miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viejos demonios

Foto de E.S. Curtis

A. había sido en su juventud un notorio camorrista, nocherniego y bebedor, pero su instinto de supervivencia le permitió trabar una vida de apariencia ordinaria, casarse, tener tres hijos, una mujer desavenida, un empleo formal. Le había sucedido mientras daba una clase. Llevaba años haciéndolo. Había practicado el oficio que enseñaba desde los quince años. "Me quedé en blanco", dijo, ufanándose. "No es que no supiera de qué venía hablando. Es que no sabía qué debía seguir". Entonces se perdió en una densa niebla de melancolía y bebida. Tenía la convicción de que estaba perdiendo sus facultades mentales, y todos los rasgos propios de la bilis negra (pérdida de memoria, hipersomnia alternada con rachas de vigilia casi permanente, desaliño en las formas, afasia intermitente) se encargaron de vocearle que así era y de derribar la mansión de su autoestima. 

Mientras tanto, T. había cumplido treinta y ocho años y su piel había dejado de ser monótonamente ejemplar. Un tenista retirado de cierta fama comarcal, ahora mascarón de proa del club de tenis de la ciudad, acababa de sustituirla por una doble de sí misma casi adolescente. Y se había instalado sólo dos plantas por debajo del piso que ocupaban A. y su familia. En el vestíbulo, junto al teléfono, exhibía orgullosa una foto suya que había sido portada de una conocida revista de tetas nacional. T. no se había dado al alcohol, pero su mesilla de noche contenía una colección de antidepresivos y benzodiacepinas apta para contener una depresión terminal, y la puerta de la nevera era un prontuario de dietas de adelgazamiento, fórmulas rejuvenecedoras de la epidermis y sugerencias para evitar la alarmante tendencia al desplome de ciertos miembros. Venía precedida de una fama de ostentosos conatos de suicidio y apareamientos notorios, y a su llegada al barrio había tenido que soportar una buena dosis de hostilidad local.

Con el paso de los meses llegaron a saber el uno del otro, y quiero pensar que se ofrecieron consuelo.

A. se ahorcó en una majada hace algo más de cuatro años. Me cuentan ayer que T. se ahogó la madrugada del 24 de diciembre, en el punto en que el Guadalaviar se convierte en Turia.