martes, 12 de julio de 2011

Galut, o no me hables mientras te estoy interrumpiendo




Aprendiendo en algún shtetl de Polonia, antes de la guerra.


Aunque puede que sea políticamente incorrecto, esconde una verdad difícil de discutir: la patria de los judíos es el Libro. Puedo decirlo aun siendo un sionista convencido, visceral y neuronal. La destrucción del Templo nos liberó de dogmas y jerarquías y nos dejó para siempre solos frente al texto. La bendición del גלות. De rabi Akiba hasta ¿ayer?, el estudio y la exégesis de la Torá han sido nuestras señas de identidad. En el exilio, dejamos de poseer todo lo que constituía el material que forjaba la identidad de los demás pueblos: el territorio, la lengua, el culto. Hasta el Dios perdió su sentido una vez sentada la preeminencia de la Ley (recordar la discusión de rabi Eliazar ben Hyrcanos y sus colegas en la academia de Yavné).

No se puede dar cuenta de la naturaleza inquisitiva, la tenacidad en el estudio, la excelencia en algunos campos del saber, el prestigio del debate y la contradicción, sin conocer el mandato del estudio, que está por encima incluso del mandato de amar a Dios (o, por mejor decirlo, que es la mejor manifestación de ese amor), y el linaje ininterrumpido de los maestros talmúdicos. El viejo chiste judío: "No me hables mientras te estoy  interrumpiendo".

El exilio nos desvinculó de la tierra, no sólo de la nuestra, sino de cualquiera a la que hubiéramos ido a parar. De ahí la acusación de cosmopolitismo, de traición a la patria, de desarraigo, que se repite en todo el discurso antisemita a lo largo de la historia. La combinación de mesianismo profético y la ausencia de los derechos más elementales, los progromos, las expulsiones, la confinación en la zona de asentamiento del Imperio ruso, nos echó en brazos de los movimientos de liberación. La elevada proporción de judíos en las filas de los revolucionarios rusos, de los brigadistas internacionales que llegaron a España durante la guerra civil, de los desaparecidos argentinos, de los activistas de los derechos civiles en los Estados Unidos de los años sesenta o en la Sudáfrica de los años ochenta, es imposible de explicar de otro modo. 


Abraham J. Heschel y Martin Luther King, en una marcha contra la guerra del Vietnam (1968)


¿Pero qué será de nosotros ahora que volvemos a tener una Tierra?
¿Qué?, me preguntó D.
No lo sé. Dificil libertad.