domingo, 31 de julio de 2011

Encuentro


Isaac Levitan

Se desata la tormenta, a todos los cuerpos hace transparentes y el bosque entero de castaños y robles se lamenta. El grupo se detiene para escuchar unas detonaciones lejanas. Uno de los buscadores de setas dice: “Nos van a matar como a jabalines”. Pero yo veo más peligro en lo que se afanan en recoger que en los truenos y en los cazadores. No resulto nada productivo en esta partida, porque no entiendo de setas, porque de poco me sirven las explicaciones doctas de unos y otros si no distingo algunos colores que en esta actividad resultan ser fundamentales y porque soy incapaz de centrarme en la vegetación si se me cruza un animal. Cualquiera, insecto, reptil, anélido. No digamos si tengo la suerte de entrever un pájaro en la espesura, o un mamífero con la boca reseca que ha acopiado todo su valor para saciar su sed. “Ya se ha perdido”, y aunque están a escasos cien metros la vegetación tan tupida me los oculta y sólo oigo vocear mi nombre que cae del cielo y se pierde al llegar a ras de tierra, envuelto en una espesa gasa de niebla.

Todo pasa en unos pocos minutos, acaso segundos. Un campañol al que la tromba ha pillado en trámite de buscarse el sustento se dirige hacia la entrada de su galería. No le veo, pero he oído el remolino de hojas entre los helechos. Me quedo inmóvil, aún acuclillado en mi inútil tarea, y sólo los ojos barren en semicírculo la tierra que las lluvias han convertido en un barro testigo de las rutas de animales que se nos ocultan a la vista. Ahí está, a menos de dos metros. No es que me haya confundido con un ser inerte. Es la curiosidad la que le hace demorar su huida hacia el hogar seguro. Le miro, me mira, hasta que un nuevo estampido le sustrae de su ensimismamiento. Dejo escapar el aire que tenía retenido en el pecho. “¡No me he perdido, sigo aquí!”.

martes, 26 de julio de 2011

No es Amy

Estos días, la prensa y los blogs rebosan de comentarios elogiosos sobre Amy Winehouse. La reina del soul, la cantante que lo despojó de su espíritu retro (sic), la voz de oro, la renovadora del género. ¿Pero qué les pasa? Dejando al margen que sólo en un sentido muy laxo puede decirse que lo que hacía Winehouse era soul, sus dos discos no merecen la avalancha de encomios hiperbólicos con que nos están bombardeando.

Podría pensarse que es la época, voraz de héroes y dramas en unos tiempos que dejan tan poco espacio para la épica. Pero no, es la especie. ¿Pues no entronizamos al cobarde y artero Ulises? Ulises, que rompe el juramento de acudir en defensa del matrimonio de Helena, que se hace pasar por loco ante Menelao y Palamedes, que redacta la falsa carta a Príamo y urde así la muerte de Palamedes, que entra disfrazado de mendigo a Troya para robar el Paladio, que da muerte a todos los pretendientes de Penélope (a la que, al fin y al cabo, había perdido de vista desde hacía veinte años) para luego volver a abandonarla en favor de Calídice. Y, sin embargo, la Odisea, las Lusíadas de Camões, la "mirada de Ulises" de los viajeros del XIX, el "semicírculo de la salud mental" de Heinz Kohut, el poema de Kavafis. ¡No era Ulises quien debía sentarse en el trono, insensatos, era Palamedes!

Y no es Amy Winehouse, sino Sharon Jones, la verdadera reina actual del soul. Juzguen, comparen y ahora compren lo que les parezca.



domingo, 24 de julio de 2011

La familia

Eneas ofreciendo un sacrificio a los dioses penates (fragmento del Ara Pacis)

Me había quedado con ganas de saber más y ayer regresé al ático donde guarda las esculturas que ya ha terminado y que tal vez no escapen nunca de estas paredes. Las más afortunadas de ellas, me da por pensar en un rapto de animismo, podrán por lo menos ver correr por unos segundos el cielo dentro de la ventana que se asoma a la vieja estación de Delicias. Conté dieciséis bustos, de un tamaño inferior en aproximadamente un tercio al natural.

¿Son todos familia?, le pregunto. Si no lo son, estuvieron a punto de serlo. Mira ésa, me dice, señalando el rostro determinado e impaciente de una mujer de mediana edad suavizado sin embargo por una mirada en fuga. Estuvo a punto de ser mi tía Anne, pero se la tragó la Mer de Glace cuando yo tenía siete años. No pudieron encontrarla entonces, aunque un helicóptero sobrevoló la zona durante varios días. Su prometido, mi tío Etienne, organizó una expedición compuesta por los mejores escaladores sobre hielo de todo el valle de Chamonix. El glaciar escupió su cuerpo cuando le dio la gana, treinta años después, como lo hace a menudo con los excursionistas extraviados. Para entonces, mi tío Etienne ya llevaba muerto casi tantos años como ella.

A su lado está Pigmalión. Le parece un buen sobrenombre. Conspirando fantasmalmente entre bastidores, ganó a su madre para la causa con la salmodia del hombre frágil, incapaz de hacerse hueco en una sociedad que no reconocía sus talentos, propenso a la bilis negra, que nunca fue, y logró ocultar a su hermana casi toda la herencia de mi abuelo. El adolescente a su izquierda, con la cabeza ligeramente inclinada como apoyada sobre un almohadón invisible, está ingresado ahora en una clínica para enfermos mentales en Chemnitz. Le sugiero el parecido de su hermano con Antínoo. Viajo a Alemania una vez al año, me dice, sólo para verle. Siempre le encuentro paseando en el jardín de la clínica con un libro entre las manos, en una forma de ambular propia de otra época. El rostro tumefacto, tal vez por la medicación que le administren allí, se borra cuando te acercas lo suficiente como para que la misma mata de pelo escarolado y los mismos ojos tibios, grises, acaparen toda tu atención. Y siempre es el mismo libro, la Ballade des dames du temps jadis, regalo remoto de Pigmalión en una Navidad en que todavía no había encontrado el lugar propicio para ocultar su tesoro y la familia aún se reunía en fechas señaladas.

En una esquina, una especie de sosias de mi amigo como éste podría ser dentro de cuarenta años. Era mi abuelo, un hombre extraño, un militar renegado, un melómano que al final de su vida se convirtió en melófobo, vendió toda su biblioteca al peso a un librero de lance de Dresde y se dejó querer por una mujer quince años más joven. Lo había tenido todo y todo le sobraba menos ella, decía, en ese apartamento escaso en que se refugió hasta el final. En el 87 le quisieron condecorar, a lo que se negó. Acepte, al menos, el homenaje que prepara el Ministerio, le pidieron. La frente es amplia, da la impresión de que el recorrido entre el entrecejo y las primeras entradas de pelo es mucho mayor que el que hay de allí hasta el mentón. Dos profundas arrugas de expresión le caen como un paréntesis desde la nariz a la boca. Los labios no muestran ni voluptuosidad ni ascetismo, sino una confianza tranquila. No me hace falta preguntarle si finalmente asistió: es el rostro de un hombre amo de sí mismo.


El Antínoo de Delfos


viernes, 22 de julio de 2011

Enfebrecido

 
Ruinas del palacio de Tiberio en Capri. John Warwick Smith

Leo estos días, en las treguas del trabajo, sobre Italia. Entre otras cosas, El viaje a Italia, de Attilio Brilli (estupenda traducción de Juan Antonio Méndez). Lo que faltaba para el duro. Y me acuerdo del personaje de Walser:


"¡A Italia! ¿Por qué a Italia? ¿Acaso estoy enfermo y debo ir a curarme al país de las naranjas y los limones? ¿Qué necesidad tengo de ir a Italia, cuando puedo quedarme aquí y, además, me gusta quedarme? ¿Es que en Italia podría hacer algo mejor que pintar? ¿Es que no puedo pintar aquí? ... Me da rabia, podría convertirme en una bestia a causa de este frenesí por Italia".
(Robert Walser, Los hermanos Tanner)

Pero también de las razones por las que uno debe contenerse:


Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar.
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida,
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques     

-no la hay-                                                            

ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
(Konstantin Kavafis, La ciudad)

sábado, 16 de julio de 2011

Contra corriente

Tiene 38 años, las manos grandes, callosas, penetradas del material con el que trabaja. Dice que ese semisótano que alquila junto a Legazpi le está robando la vista, y que a veces no está seguro de lo que ha hecho hasta que lo traslada a casa de algún amigo y lo contempla por primera vez bañado de luz. Espera que todo vuelva a su ser algún día. Es decir, espera que todos los conceptos, experiencias estéticas, proyectos en desarrollo, espacios escénicos, performances, interacción con el medio, partituras de acciones y happenings se vayan a la mierda algún día. Reivindica

la escultura china antigua,


las cabezas de José Planes,


la estatuaria romana,


se lamenta de la deriva de un conocido pintor y sostiene que, para colmo, uno de los cabezolones que nos han colocado junto a la estación de Atocha no puede ser otro que el bebé Francisco Franco.


No sé qué va a ser de él.



jueves, 14 de julio de 2011

Speak low, homenaje retardado



Kurt Weill y Lotte Lenya

Tal vez todo esto debería haber empezado por el principio, un homenaje al hombre que puso música a las palabras de Jenny. De entre los cientos de composiciones de este judío que huyó de Alemania en 1933 y acabó sus días en Estados Unidos, he sentido siempre predilección por esta canción.

Tres versiones. La primera, la más distinguida, señorial, de Sarah Sassie Vaughan. Se la escuché cantar en Ravinia, a las afueras de Chicago, un atardecer a finales del verano de 1989, pocos meses antes de que muriera. La segunda, de aires más canallas, un poco ethnic trash (diría L.) que sería entonces en los cincuenta, de Billie Holiday. Y la última, la verdadera alhaja: el propio Weill, al piano y con un hilo de voz, el acento alemán aún pegado al paladar, grabado en su casa. Tuve ese disco y lo presté (perdí) en uno de esos estúpidos arrebatos amorosos.






martes, 12 de julio de 2011

Galut, o no me hables mientras te estoy interrumpiendo




Aprendiendo en algún shtetl de Polonia, antes de la guerra.


Aunque puede que sea políticamente incorrecto, esconde una verdad difícil de discutir: la patria de los judíos es el Libro. Puedo decirlo aun siendo un sionista convencido, visceral y neuronal. La destrucción del Templo nos liberó de dogmas y jerarquías y nos dejó para siempre solos frente al texto. La bendición del גלות. De rabi Akiba hasta ¿ayer?, el estudio y la exégesis de la Torá han sido nuestras señas de identidad. En el exilio, dejamos de poseer todo lo que constituía el material que forjaba la identidad de los demás pueblos: el territorio, la lengua, el culto. Hasta el Dios perdió su sentido una vez sentada la preeminencia de la Ley (recordar la discusión de rabi Eliazar ben Hyrcanos y sus colegas en la academia de Yavné).

No se puede dar cuenta de la naturaleza inquisitiva, la tenacidad en el estudio, la excelencia en algunos campos del saber, el prestigio del debate y la contradicción, sin conocer el mandato del estudio, que está por encima incluso del mandato de amar a Dios (o, por mejor decirlo, que es la mejor manifestación de ese amor), y el linaje ininterrumpido de los maestros talmúdicos. El viejo chiste judío: "No me hables mientras te estoy  interrumpiendo".

El exilio nos desvinculó de la tierra, no sólo de la nuestra, sino de cualquiera a la que hubiéramos ido a parar. De ahí la acusación de cosmopolitismo, de traición a la patria, de desarraigo, que se repite en todo el discurso antisemita a lo largo de la historia. La combinación de mesianismo profético y la ausencia de los derechos más elementales, los progromos, las expulsiones, la confinación en la zona de asentamiento del Imperio ruso, nos echó en brazos de los movimientos de liberación. La elevada proporción de judíos en las filas de los revolucionarios rusos, de los brigadistas internacionales que llegaron a España durante la guerra civil, de los desaparecidos argentinos, de los activistas de los derechos civiles en los Estados Unidos de los años sesenta o en la Sudáfrica de los años ochenta, es imposible de explicar de otro modo. 


Abraham J. Heschel y Martin Luther King, en una marcha contra la guerra del Vietnam (1968)


¿Pero qué será de nosotros ahora que volvemos a tener una Tierra?
¿Qué?, me preguntó D.
No lo sé. Dificil libertad.

domingo, 10 de julio de 2011

Póntica




Estos días leo la correspondencia que mantuvo Ovidio desde su exilio en Tomos. Éste es un fragmento de la carta que dirige a Grecino (Pónticas, II 6):

"Tú reprimes, como debes, las faltas de un amigo insensato y me haces ver que sufro desgracias menores que las que he merecido. Tienes razón, pero los reproches a mi culpa son demasiado tardíos: depón la dureza de tus palabras a un reo confeso. Cuando podía atravesar a toda vela los Montes Ceraunios, era cuando se me debía haber aconsejado que evitara los temibles escollos. ¿De qué me sirve aprender ahora, una vez que he naufragado, por qué trayecto debió discurrir mi barca? (...). Será vergonzoso para ti no haber prestado tu apoyo en ningún sentido al viejo amigo en su desgracia; vergonzoso retroceder y no mantenerse firme en su sitio; vergonzoso abandonar la nave que se encuentra en peligro; vergonzoso seguir la suerte y acercarse al favorecido por la Fortuna y, en el caso de que sea un desgraciado, renegar del amigo".

***

La decepción en la amistad es más cruel que la pérdida del amor. Los amigos se aman como iguales: el amigo me zurra en el parque cuando descubre en mi bolsillo dos de sus canicas, me retira el saludo unos días si se entera de que critiqué su decisión frente a otro amigo y yo me escabullo de él si una tarde aparece injustificadamente irritable. La relación entre dos amantes, sin embargo, es siempre desigual, aun cuando esa desigualdad pueda correr en los dos sentidos, según el terreno que se pise o el día de la semana. Hay más diferencias: el rescoldo del amor suele estar hecho de nostalgia o de rencor, según los casos; de tripas y vísceras, igual que lo estuvo aquél, hasta que el polvo se asienta y comienzas a caminar sobre una capa firme de indiferencia.  Con la apatía recobras al que fuiste. Los que te rodean se encargan de recordarte que por fin vuelves a ser el de siempre. La pérdida del amigo termina también enfriándose en el corazón, pero no lo hace sin cambiarte. La desafinidad electiva significa que ya no marchas por la misma senda. Al desaparecer ese "meridiano del dolor y del consuelo" que les unía, los amigos se convierten en extraños el uno para el otro, y uno se extraña también del que fue.

(Las dos fotografías son de Daniel Meadows)

miércoles, 6 de julio de 2011

Muerte de Dido

El contratenor Andreas Scholl y el famoso lamento de Dido. Existen otras versiones tal vez tan buenas, pero ninguna mejor. El libreto de la ópera de Purcell está inspirado en La Eneida. Pero la Reina abandonada muere con rencor en la versión virgiliana, mientras que las palabras de Nahum Tate insinúan un perdón final. ¿Cuál de las dos fue la verdadera Dido?

«Así, así me place bajar a las sombras.
Que devore este fuego con sus ojos desde alta mar el troyano
cruel y se lleve consigo la maldición de mi muerte»

(Eneida, Libro IV)

«When I am laid, am laid in earth,
May my wrongs create
No trouble, no trouble in thy breast;
Remember me, remember me
But ah! forget my fate»
(Dido y Eneas)

 

lunes, 4 de julio de 2011

Aquellos maravillosos años


Kurt Franz, a la orilla del río Bug. Año 1943

Kurt Franz, comandante de Treblinka durante uno de los períodos más sanguinarios del campo (agosto a noviembre de 1943), fue detenido en Alemania en 1959. Una de las pruebas que aportó la fiscalía era un álbum de fotografías hallado entre sus pertenencias:  Schöne Zeiten.

Días felices, los buenos tiempos, mis mejores años, titulaba Franz aquel volumen de instantáneas de su gozosa juventud, tomadas exactamente durante el mismo período en que miles de hombres bajo su custodia (desde los algo más de 710.000 señalados en el telegrama Höfle, que especificaba los muertos habidos hasta la llegada de los transportes de enero de 1943, hasta los 900.000 que estimó en 1969 el Tribunal de Casación de Düsseldorf) morían a diario. 


Amon Göth en el campo de Plaszow, 1943.
Amon Göth (Ralph Fiennes en La lista de Schindler) estuvo al mando del campo de Plaszow en Cracovia entre enero de 1943 y septiembre de 1944. En marzo de 1943, a las órdenes de Willi Haase, dirigió la liquidación del gueto de Cracovia. En septiembre de 1943, se encargó de la matanza en el de Tarnow. Entre septiembre de 1943 y febrero de 1944, se ocupó de liquidar el campo de trabajos forzados de Szebnia.


Himmler, su esposa y su hija en una jornada de campo
 (Gmund am Tegernsee, Baviera, 19 de junio de 1941)
Gudrun, en la visita que hizo con su padre a Dachau, dejó escritas sus impresiones:

"Hoy hemos ido al campo de concentración de las SS en Dachau. Hemos visto todo lo que hemos podido: el huerto, los perales, todos los cuadros que han pintado los prisioneros. Maravilloso. Después hemos comido mucho. Ha sido estupendo".


  
Karl Höcker enciende las velas del árbol de Navidad. Auschwitz, diciembre de 1944
  
Höcker había sido segundo de a bordo en Majdanek en el año 43, durante la Operación Reinhardt. Desde mayo de 1944 y hasta su evacuación, ejerció como lugarteniente de Richard Baer en Auschwitz.

Unos meses antes del encendido de las velas, Höcker había supervisado la llegada masiva de judíos húngaros al campo. Los hornos de Auschwitz tenían una capacidad para quemar 32.000 cuerpos al mes, muy inferior a la que hubiera necesitado Höcker para disponer de los 435.000 judíos húngaros que llegaron al campo entre los meses de mayo y julio.

El Museo del Holocausto de Estados Unidos
adquirió el álbum completo en 2007.