miércoles, 21 de diciembre de 2011

Janucá sameaj


Stephan Sweig y Joseph Roth

No puedo dejar de pensar que la Torá fecha en hoy, 25 de Kislev, el día en que Caín mató a Abel, y que Dios advirtió que quien matase a Caín sería castigado siete veces. Por lo tanto, hay que dejar a Caín; que huya sin fin. Y también hoy es el día en que comienza Janucá, el final de un proceso de destrucción y el nacimiento de una nueva época, simbolizada por la luz.

Han sido dos años de infierno. Sabemos que el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, pero rara vez somos capaces de poner nombre y apellidos a ese hombre. Dicho de otro modo, cuando lo peor asoma en una persona que creemos conocer bien casi siempre nos pilla desprevenidos. No ha sido éste el caso, pues lo peor ya venía anunciándose desde hace algo más de un año y yo, de algún modo, sabía. Me viene a la memoria un fragmento de la correspondencia de Joseph Roth que recordaba el otro día un amigo (gracias, Yossi):

"Ya no me creo nada. Miro con lupa. Quito la cáscara a las cosas y las personas, dejo al aire sus secretos, y luego, claro, uno ya no puede creer. Sé con anterioridad cómo se forma y cambia, y también qué hará el objeto que observo. Puede que sea de otro modo, pero mi conocimiento de él es tan fuerte que se conduce exactamente como lo he pensado. Si se me ocurre que alguien va a cometer una vileza, ya la está haciendo. Me convierto en un peligro para las personas respetables sólo a causa de mi conocimiento de ellas. Es una vida terrible, descarta completamente el amor y casi la amistad. Mi desconfianza destruye todo calor, como un desinfectante los bacilos. Ya no entiendo en absoluto las formas en las que los hombres se relacionan. En una conversación inofensiva, se me oprime la garganta".

Al sentimiento de decepción, sin embargo, se suma uno mucho mayor de liberación. Así pues, jag Janucá sameaj.


Campo de tránsito de Westerbork (Holanda), 1943