domingo, 31 de julio de 2011

Encuentro


Isaac Levitan

Se desata la tormenta, a todos los cuerpos hace transparentes y el bosque entero de castaños y robles se lamenta. El grupo se detiene para escuchar unas detonaciones lejanas. Uno de los buscadores de setas dice: “Nos van a matar como a jabalines”. Pero yo veo más peligro en lo que se afanan en recoger que en los truenos y en los cazadores. No resulto nada productivo en esta partida, porque no entiendo de setas, porque de poco me sirven las explicaciones doctas de unos y otros si no distingo algunos colores que en esta actividad resultan ser fundamentales y porque soy incapaz de centrarme en la vegetación si se me cruza un animal. Cualquiera, insecto, reptil, anélido. No digamos si tengo la suerte de entrever un pájaro en la espesura, o un mamífero con la boca reseca que ha acopiado todo su valor para saciar su sed. “Ya se ha perdido”, y aunque están a escasos cien metros la vegetación tan tupida me los oculta y sólo oigo vocear mi nombre que cae del cielo y se pierde al llegar a ras de tierra, envuelto en una espesa gasa de niebla.

Todo pasa en unos pocos minutos, acaso segundos. Un campañol al que la tromba ha pillado en trámite de buscarse el sustento se dirige hacia la entrada de su galería. No le veo, pero he oído el remolino de hojas entre los helechos. Me quedo inmóvil, aún acuclillado en mi inútil tarea, y sólo los ojos barren en semicírculo la tierra que las lluvias han convertido en un barro testigo de las rutas de animales que se nos ocultan a la vista. Ahí está, a menos de dos metros. No es que me haya confundido con un ser inerte. Es la curiosidad la que le hace demorar su huida hacia el hogar seguro. Le miro, me mira, hasta que un nuevo estampido le sustrae de su ensimismamiento. Dejo escapar el aire que tenía retenido en el pecho. “¡No me he perdido, sigo aquí!”.