lunes, 27 de junio de 2011

Damascena (I)

Día primero:


La calina, los objetos difuminados, la dificultad para fijar la vista, el simún que deposita un fino baño de polvo sobre todos los cuerpos. Me he remojado y cambiado de ropa en los servicios del aeropuerto y no acabo de encontrarme à mon aise en el nuevo atuendo. Dos personalidades exuberantes ante las que paso por persona reservada. A. es un hombre melancólico, muy culto, sin pudor de exhibir su melancolía. Habla de los vecinos árabes que vivían en la misma casa que habitaban sus padres antes de la guerra. Ellos ocupaban la planta alta de la casa y los árabes la más fresca, la baja. Las noches de verano torrantes la madre se lamentaba de su mala suerte. Tampoco se ponían de acuerdo en las macetas que convenía conservar en común. "Mi padre", dice, "se pasó diez años intentando convencerles de reformas que ellos nunca creían necesario emprender. Obras elementales: sostener la escalera, cubrir los claros cada invierno mayores del tejado, remachar la puerta de entrada al patio. Todos -ellos y nosotros- éramos pobres como ratas. El deterioro llegó a tal extremo que les amenazó con abandonar lo que se estaba convirtiendo en una ruina. Un buen día, cuando la casa parecía a punto de vencerse sobre la calleja, desaparecieron los siete. Mis padres, claro, no tenían dinero para adquirir la planta baja y al año siguiente también nosotros tuvimos que mudarnos. La casa se desplomó un buen día. Cuando el remolino de polvo por fin se asentó encontraron a una vieja y un niño. Nada maravilló más al barrio que el hecho de que los dos tuviesen las bocas llenas de tierra y de ellas brotasen las hojas de las plantas sobre las que no habían logrado ponerse de acuerdo".

Me cuesta centrarme en lo que debo, aturdido como estoy por lo intoxicante del paisaje urbano, la resaca de calor, los recuerdos reales y construidos, el cansancio, el sentimiento de ira mezclado con la pena infinita de no poder reencontrarme con el amigo. El amigo, espigado, risueño, que trató de escapar de la cárcel de su delicada personalidad transformándose en su más opuesta, que atraviesa delante de mí esa misma calle hace sólo unos meses, se sienta tal vez en el mismo velador que ocupamos ahora en el Al-Sham, me anima a apurar ese té que sorbo con aprensión. M., con los ojos entrecerrados, escucha a A. ("pareces el realista mágico de Oriente"), observa a los transeúntes, muy en particular a ese grupo de mujeres camufladas, una de las cuales le mira con fijeza. De vez en cuando sale de su contemplación con una carcajada ruidosa y franca, y al fin me pregunta. Le contesto en un inglés muy formal, sin levantar en ningún momento la máscara, mascando las palabras mientras recuerdo la frase de de Forster (E.M.) leída en el avión: "Si tuviera que escoger entre traicionar a mi país y traicionar a mi amigo, espero tener valor para traicionar a mi país".