo que me hace volver con frecuencia la vista a las revoluciones de 1830 y 1848. O quizá sea al contrario, y fuera la lectura temprana de Los miserables la que condicionó para siempre mi actitud de alejamiento tanto de la izquierda light como de la izquierda con las manos manchadas de sangre.

Who am I? No lo sé; tal vez un tataranieto del preso 24601, un tal Jean Valjean.



 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Nacido en Szetejnie





"(...) Hijos de un alma tímida que la tristeza arroja al delirio".

Baruj Spinoza, Tratado teológico-político.

No es lo mismo nacer en Szetejnie que nacer en Londres. Ni escribir en un idioma tan complejo y minoritario como el polaco que en la lengua franca del siglo XX. Por eso tardó tanto en llegarle el reconocimiento a Milosz, un poeta de la altura de Eliot, si no mayor. Me pregunto cuántos escritos no llegarán a nuestras manos a causa de un mero azar geográfico.
 
Para muestra, estos cuatro botones:
 

Lamento

Espejos en los que vi el rubor de mis labios,
¿Quién va ahí, quién a sí mismo se descubre de nuevo?
Collar de ágata, perdido, derramado,
¿Qué hormiga viene a visitarte en el umbroso bosque?
Corchete arrancado por la urgencia del amor,
¿En el fondo de qué inmenso río descansas ahora?
Llanto mío de cuando iba a abandonarme el amigo,
¿Por qué no logro recordarte?
Pasó ayer y no sé si pasó.
Salí corriendo a la escuela, con el bastón regreso, encorvada y seca.
Hermanas mías de los sarcófagos romanos, yo quise ser la única,
pero ya me enlutan, me llevan ya por el mismo portal.  
Regalo 
El día tan feliz.
La niebla se levantó temprano, trabajé en el jardín.
Los colibríes, vuelo inmóvil, sobre la flor de caprifolium.
No había en la tierra qosa alguna que quisiera tener.
No conocía a nadie a quien pudiera envidiar.
Olvidé el mal ya pasado.
No me avergonzaba pensar que fui éste que soy.
No sentía dolor alguno en el cuerpo.
Incorporándome, vi el mar azul y unas velas. 
Encuentro
Íbamos antes del alba por los campos helados.
Se levantaba el ala roja, aún era de noche.
Y de repente una liebre cruzó nuestro camino.
Y uno de nosotros la señaló con la mano.
Esto fue hace años. Hoy ya no están vivos
ni la liebre ni quien la señaló.
Dónde están, amor mío, adónde van
destello de la mano, trayecto de la fuga, crujido del terrón,
ensimismado pregunto, y no es por el pesar.


Tarea 
Con espanto y temblor, pienso que hubiera cumplido con mi vida
sólo si me hubiese atrevido a la confesión pública
revelando el engaño, mío y el de mi época:
nos fue permitido expresarnos con el croar de los enanos y de los
demonios,
porque las palabras puras y dignas estaban prohibidas
bajo castigo tan severo que si alguien se arriesgaba
a pronunciar tan sólo una de ellas
ya a sí mismo se consideraba perdido.

[La traducción, de Barbara Stawicka]

viernes, 23 de noviembre de 2012

Anoche soñé (5). Premonición de un asesinato

 


Estoy pasando de un edificio a otro, en la universidad. Fuera hace una mañana fría, de esas en que el lago amanece helado, las máquinas quitanieve avanzan como carros de combate por el centro de la ciudad, en las entradas de los edificios se acumula una nieve sucia mezclada con gravilla de sal. Al entrar en la estación del tren que lleva a Hyde Park, las gafas se empañan, las cuatro capas protectoras se convierten en un engorro del que no sabes cómo deshacerte al pasar de diez bajo cero a veinte sobre cero. El tren se detiene al llegar a la altura del Field Museum. Por los altavoces, la voz de mi amigo Giorgos, uno de los revisores, dice: "PJ, mira a tu derecha". Esa noche alguien ha levantado un hombre de nieve a escala natural. Apoya sus manos en la balaustrada del puente y mira hacia abajo, hacia los coches que avanzan a paso de hombre por el Lake Shore Drive.
 
Me dirijo hacia una sala del departamento de economía donde alumnos y profesores pueden tomar café (y fumar: estamos en 1991). Parece un saloncito de té, o el acogedor estudio de una casa particular. En una mesa hay una cafetera americana, unos botes de cristal con distintos tipos de pastas, servilletas, botellas de agua mineral. En otra, más larga, la prensa del día, algunos semanarios. Un tresillo, unos sillones orejeros. Me gusta ir allí cuando tengo una hora libre entre clase y clase. A veces leo, otras pego la hebra con algún profesor o tutor. Las más, escucho en silencio las conversaciones de otros o simplemente me siento en el alféizar de la ventana a ver las figuras que atraviesan el campus encorvadas por el viento. The windy city.
 
Al entrar en el Swif Hall, sede de la facultad de teología, me cruzo con Ioan Culianu. Es uno de los muchos exiliados políticos del este de Europa que han recalado en universidades estadounidenses. He oído hablar de él, de sus trabajos sobre los mitos, de su relación y posterior ruptura con Mircea Eliade. De su saber enciclopédico sobre rituales mágicos, la mística renacentista, las relaciones entre ciencia y religión. Tiene en esos momentos unos veinte años más que yo. He de confesar que me inspira algo más simpatía intelectual. Creo que yo también le inspiro algo más que mera curiosidad. Nos cruzamos tal vez cuatro o cinco veces. Pero esa mañana, la sexta y última, la soñada, no me atrevo a abordarle para prevenirle de lo que le va a suceder, de lo que le sucedió en el mes de mayo de aquel año.
 
Un inmenso charco de sangre que coloniza rápidamente el cuarto de baño del Swift Hall y la previsible reacción: gritos, confusión, carreras, llamadas.
 
Me despierto desconcertado, preguntándome por qué razón no he hecho lo que tenía que hacer.
 
***
 
Años después, en la sede de un centro de investigación en Jerusalén, le pregunté a Leon Volovici (z''l), rumano y exiliado político como Culianu, su tesis sobre lo que había sucedido esa mañana de mayo en el Swift Hall. ¿Asesinato político a cargo del KGB, los servicios de inteligencia rumanos o la ultraderecha rumana, o asesinato a manos de un orate perteneciente a alguna secta esotérica o sociedad secreta? Leon no albergaba muchas dudas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

La manera del espíritu


Polignoto. Bailarines y acróbatas (Museo Nacional de Nápoles)


"Todo estaba en el caos cuando la Mente surgió y puso orden" (Anaxágoras).

He pensado mucho y durante mucho tiempo sobre esta idea. Algo escribí sobre la opinión que me merecía la deriva del arte cuando abandona su asidero en la realidad, cuando quien lo practica se toma a sí mismo como única referencia válida y el mundo exterior se convierte en un caleidoscopio sin sentido aparente. También en el arte el sueño de la razón, el abandono de la Mente, genera monstruos.
 
Estos días, leyendo el libro de Edith Hamilton, he encontrado elegantemente explicadas las diferencias entre la manera de la mente y la manera del espíritu, y sus consecuencias en las formas del arte.
 
Frente al arte griego, un arte a la manera de la mente, unificador de lo que hay fuera y lo que hay dentro, la evolución del arte oriental (egipcio, hindú) estuvo caracterizada por la manera del espíritu, por el arrobamiento místico:
"La manera del espíritu consiste en retirarse del mundo de los objetos a la contemplación del mundo interior, y no necesita de una correspondencia entre lo que ocurre en el exterior y lo que ocurre en el interior. No la mente sino el espíritu es su propio lugar, y puede hacer un infierno del cielo, un cielo del infierno. Cuando la mente se retira dentro de sí misma y prescinde de los hechos, sólo crea un caos.
(...) Atente a los hechos es el lema de la mente; un sentido de los hechos es su característica sobresaliente. En la proporción en que predomina el espíritu, desaparece este sentido.
(...) El efecto práctico de la divergencia, desde luego, se hace inmediatamente obvio en el ámbito intelectual ... En el arte, aunque menos obvio inmediatamente, no es menos decisivo. En la proporción en que predomina el espíritu, las formas reales y el aspecto de las cosas se vuelven insignificantes, y cuando el espíritu reina supremo ya no tienen ninguna importancia.
(...) [En la manera del espíritu], [l]a realidad, la permanencia y la importancia son sólo del mundo interior, en que toda verdad es absolutamente conocida por ser experimentada, y donde el que lo desea puede alcanzar el dominio completo. Éste es el dogma fundamental de los Upanisads: 'Lo infinito es el Yo. El que percibe esto es amo y señor del mundo'". 
***
 

En este sentido, el arte occidental siguió el camino de Oriente, al menos desde la caída de Roma. Y probablemente algo antes: basta con comparar las estatuas de la República o del Alto Imperio, a punto de echarse a andar, con las formas estilizadas del Bajo Imperio. Regresó al camino perdido en el Renacimiento, cuando los hombres volvieron a redescubrir la belleza del mundo y a pintar lo que veían con sus propios ojos. ¿Y hoy? Me temo que hemos vuelto a la manera del espíritu y a su consecuencia en el arte: dueño y señor el mundo interior, prescindible la referencia del mundo real, cerrados de nuevo los ojos de la mente, todo vale, porque todo es Yo.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

I'll stand by you

 

 
 
Tiene una de esas caras en que puedes rastrear la genética francesa y la italiana. Un rostro que tiene algo de romano antiguo, el pelo oscuro rizado, los ojos rasgados de un verde poco frecuente que mis problemas con los colores no me permiten definir, la nariz recta, los labios perfectamente delineados. Unas manos grandes que llaman a refugiarse. Un cuerpo que quita el hipo, fibroso, naturalmente musculado.

***

Percibo que algo está cambiando cuando llega la tarde y empiezo a mirar la hora en el teléfono. Cuando los amigos me recriminan cómo dejo de prestarles atención en cuanto entra por la puerta. Cuando le escucho trastear con la cafetera en la cocina y me levanto silbando de la cama. Cuando comenta al paso que le habló de mí a A. y se sonríe en secreto el corazón. Cuando una mujer le mira y se me ocurren media docena de insultos que tengo que mantener a raya para que no salten a mi boca. Cuando el otro día, delante de L. y S., a quienes desde hace tres años tenía protegidos de mis relaciones, respondí con una caricia poco equívoca a su gesto de agarrarme por la cintura.

***

A media noche telefoneé. ¿Es allí Guadalupe? Aquí es. ¿Con quién se habla? Con la nieta de Germán y de Manuela. ¿Oiga? ¿Me oye? Le oigo, pero aquí no hay nadie que se llame Germán o Manuela. Hace años que murieron. No, todavía no ha pasado eso. Lo sé todo; que pasará y cuándo pasará. Pero aún estoy a tiempo. Haga el favor de cruzar la calle y avisarles de que es su nieta quien les llama. Si la puerta está cerrada pruebe a entrar por el callejón de los frailes; suelen dejarlo abierto aun de noche. Lo siento, señora, lo que usted sabía que pasaría ya ha pasado.

Me he despertado. Tengo miedo. ¿A qué tienes miedo? No lo sé. A ver hacia atrás y hacia delante. Ningún miedo; levántate conmigo a echar un cigarrillo. Su rara habilidad para leer en mí.
 
 
 

viernes, 16 de noviembre de 2012

Boicot Israel: notas para el escéptico (I)



 

Uno ha dudado mucho acerca de la conveniencia de redactar estas notas sobre los argumentos que maneja el movimiento Boicot Israel dentro y fuera de España (las campañas del movimiento BDSInnovative Minds y Palestine Solidarity Campaign, o la puesta en marcha por el British Committee for Universities for Palestine) por dos razones.

En primer lugar, porque corres el riesgo de encontrarte encerrado en un compartimento con un compañero de viaje poco agraciado. Pongamos por caso un lunático como Yigal Amir, un miembro del Tea Party como Glenn Beck o incluso alguien de aspecto más respetable, como el ultraderechista flamenco Filip Dewinter. Y tú no quieres tener que compartir la tartera con ninguno de ellos.

En segundo lugar porque, al remangarse para entrar en el fango de los argumentos, te encuentras actuando de involuntario altavoz de una corriente donde no predomina la cordura. Hay que hacer un alarde de imaginación para entender en la campaña contra la cocina israelí en Hondarribia, en el boicot de los libros de procedencia israelí aprobado por el consejo escocés de West Dundartonshire (con su divertido desmentido), en la presión ejercida para impedir el concierto en Jerusalén de Renée Fleming con la Filarmónica de Israel o en la prohibición de participar en el Solar Decathlón de 2010 al equipo finalista israelí del Ariel College, una "estrategia no violenta que no se dirige a las ciudadanas y ciudadanos israelíes, sino a las instituciones israelíes que promueven la violación sistemática de los derechos fundamentales del pueblo palestino" (así es como el movimiento BDS se define a sí mismo).

¿Entonces? El hartazgo de algunos argumentos, que podrían resumirse en tres:

Los judíos han ocupado una tierra que no les pertenece, un trozo del mundo al que no les unía más que cierta fantasía religiosa ("el año que viene en Jerusalén") y una genealogía remota e incierta. Que la ocupación traiga causa de la Solución Final, un hecho desgraciado que tuvo lugar en territorio europeo y que extinguió del mismo la cultura judía, no justifica que sus consecuencias hayan de pagarlas sus legítimos moradores: los palestinos.

En esa tierra, los judíos han permutado su papel secular de víctimas por el de verdugos. Han reproducido las prácticas que caracterizaban el apartheid sudafricano. En la Palestina ocupada, las cosas son aún peores: el Estado sionista (una expresión tan común como tautológica) despliega en ellos políticas de exterminio similares a las nazis, y Gaza es un trasunto del gueto de Varsovia. En una extraña pirueta, más sofisticada que la negación directa del Holocausto, los judíos se convierten así en traidores a su propia memoria, y los verdaderos herederos de ésta resultan ser los palestinos.

A pesar de ello, los judíos gozan de impunidad. Esta impunidad se explica por la posición de poder que ocupan en los medios de comunicación (a través de los cuales son capaces de difundir las versiones de la realidad que les son favorables) y por la particular influencia que ejercen sobre las elites occidentales (europeas, estadounidenses), de cuyo núcleo forman parte.

Veamos el grado de verdad que encierra cada uno de ellos.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

De una dama y de un caballero

 
 
Llega la Dama, una de los mejores pianistas vivas. Se prodiga poco (una cincuentena de conciertos al año, un disco cada año y medio) y está totalmente alejada de los círculos glamourosos y del marketing de las casas discográficas, que poco a poco se empeñan en hacernos creer que una condición indispensable para ser un buen pianista clásico es ser guapo. Rara vez concede entrevistas.
 
A pesar de que una parte de su repertorio habitual no entra entre mis favoritos (Mozart por doquier, Berg, Schoenberg, Boulez, Webern), no hay un solo intérprete vivo, con excepción de Pollini y de Murray Perahia, que me mueva a desplazarme. Cinco conciertos en España en marzo, pero no estaré aquí. Así que he indagado su calendario de conciertos europeos anteriores a mi partida y elegido el que más me gustaba: Bach (BWV846 y BWV859), Schoenberg (Seis pequeñas piezas para piano, op. 19), Schumann (Waldszenen, Sonata para piano nº 2 en Sol menor op.22, Cantos del amanecer).  Espero que las seis pequeñas piezas de Schoenberg sean realmente pequeñas. Londres, 15 de enero.

Mitsuko Uchida interpretando mi Kreisleriana favorita de Schumann:


 
 
***
 
De la condena a vivir encerrado dentro de su propia cabeza por culpa de una enfermedad que iba conquistando su cuerpo miembro a miembro, Tony Judt hizo no una, sino tres obras. Ill fares the land y Thinking the Twentieth Century son el canto del cisne de este historiador judío y londinense afincado en Nueva York siempre comprometido con los ideales socialdemócratas. Llama a una renovación del discurso de lo común y condena duramente la trahison des clercs.

Pero la perla se esconde en The Memory Chalet, una recopilación de ensayos que fue publicando en The New York Review (donde aún pueden leerse varios de ellos). Judt los dictó después de que le diagnosticaran ELA. Qué diferencia con las autobiografías megalomaníacas de Amis o Hitchens: a Judt le cuesta escribir en primera persona. Un caballero.

Una vez pregunté a Ingo H., hamburgués nieto de un oficial de las SS, cuáles pensaba él que eran las causas más viscerales del odio de buena parte del pueblo alemán hacia los judíos. El cosmopolitismo, contestó; la ausencia de un arraigo territorial que ellos interpretaban como falta de patriotismo, o como simple traición.  La identificación de los judíos en torno a un libro, más que por medio de una lengua común o una patria física, les parecía sumamente sospechosa y ajena. 

Recordé esta conversación leyendo Edge People.  Acostumbrado a cambiar de país con alguna frecuencia, me sentí muy identificado con esta declaración: "I prefer the edge: the place where countries, communities, allegiances, affinities, and roots bump uncomfortably up against one another—where cosmopolitanism is not so much an identity as the normal condition of life".

 

domingo, 11 de noviembre de 2012

El fracaso y el pintor

 
Nieva en la ciudad que sueña el sur al que algún viejo agravio le condenó. Caen escombros del deshielo de las nubes y la ciudad se guarece bajo los pórticos. Y aunque siempre estuvo allí pintando, en el parto de la luz de un sol anémico que se eleva, en la ruina de la luz de un sol de hierro que se funde, hoy es la primera vez que miran cómo tiembla la fiebre en sus ojos, el pincel sobre el muro, mientras hace nacer a un niño tan real, y entre sus dedos el verde de un racimo tan ambarino, que una bandada de voraces grajos se abalanza a picotear sus uvas. Hace nacer el  prodigio a un tiempo voces de admiración y lágrimas en sus ojos. Maestro, ¿por qué llora? Si lo fuese, el niño habría espantado a los pájaros.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Sueltos sobre traducción

 


Descubro, gracias a mi amigo Gabriel C. Menocchio, una prueba de fuego para juzgar la calidad de una poesía: ¿resiste la traducción? Necesariamente despojada del ritmo y la musicalidad originales, más aún cuando el idioma de llegada pertenece a otra familia de lenguas, ¿aguanta el esqueleto en que se queda?

Cuando lo que se tiene en las manos es una imagen, la prueba es más sencilla: puedes volverla del revés, como hacía Cartier-Bresson con sus fotografías para verificar la calidad de la composición, o enfrentarla a un espejo, o despojarla del color (o añadírselo). No es posible examinar un poema del revés. Pero toda lengua lleva en sí una carga de profundidad más allá de su significado convencional (imágenes adheridas a las palabras, pares de conceptos que en una lengua desatan la contradicción y en otra conviven anodinamente, verbos que obligados a acompañar a un sustantivo que normalmente les es ajeno transforman su sentido).  Al verter un poema a otra lengua, le arrebatas no sólo ritmos y resonancias, sino su subconsciente; sólo funciona, en el peor de los casos, como idea, y sólo la metáfora que no era mero fuego de artificio conserva su poder evocador.


***
 
 

Cuando la traducción lo es de poemas ajenos, se plantea además el viejo problema de la fidelidad. La cuestión no es tanto si se está o no siendo fiel (algo difícil de resolver a no ser que el autor esté vivo y podamos llamarle para preguntarle qué quería decir exactamente, o haya escrito abundantemente sobre sí mismo) como de qué forma serías más fiel. La práctica de la traducción técnica me ha inclinado, en caso de duda, a interpretar de la forma más literal posible. Incluso cuando las dudas son pocas, mi primer acercamiento al poema suele ser muy respetuoso con el original, hasta en aspectos secundarios a la elección de los términos, como las cesuras o el número de versos. Es muy corriente leer versiones en que el traductor, de forma inconsciente, se apropia del poema, lo reescribe de alguna forma como él lo hubiera escrito originalmente en su lengua. Abandona la condición de pasividad parcial (je est un autre). Un ejemplo famoso de estilización es la traducción que hizo Pope de La Ilíada. En las traducciones del inglés al español o al francés, es frecuente caer en la tentación de solemnizar el tono siempre menos dramático del inglés, de acercar el poema extranjero a nuestra propia tradición lírica.
 
Un ejemplo: El obediente (de los Epitafios de guerra de Rudyard Kipling). Original, versión primera, versión segunda (de Luis Cremades).

Daily, though no ears attended,
Did my prayers arise.
Daily, though no fire descended
Did I sacrifice.
Though my darkness did not lift,
Though I faced no lighter odds,
Though the Gods bestowed no gift,
None the less,
None the less, I served the Gods!


Todos los días, aunque ningún oído atendiese
pronunciaba mis oraciones.
Todos los días, aunque ningún fuego descendiese
ofrecía mis sacrificios.
Aunque mi oscuridad no se dispersase,
aunque el destino no me fuera más propicio,
aunque los Dioses no concediesen dádiva alguna,
a pesar de todo
a pesar de todo serví a los Dioses.

Cada día, aunque ningún oído atendiese,
mis oraciones surgían.
Cada día, aunque ningún fuego descendiese,
hice el sacrificio.
Aunque no se desvaneciera en mí la oscuridad,
aunque no enfrentase menores fuerzas,
aunque no concediesen los Dioses regalo alguno, a pesar de todo,
a pesar de todo, serví a los Dioses.




***

Otro problema distinto es cuando llegas a la conclusión definitiva de que la traducción más o menos literal no es posible, porque tu propio idioma es incapaz de sugerir el subconsciente del de partida. Normalmente, sucede cuando el poeta está además apoyándose con pocas limitaciones en su lengua para trasladar su propio lenguaje privado (lo que los lingüistas llaman "idiolecto").

En estos casos, recurro a un procedimiento mental que consiste en alejarse del poema, a esas alturas ya más o menos memorizado, y pensar en él en los términos menos convencionales posibles: como lo haría un niño de tres años en su universo pre-gramatical de acciones, sujetos y objetos sin ataduras sintácticas. Trato de "oír", un poco como el perro de la viñeta de Gary Larson ("Ginger! Ginger! Ginger!" - infra), entre la algarabía de sonidos, la voz que destaca. O lo pienso en forma de imágenes, de pensamiento desprovisto aún de palabras (en las que necesariamente habrá que hacer el viaje de vuelta).  Hay quien piensa que este ángulo de ataque no es posible, que el lenguaje condiciona de tal forma nuestro pensamiento que la disociación es imposible; no lo creo (y, para mi tranquilidad, tampoco lo cree Steven Pinker).


***

No siempre da sus frutos. Y en este punto es cuando comprendes que Babel, la maldición que Dios nos envió para que los hombres fuéramos incapaces de entendernos los unos a los otros, ha ganado la batalla, y debemos rendirnos a la infidelidad. Sea: "Beautiful translations are like beautiful women, that is to say, they are not always the most faithful ones" (George Steiner, After Babel).


 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Memorabilia. Boulevard Pasteur

 


Por la mañana trabajaba en una oficina de la avenida George V. Lo recuerdo con espanto: no madrugaba desde que iba al colegio. El último turno para salir a comer era a la una y media. No había que pelearse: a las doce, todos los estómagos de la oficina empezaban a orquestarse menos el mío. A esas horas, lo más que me apetece tomarme es un café. En su defecto, un vino. En defecto de vino, un whisky. Pero no un boeuf bourguignon, por el amor de Dios. Al suplicio de tener que comer había que sumar otro lag cultural: la sobremesa, ya de vuelta en la oficina, empezaba a las dos y media. Y aún quedaban tres horas largas de trabajo por delante, cabeceando entre papeles. Y lo que era peor: a las seis salía con un hambre canina y tenía que engañar a mi cuerpo para no caer por mi propio pie en el despropósito horario.

Esta era la parte más sencilla, sin embargo, pues una vez en la calle era (continúa siéndolo) difícil que nada me distrajera de mi obligación principal, que no era otra que permanecer en ella el mayor tiempo posible. Fiel a la tradición paterna, sólo consiento en recogerme cuando ya he gastado todo el dinero que llevo encima o el cuerpo me pide a gritos un poco de reposo. O un Alka-Seltzer. O cualquier otra actividad a la que no sea prudente entregarse en plena calzada. Llegado ese punto, regresaba, normalmente a pie, a la residencia de enfermeras del Boulevard Pasteur, que en verano alquilaba sus cuartos a transeúntes y trabajadores de paso como yo. Antes respetaba las dos paradas de rigor: la primera, para saludar a mi amigo (y ocasional amante) Prosper, a la sazón empleado en la embajada de Togo en París; la segunda, para dejarme invitar en un bar jamaicano cercano a la plaza de Breteuil por su dueña, una tal Martine que, sospecho, abría poco antes de llegar yo a la noche y cerraba antes de que volviera a pasar por su puerta a la hora del desayuno. No recuerdo nada de Martine salvo una piel muy negra, unos pechos enormes, un trasero de volumen acorde, una risa escandalosa y grave, y su propensión a ilustrar con proverbios cualquier punto de la conversación.

El novio de Martine, Ismael, abultaba aproximadamente la mitad que ella. Era el único del clan que parecía querer afrancesarse. Trabajaba de comercial en un concesionario de la Peugeot, se afanaba por corregir en su propia persona la desmedida afición de sus compatriotas por la ropa de color, las pulseras, anillos, colgantes, relojes de oro (o simplemente dorados) y había iniciado un lento y engorroso tratamiento para alisarse el pelo. 

Diluviaba una noche de junio. Entró Ismael con el pelo encrespado por la humedad. Me plantó un beso en la boca. Se rió ella fingiendo despreocupación. Le señaló el pelo, que con el calor del local se había cardado aún más. Chassez le naturel, il revient au galop, le disparó Martine.
 
***
 
14 de julio. No sé cómo iniciamos la conversación, aquella alemana que vivía también en la residencia y yo, con un grupo de bomberos. Caía una lluvia de fuegos artificiales sobre el río y estaban reunidos allí medio París y medio Estados Unidos. Sí sé cómo la acabamos. La experiencia de la expulsión era una vieja conocida mía. Ella se tuvo que marchar anticipadamente de París porque no quedaba una sola cama en la ciudad por menos de doscientos francos la noche. Yo conseguí que me alojara G., un diplomático sueco que, vaya usted a saber por qué, se sabía de memoria toda la poesía de Justo Jorge Padrón. Por las tardes íbamos a la plaza de los Vosgos a charlar por los soportales, o visitábamos una librería que había en el Marais. Pero cuando caía la noche, echaba de menos los bares jamaicanos y al apuesto africano.




G. se fue a principios de agosto y me dejó usufructuar el apartamento. A mí y, sin su expreso consentimiento, a los amigos que, de vuelta de sus interraíles, paraban en la ciudad para saludarme. Para saludarme y animados, habrá que sospecharlo, por la posibilidad de pasar unos días de balde en ella. Pues, además de dormir gratis, yo invitaba todos los días. Una invitación que consistía invariablemente en salir de najas de la terraza en cuanto el camarero desaparecía para rellenar la bandeja en el interior. 

Hasta que nos pillaron, claro. Por fortuna, uno de los amigos que se había beneficiado de mi hospitalidad estaba ya de vuelta en Madrid. Le pedí que me hiciera un giro de 20.000 pesetas. Porque ésa, ni más ni menos, era la cantidad que nos habíamos gastado en la terraza de La Coupole el día en que ninguno nos dimos cuenta de que había un tercer camarero fuera del alcance de nuestra vista. Para colmo, se apellidaba Hernández. Lo sé porque el encargado se lo dijo delante de nosotros: "Buen trabajo, Hernández".

***

Volví de uno de los viajes a Ginebra haciendo escala (ferroviaria) en París. Demasiado tarde para coger el Puerta del Sol, demasiado tarde para improvisar una cena con algún conocido. Pero no demasiado tarde para ir al jamaicano. Cené rápido alguna porquería en la propia estación, dejé el equipaje en la consigna y reproduje el trayecto que había recorrido tantas veces veinte años atrás. No había ni sombra de él. Ni siquiera era ya un bar, o un pequeño negocio. Era una tienda de Orange. En un ataque de ira y nostalgia a partes iguales, volví sobre mis pasos y me dirigí a Montparnasse, pensando en vengar mis días de pobreza con unas copas legalmente consumidas en La Coupole. La terraza estaba cerrada. Dentro, ya no se podía fumar. No sé quién dijo lo contrario, pero no llevaba razón: nunca, nunca regresar a los sitios en que uno ha sido feliz.