viernes, 22 de julio de 2011

Enfebrecido

 
Ruinas del palacio de Tiberio en Capri. John Warwick Smith

Leo estos días, en las treguas del trabajo, sobre Italia. Entre otras cosas, El viaje a Italia, de Attilio Brilli (estupenda traducción de Juan Antonio Méndez). Lo que faltaba para el duro. Y me acuerdo del personaje de Walser:


"¡A Italia! ¿Por qué a Italia? ¿Acaso estoy enfermo y debo ir a curarme al país de las naranjas y los limones? ¿Qué necesidad tengo de ir a Italia, cuando puedo quedarme aquí y, además, me gusta quedarme? ¿Es que en Italia podría hacer algo mejor que pintar? ¿Es que no puedo pintar aquí? ... Me da rabia, podría convertirme en una bestia a causa de este frenesí por Italia".
(Robert Walser, Los hermanos Tanner)

Pero también de las razones por las que uno debe contenerse:


Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar.
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida,
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques     

-no la hay-                                                            

ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
(Konstantin Kavafis, La ciudad)