domingo, 19 de junio de 2011

Paseos romanos (1) Cementerio de los ingleses

Es una costumbre inmemorial, señalaba Stendhal en sus Paseos por Roma, que las personas afectadas por el mal de esa ciudad se emocionen al llegar a ella. Tan común, intensa, impúdica, es esta alteración entre los enfermos, y aun entre quienes debieran estar inmunizados por la frecuencia de sus visitas, que hasta se avergonzaba, decía, de escribirlo. Es también una constante de mis estancias en Roma que los pasos me guíen una mañana cualquiera en que he programado visitar San Carlo alle quattro fontane o sentarme en el claustro de Bramante, cambiar en cualquier caso, a fuerza de mera determinación y propósito de enmienda, aunque sólo sea por un día, la Roma antigua por la barroca, hasta el cementerio de los ingleses. En ningún momento es consciente esta decisión, a pesar de lo cual a mitad de trayecto, ya sea atravesando el Aventino o recorriendo el lungotevere hasta el puente Sublicio, allí por donde huyó Cayo Sempronio Graco de sus perseguidores en la sola compañía de un criado traidor, descubro hacia dónde me encamina esa voluntad agazapada. Al ver ya a lo lejos la pirámide Cestia que, encastrada en la muralla que construyó Aureliano para defender la ciudad de los bárbaros, flanquea el cementerio por su costado meridional y, más aún al tomar desde via Marmorata la pequeña calle desde la que se atisba su puerta abierta, mi corazón comienza a agitarse. Y yo también me avergüenzo un poco de ese exceso, hasta cuando no tiene testigos.



De joven me gustaba acercarme a visitar al Gramsci, porque era una referencia teórica frecuente en las conversaciones políticas de mis mayores, porque Mussolini lo había encerrado en una prisión (“debemos impedir que este cerebro siga funcionando”), porque desde allí escribió cartas de amor a una mujer rusa, porque Passolini había dejado escrito aquello de “non è di maggio questa impura aria che il buio giardino straniero fa ancora più buio” o por todas estas razones juntas, cada una de las cuales activaba algún resorte de mi fantasía. Pero también, por razón tan peculiar como el hecho de que el aula del liceo en el que cursaba el último año del bachillerato estaba presidida por las copias de dos cuadros, uno de los cuales mostraba a un Byron tocado con un turbante oriental y vestido albanés y el otro a un Shelley muy joven. Y bajo el retrato al carboncillo del poeta, unos versos en los que mi imaginación se disipaba:

Rarely, rarely, comest thou,
Spirit of Delight!
Wherefore hast thou left me now
Many a day and night?
Many a weary night and day
‘Tis since thou are fled away

Y Shelley también estaba allí, a escasos cien metros de las cenizas de Gramsci. Y también había muerto joven. Y también de forma trágica, devorado por un océano hambriento. Y también de él sólo se habían traído las cenizas que quedaran en la playa de Viareggio. Shelley, en fin, también tenía su propia llave para abrir mi corazón y llenarlo de sentimientos tumultuosos, y del tumulto emocional aquel brotaban unas frases interminables como éstas con las que ahora escribo para evocar esa época, plagadas de subordinadas, interminables metáforas, gerundios reivindicativos, cláusulas en modo subjuntivo y todas las citas que era capaz de recordar, y que no necesariamente tenían que venir al caso. Porque la función de las citas, a esa edad, no es ilustrar ni atajar ni embellecer, sino sentir el mundo firme bajo tus pies.



Sepulturero en los cuidados de la tumba de Shelley
 
Entonces el cementerio de los ingleses aún no era un pequeño parque temático, sino lo que se conoce como un lugar de culto. Estaban los pintores jóvenes o los nostálgicos expatriados rusos que se quedaban largo tiempo abstraídos ante la tumba de Briullov. Los arqueólogos, perfectamente reconocibles por cierto desaliño en el vestir y un andar resuelto entre las sepulturas, que iban y venían de Walter Amelung a August Kestner, y de Kestner a Randall-MacIver. Los adoradores de Keats, a quienes no parecía molestar el hecho de que Severn, primero, y años más tarde otro admirador, hubiesen violado el anonimato eterno que había querido. Los de Goethe, a quien la mitomanía traía desde cualquier lugar de Europa hasta la tumba del hijo. Los comunistas de todo el mundo que contemplaban graves, con el recogimiento religioso que correspondía a su sólida fe, la tumba de Gramsci. Un día, dos jóvenes ingleses se detuvieron durante horas ante la tumba de Devereux Plantagenet Cokburn, que no parecía haber hecho cosa más memorable en su vida que cabalgar con los Grey Scots, presumiblemente pocos meses, y luego pasear tan sonoro nombre de una estación a otra en busca de un clima más propicio para su frágil salud.


Pier Paolo Pasolini ante la tumba de Gramsci (1961)

A ninguno de los visitantes se le hubiera ocurrido entonces acomodarse junto o incluso sobre la tumba de Corso (aunque es posible que el propio Corso sí lo hubiera hecho) y sonreír bobaliconamente a esa cámara digital cuya entraña guarda también una fotografía en que la misma joven se abraza a un fornido gladiador romano frente a la tarta de Vittorio Emanuele. El cementerio, por aquel entonces, aún estaba terminando de habitarse, por así decirlo, de forma espontánea. Se seguían enterrando allí quienes por azar habían muerto en la ciudad, sorprendidos en pleno viaje o en tránsito, destacados temporalmente en ella por un estado extranjero o con una razón concreta y también pasajera. También, claro, los que habían decidido dejar para siempre atrás país, casa, familia, profesión y sentido común para no tener que volver a pasar por el trance de tener que salir de aquella ciudad, los enfermos del mal romano. Hoy la página web del cementerio incluye la siguiente FAQ: Who is entitled to be buried in the Cemetery? Y la respuesta contiene tantos artículos, apartados y subpartados como un reglamento mercantil.

A la salida la noche se ha echado encima. Bajo una farola que empieza a despertarse en via Nicola Zabaglia leo, sin testigos, ese reglamento.