jueves, 29 de diciembre de 2011

Tiempo

Entre los escribas que traje de EC no suele haber más que los diccionarios que uso habitualmente: el de la RAE, el Oxford, el etimológico de Corominas, el Corripio, el Petit Robert, el María Moliner (y El Dardo en la palabra de Fernando Lázaro). Pero a veces un libro se escurre y permanece entre ellos unas semanas, en falso desgaire. Hace pocos meses llegó la traducción (estupenda, de William Ospina) de algunos de los sonetos de Shakespeare, y ése es el intruso de esta temporada.

De vez en cuando, entre informe e informe, lo abro más o menos al azar. Y hoy he leído esto:

"No, Tiempo, de mis cambios no habrás de envanecerte, etc" (para quien quiera buscar el soneto por su primer verso). Y luego: 
"Tiempo, a ti y a tus crónicas desafío igualmente,
No me asombra el presente ni me asombra el pasado
Pues mienten tus memorias y lo que vemos miente,
Crece y decrece al ritmo de tu paso afanado.
Juro por lo que soy, y será siempre así,
Ser fiel, pese a tu hoz, oh Tiempo, y pese a ti".
Que de pronto me ha transportado a una mañana de hace veinticinco años en Ch., cielo enjuagado y frío seco. En la cocina leía en voz alta a un amigo la visita que Octavio, Antonio y Lépido hacen al barco donde Pompeyo se ha hecho fuerte, fondeado frente a las costas de Sicilia. Los triunviros le ofrecen una tregua. Pompeyo resiste. "Has cambiado desde la última vez que te vi", le dice Octavio. En su respuesta, Pompeyo reproduce el juramento de la última estrofa del soneto (Tiempo se convierte en Fortuna, y la fidelidad -a uno mismo- aparece como la resistencia del corazón al vasallaje):

Well, I know not
What counts harsh fortune casts upon my face;
But in my bosom shall she never come

To make my heart her vassal.

(Antonio y Cleopatra, Acto II)

Pero qué difícil atravesar el Tiempo sin vender el alma.

Foto de James Natchwey


miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viejos demonios

Foto de E.S. Curtis

A. había sido en su juventud un notorio camorrista, nocherniego y bebedor, pero su instinto de supervivencia le permitió trabar una vida de apariencia ordinaria, casarse, tener tres hijos, una mujer desavenida, un empleo formal. Le había sucedido mientras daba una clase. Llevaba años haciéndolo. Había practicado el oficio que enseñaba desde los quince años. "Me quedé en blanco", dijo, ufanándose. "No es que no supiera de qué venía hablando. Es que no sabía qué debía seguir". Entonces se perdió en una densa niebla de melancolía y bebida. Tenía la convicción de que estaba perdiendo sus facultades mentales, y todos los rasgos propios de la bilis negra (pérdida de memoria, hipersomnia alternada con rachas de vigilia casi permanente, desaliño en las formas, afasia intermitente) se encargaron de vocearle que así era y de derribar la mansión de su autoestima. 

Mientras tanto, T. había cumplido treinta y ocho años y su piel había dejado de ser monótonamente ejemplar. Un tenista retirado de cierta fama comarcal, ahora mascarón de proa del club de tenis de la ciudad, acababa de sustituirla por una doble de sí misma casi adolescente. Y se había instalado sólo dos plantas por debajo del piso que ocupaban A. y su familia. En el vestíbulo, junto al teléfono, exhibía orgullosa una foto suya que había sido portada de una conocida revista de tetas nacional. T. no se había dado al alcohol, pero su mesilla de noche contenía una colección de antidepresivos y benzodiacepinas apta para contener una depresión terminal, y la puerta de la nevera era un prontuario de dietas de adelgazamiento, fórmulas rejuvenecedoras de la epidermis y sugerencias para evitar la alarmante tendencia al desplome de ciertos miembros. Venía precedida de una fama de ostentosos conatos de suicidio y apareamientos notorios, y a su llegada al barrio había tenido que soportar una buena dosis de hostilidad local.

Con el paso de los meses llegaron a saber el uno del otro, y quiero pensar que se ofrecieron consuelo.

A. se ahorcó en una majada hace algo más de cuatro años. Me cuentan ayer que T. se ahogó la madrugada del 24 de diciembre, en el punto en que el Guadalaviar se convierte en Turia.





martes, 27 de diciembre de 2011

Hang in there

If you're expectations aren't met in me today
There's always tomorrow, or tomorrow night
Hang in there, baby
Sooner or later I know I'll get it right
Please don't give up on me

(Para G., que apostó contra todo pronóstico)


A change is gonna come (que compuso Sam Cooke), Don't give up on me (escrita por el oscuro Dan Penn) y Down in the valley (del propio Solomon Burke). Tal vez por culpa de mi relación con una de las capitales del soul, tengo una querencia marcada por esta música.

Y por estas tres canciones en particular. Existen decenas de versiones de ellas, pero éstas son las que machaco en el equipo. Escuchen hasta el final, que lo merecen:

Al Green, A change is gonna come



Solomon Burke, Don't give up on me


Y Otis Redding, Down in the Valley

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Janucá sameaj


Stephan Sweig y Joseph Roth

No puedo dejar de pensar que la Torá fecha en hoy, 25 de Kislev, el día en que Caín mató a Abel, y que Dios advirtió que quien matase a Caín sería castigado siete veces. Por lo tanto, hay que dejar a Caín; que huya sin fin. Y también hoy es el día en que comienza Janucá, el final de un proceso de destrucción y el nacimiento de una nueva época, simbolizada por la luz.

Han sido dos años de infierno. Sabemos que el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, pero rara vez somos capaces de poner nombre y apellidos a ese hombre. Dicho de otro modo, cuando lo peor asoma en una persona que creemos conocer bien casi siempre nos pilla desprevenidos. No ha sido éste el caso, pues lo peor ya venía anunciándose desde hace algo más de un año y yo, de algún modo, sabía. Me viene a la memoria un fragmento de la correspondencia de Joseph Roth que recordaba el otro día un amigo (gracias, Yossi):

"Ya no me creo nada. Miro con lupa. Quito la cáscara a las cosas y las personas, dejo al aire sus secretos, y luego, claro, uno ya no puede creer. Sé con anterioridad cómo se forma y cambia, y también qué hará el objeto que observo. Puede que sea de otro modo, pero mi conocimiento de él es tan fuerte que se conduce exactamente como lo he pensado. Si se me ocurre que alguien va a cometer una vileza, ya la está haciendo. Me convierto en un peligro para las personas respetables sólo a causa de mi conocimiento de ellas. Es una vida terrible, descarta completamente el amor y casi la amistad. Mi desconfianza destruye todo calor, como un desinfectante los bacilos. Ya no entiendo en absoluto las formas en las que los hombres se relacionan. En una conversación inofensiva, se me oprime la garganta".

Al sentimiento de decepción, sin embargo, se suma uno mucho mayor de liberación. Así pues, jag Janucá sameaj.


Campo de tránsito de Westerbork (Holanda), 1943

martes, 20 de diciembre de 2011

Hundidos y salvados

Pienso mucho en los hundidos. Y por hundidos entiendo no sólo quienes fueron asesinados, sino aquellos cuyas vidas cayeron en el olvido. Pienso en la memoria de una vida aparentemente lejana e irrecuperable que, sin embargo, debió ser tan real y minúscula como las nuestras. El azar (mucho más que la resistencia física, que la inteligencia, que el instinto de huir cuando aún se estaba a tiempo, que el valor) colocó a unos de aquel lado, y a los otros del lado de la Vida. Es natural que en el marasmo de la lucha por la supervivencia, quienes sobrevivieron tuviesen otras cosas en qué ocuparse. Aunque no todos los salvados fueron capaces de romper amarras con los hundidos.

Así, Primo Levi (en un relato que es, además, una de las muestras de escritura más limpias y bellas del siglo, La tregua, la que medió entre la cercanía al abismo del olvido y el final de la esperanza de poder reintegrarse al mundo de lo vivo):

Sonábamos en las noche feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer:
        'Wstawać';
Y el corazón se nos hacía pedazos.

Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo
La orden extranjera:
        'Wstawać'

(11 de febrero de 1946)

Y, setenta años más tarde, Daniel Mendelsohn:

"(...) Ya que entonces, cercano a los cuarenta, se habían producido varias coincidencias inexplicables, extraños recordatorios de Bolechow, o de Shmiel, o del pasado de nuestra familia en concreto, que sorprendentemente habían salido a la luz en el presente, atormentándonos con la posibilidad de que los muertos no estuvieran hundidos, sino a la espera".

(Los hundidos. En busca de seis entre seis millones. Cursiva añadida)

A la espera. Pensar en los hundidos, más cuanto más breve o más frágil fuera su minúscula vida. Verles adentrándose en los bosques de la periferia de cualquier ciudad báltica, de cualquier aldea polaca o ucraniana, tender la mano hacia un pasado en fuga, cada vez más inasequible, y en el intento entender la disyuntiva: o nos hundimos todos, o nos salvamos todos.


(La foto es de Eugene Smith)

sábado, 17 de diciembre de 2011

Adiós a un viejo disidente



He sentido la muerte de Hitchens. Procedía, como Nick Cohen, David Aaronovitch, Oliver Kamm o Norman Geras (todos ellos firmantes del manifiesto de Euston), de la izquierda radical inglesa. Me gustaron mucho sus Cartas a un joven disidente (leídas en realidad cuando yo ya no era tan joven).

Ateo declarado y antiabortista, defensor de la necesidad de enjuiciar a Kissinger por crímenes de guerra y partidario de la intervención estadounidense en Irak, detractor furibundo del islamofascismo y antisionista, era, como en cierto sentido lo es también Amis (ambos se dedican varias páginas en sus respectivas memorias, Hitch-22 y Experiencia), un desmitificador y un provocador nato. Harry's Place, uno de los lugares más activos de la blogosfera inglesa, nació en buena medida a partir de los comentarios de quienes participaron en la polémica que siguió a los ataques del 11-S, una mecha que Hitchens fue de los primeros en prender. Crítico infatigable de shibboleths, de su independencia de criterio da fe el hecho de que es difícil coincidir con todos sus puntos de vista. Para la izquierda radical, un neocon converso; para la derecha, un izquierdista trasnochado.

Debo mucho de mi alejamiento de ciertas posiciones de la izquierda convencional que mamé a edad muy temprana al viejo disidente. 


Never be a spectator of unfairness or stupidity. Seek out argument and disputation for their own sake; the grave will supply plenty of time for silence.

(Letters to a Young Contrarian)


McEwan, Hitchens, Amis