sábado, 16 de julio de 2011

Contra corriente

Tiene 38 años, las manos grandes, callosas, penetradas del material con el que trabaja. Dice que ese semisótano que alquila junto a Legazpi le está robando la vista, y que a veces no está seguro de lo que ha hecho hasta que lo traslada a casa de algún amigo y lo contempla por primera vez bañado de luz. Espera que todo vuelva a su ser algún día. Es decir, espera que todos los conceptos, experiencias estéticas, proyectos en desarrollo, espacios escénicos, performances, interacción con el medio, partituras de acciones y happenings se vayan a la mierda algún día. Reivindica

la escultura china antigua,


las cabezas de José Planes,


la estatuaria romana,


se lamenta de la deriva de un conocido pintor y sostiene que, para colmo, uno de los cabezolones que nos han colocado junto a la estación de Atocha no puede ser otro que el bebé Francisco Franco.


No sé qué va a ser de él.