miércoles, 29 de junio de 2011

Damascena (y II)


Philip de László. Retrato de una dama
 Día segundo:

He tenido un sueño extraño en el que D. y yo éramos dos burgueses en alguna pequeña localidad alemana, antes de la guerra. Asistimos a un baile mudo, sin orquesta ni gramófono. Yo llevo un vestido de seda color magenta. D., levita y sombrero de copa, me lleva del brazo y me presenta al anfitrión, el presidente de alguna sociedad filarmónica de la capital. Herr Schweitzer, Frau Sontag.

La celebración trascurre en un silencio opresor, sofocante, hasta que llega la Reina de la Noche. Es una mujer de edad indeterminada, altiva, distante, que posee la capacidad de no fijar en nadie la mirada mientras todos los ojos se clavan en ella y todas las bocas alaban en voz baja su exquisitez. La presencia de esta mujer inaugura la segunda parte de la fiesta (la primera ha consistido en esperar su llegada). El anfitrión dirige entonces el concurso de acertijos. El premiado será quien atine con el nombre de la Reina de la Noche. Quiero despertar y preguntarle a D. por qué no soy capaz de leer en el sueño, por qué Sontag, quién es la Reina displicente, qué sentido tiene que nosotros asistamos a esa velada como si fuéramos una pareja de alemanes más. Pero D. no está cuando me fuerzo a salir del salón de baile y fuera la luz es aún cruda.

A la noche, tras la jornada agotadora de encuentros, encadenados entre el café Elissar, un apartado del Hotel Sheraton y el patio de una antigua mansión damascena, el sueño resulta premonitorio. He conocido a la Reina de la Noche y he adivinado su nombre.