domingo, 10 de julio de 2011

Póntica




Estos días leo la correspondencia que mantuvo Ovidio desde su exilio en Tomos. Éste es un fragmento de la carta que dirige a Grecino (Pónticas, II 6):

"Tú reprimes, como debes, las faltas de un amigo insensato y me haces ver que sufro desgracias menores que las que he merecido. Tienes razón, pero los reproches a mi culpa son demasiado tardíos: depón la dureza de tus palabras a un reo confeso. Cuando podía atravesar a toda vela los Montes Ceraunios, era cuando se me debía haber aconsejado que evitara los temibles escollos. ¿De qué me sirve aprender ahora, una vez que he naufragado, por qué trayecto debió discurrir mi barca? (...). Será vergonzoso para ti no haber prestado tu apoyo en ningún sentido al viejo amigo en su desgracia; vergonzoso retroceder y no mantenerse firme en su sitio; vergonzoso abandonar la nave que se encuentra en peligro; vergonzoso seguir la suerte y acercarse al favorecido por la Fortuna y, en el caso de que sea un desgraciado, renegar del amigo".

***

La decepción en la amistad es más cruel que la pérdida del amor. Los amigos se aman como iguales: el amigo me zurra en el parque cuando descubre en mi bolsillo dos de sus canicas, me retira el saludo unos días si se entera de que critiqué su decisión frente a otro amigo y yo me escabullo de él si una tarde aparece injustificadamente irritable. La relación entre dos amantes, sin embargo, es siempre desigual, aun cuando esa desigualdad pueda correr en los dos sentidos, según el terreno que se pise o el día de la semana. Hay más diferencias: el rescoldo del amor suele estar hecho de nostalgia o de rencor, según los casos; de tripas y vísceras, igual que lo estuvo aquél, hasta que el polvo se asienta y comienzas a caminar sobre una capa firme de indiferencia.  Con la apatía recobras al que fuiste. Los que te rodean se encargan de recordarte que por fin vuelves a ser el de siempre. La pérdida del amigo termina también enfriándose en el corazón, pero no lo hace sin cambiarte. La desafinidad electiva significa que ya no marchas por la misma senda. Al desaparecer ese "meridiano del dolor y del consuelo" que les unía, los amigos se convierten en extraños el uno para el otro, y uno se extraña también del que fue.

(Las dos fotografías son de Daniel Meadows)