martes, 20 de diciembre de 2011

Hundidos y salvados

Pienso mucho en los hundidos. Y por hundidos entiendo no sólo quienes fueron asesinados, sino aquellos cuyas vidas cayeron en el olvido. Pienso en la memoria de una vida aparentemente lejana e irrecuperable que, sin embargo, debió ser tan real y minúscula como las nuestras. El azar (mucho más que la resistencia física, que la inteligencia, que el instinto de huir cuando aún se estaba a tiempo, que el valor) colocó a unos de aquel lado, y a los otros del lado de la Vida. Es natural que en el marasmo de la lucha por la supervivencia, quienes sobrevivieron tuviesen otras cosas en qué ocuparse. Aunque no todos los salvados fueron capaces de romper amarras con los hundidos.

Así, Primo Levi (en un relato que es, además, una de las muestras de escritura más limpias y bellas del siglo, La tregua, la que medió entre la cercanía al abismo del olvido y el final de la esperanza de poder reintegrarse al mundo de lo vivo):

Sonábamos en las noche feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer:
        'Wstawać';
Y el corazón se nos hacía pedazos.

Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo
La orden extranjera:
        'Wstawać'

(11 de febrero de 1946)

Y, setenta años más tarde, Daniel Mendelsohn:

"(...) Ya que entonces, cercano a los cuarenta, se habían producido varias coincidencias inexplicables, extraños recordatorios de Bolechow, o de Shmiel, o del pasado de nuestra familia en concreto, que sorprendentemente habían salido a la luz en el presente, atormentándonos con la posibilidad de que los muertos no estuvieran hundidos, sino a la espera".

(Los hundidos. En busca de seis entre seis millones. Cursiva añadida)

A la espera. Pensar en los hundidos, más cuanto más breve o más frágil fuera su minúscula vida. Verles adentrándose en los bosques de la periferia de cualquier ciudad báltica, de cualquier aldea polaca o ucraniana, tender la mano hacia un pasado en fuga, cada vez más inasequible, y en el intento entender la disyuntiva: o nos hundimos todos, o nos salvamos todos.


(La foto es de Eugene Smith)