domingo, 24 de julio de 2011

La familia

Eneas ofreciendo un sacrificio a los dioses penates (fragmento del Ara Pacis)

Me había quedado con ganas de saber más y ayer regresé al ático donde guarda las esculturas que ya ha terminado y que tal vez no escapen nunca de estas paredes. Las más afortunadas de ellas, me da por pensar en un rapto de animismo, podrán por lo menos ver correr por unos segundos el cielo dentro de la ventana que se asoma a la vieja estación de Delicias. Conté dieciséis bustos, de un tamaño inferior en aproximadamente un tercio al natural.

¿Son todos familia?, le pregunto. Si no lo son, estuvieron a punto de serlo. Mira ésa, me dice, señalando el rostro determinado e impaciente de una mujer de mediana edad suavizado sin embargo por una mirada en fuga. Estuvo a punto de ser mi tía Anne, pero se la tragó la Mer de Glace cuando yo tenía siete años. No pudieron encontrarla entonces, aunque un helicóptero sobrevoló la zona durante varios días. Su prometido, mi tío Etienne, organizó una expedición compuesta por los mejores escaladores sobre hielo de todo el valle de Chamonix. El glaciar escupió su cuerpo cuando le dio la gana, treinta años después, como lo hace a menudo con los excursionistas extraviados. Para entonces, mi tío Etienne ya llevaba muerto casi tantos años como ella.

A su lado está Pigmalión. Le parece un buen sobrenombre. Conspirando fantasmalmente entre bastidores, ganó a su madre para la causa con la salmodia del hombre frágil, incapaz de hacerse hueco en una sociedad que no reconocía sus talentos, propenso a la bilis negra, que nunca fue, y logró ocultar a su hermana casi toda la herencia de mi abuelo. El adolescente a su izquierda, con la cabeza ligeramente inclinada como apoyada sobre un almohadón invisible, está ingresado ahora en una clínica para enfermos mentales en Chemnitz. Le sugiero el parecido de su hermano con Antínoo. Viajo a Alemania una vez al año, me dice, sólo para verle. Siempre le encuentro paseando en el jardín de la clínica con un libro entre las manos, en una forma de ambular propia de otra época. El rostro tumefacto, tal vez por la medicación que le administren allí, se borra cuando te acercas lo suficiente como para que la misma mata de pelo escarolado y los mismos ojos tibios, grises, acaparen toda tu atención. Y siempre es el mismo libro, la Ballade des dames du temps jadis, regalo remoto de Pigmalión en una Navidad en que todavía no había encontrado el lugar propicio para ocultar su tesoro y la familia aún se reunía en fechas señaladas.

En una esquina, una especie de sosias de mi amigo como éste podría ser dentro de cuarenta años. Era mi abuelo, un hombre extraño, un militar renegado, un melómano que al final de su vida se convirtió en melófobo, vendió toda su biblioteca al peso a un librero de lance de Dresde y se dejó querer por una mujer quince años más joven. Lo había tenido todo y todo le sobraba menos ella, decía, en ese apartamento escaso en que se refugió hasta el final. En el 87 le quisieron condecorar, a lo que se negó. Acepte, al menos, el homenaje que prepara el Ministerio, le pidieron. La frente es amplia, da la impresión de que el recorrido entre el entrecejo y las primeras entradas de pelo es mucho mayor que el que hay de allí hasta el mentón. Dos profundas arrugas de expresión le caen como un paréntesis desde la nariz a la boca. Los labios no muestran ni voluptuosidad ni ascetismo, sino una confianza tranquila. No me hace falta preguntarle si finalmente asistió: es el rostro de un hombre amo de sí mismo.


El Antínoo de Delfos