miércoles, 29 de junio de 2011

Damascena (y II)


Philip de László. Retrato de una dama
 Día segundo:

He tenido un sueño extraño en el que D. y yo éramos dos burgueses en alguna pequeña localidad alemana, antes de la guerra. Asistimos a un baile mudo, sin orquesta ni gramófono. Yo llevo un vestido de seda color magenta. D., levita y sombrero de copa, me lleva del brazo y me presenta al anfitrión, el presidente de alguna sociedad filarmónica de la capital. Herr Schweitzer, Frau Sontag.

La celebración trascurre en un silencio opresor, sofocante, hasta que llega la Reina de la Noche. Es una mujer de edad indeterminada, altiva, distante, que posee la capacidad de no fijar en nadie la mirada mientras todos los ojos se clavan en ella y todas las bocas alaban en voz baja su exquisitez. La presencia de esta mujer inaugura la segunda parte de la fiesta (la primera ha consistido en esperar su llegada). El anfitrión dirige entonces el concurso de acertijos. El premiado será quien atine con el nombre de la Reina de la Noche. Quiero despertar y preguntarle a D. por qué no soy capaz de leer en el sueño, por qué Sontag, quién es la Reina displicente, qué sentido tiene que nosotros asistamos a esa velada como si fuéramos una pareja de alemanes más. Pero D. no está cuando me fuerzo a salir del salón de baile y fuera la luz es aún cruda.

A la noche, tras la jornada agotadora de encuentros, encadenados entre el café Elissar, un apartado del Hotel Sheraton y el patio de una antigua mansión damascena, el sueño resulta premonitorio. He conocido a la Reina de la Noche y he adivinado su nombre.

lunes, 27 de junio de 2011

Damascena (I)

Día primero:


La calina, los objetos difuminados, la dificultad para fijar la vista, el simún que deposita un fino baño de polvo sobre todos los cuerpos. Me he remojado y cambiado de ropa en los servicios del aeropuerto y no acabo de encontrarme à mon aise en el nuevo atuendo. Dos personalidades exuberantes ante las que paso por persona reservada. A. es un hombre melancólico, muy culto, sin pudor de exhibir su melancolía. Habla de los vecinos árabes que vivían en la misma casa que habitaban sus padres antes de la guerra. Ellos ocupaban la planta alta de la casa y los árabes la más fresca, la baja. Las noches de verano torrantes la madre se lamentaba de su mala suerte. Tampoco se ponían de acuerdo en las macetas que convenía conservar en común. "Mi padre", dice, "se pasó diez años intentando convencerles de reformas que ellos nunca creían necesario emprender. Obras elementales: sostener la escalera, cubrir los claros cada invierno mayores del tejado, remachar la puerta de entrada al patio. Todos -ellos y nosotros- éramos pobres como ratas. El deterioro llegó a tal extremo que les amenazó con abandonar lo que se estaba convirtiendo en una ruina. Un buen día, cuando la casa parecía a punto de vencerse sobre la calleja, desaparecieron los siete. Mis padres, claro, no tenían dinero para adquirir la planta baja y al año siguiente también nosotros tuvimos que mudarnos. La casa se desplomó un buen día. Cuando el remolino de polvo por fin se asentó encontraron a una vieja y un niño. Nada maravilló más al barrio que el hecho de que los dos tuviesen las bocas llenas de tierra y de ellas brotasen las hojas de las plantas sobre las que no habían logrado ponerse de acuerdo".

Me cuesta centrarme en lo que debo, aturdido como estoy por lo intoxicante del paisaje urbano, la resaca de calor, los recuerdos reales y construidos, el cansancio, el sentimiento de ira mezclado con la pena infinita de no poder reencontrarme con el amigo. El amigo, espigado, risueño, que trató de escapar de la cárcel de su delicada personalidad transformándose en su más opuesta, que atraviesa delante de mí esa misma calle hace sólo unos meses, se sienta tal vez en el mismo velador que ocupamos ahora en el Al-Sham, me anima a apurar ese té que sorbo con aprensión. M., con los ojos entrecerrados, escucha a A. ("pareces el realista mágico de Oriente"), observa a los transeúntes, muy en particular a ese grupo de mujeres camufladas, una de las cuales le mira con fijeza. De vez en cuando sale de su contemplación con una carcajada ruidosa y franca, y al fin me pregunta. Le contesto en un inglés muy formal, sin levantar en ningún momento la máscara, mascando las palabras mientras recuerdo la frase de de Forster (E.M.) leída en el avión: "Si tuviera que escoger entre traicionar a mi país y traicionar a mi amigo, espero tener valor para traicionar a mi país".

domingo, 26 de junio de 2011

La tumba sin sosiego de Cyril Connolly (II)



Con ser entretenidos sus cuasi epigramas sobre el amor (o el desamor), mucho más interesantes son las reflexiones de Connolly/Palinuro sobre la literatura. Al fin y al cabo, a pensar sobre ella (y a fracasar en el intento de respirar dentro de ella) dedicó toda su vida este inglés formado en el Balliol College. Vale la pena leer también sus reflexiones sobre el estilo contenidas en Enemigos de la promesa.

"Cuantos más libros leemos, antes nos damos cuenta de que la verdadera misión de un escritor es crear una obra maestra, y que ninguna otra tarea tiene la menor importancia. Pese a esta evidencia, ¡cuán pocos escritores lo admitirán o, habiéndolo admitido, estarán dispuestos a abandonar la pieza de iridiscente mediocridad que han comenzado!".

"Los escritores siempre esperan que su siguiente libro sea el de mayor grandeza, ya que son incapaces de aceptar que su modo de vida presente sea lo que les impide crear algo distinto o mejor".

[Sobre las obras maestras]:

"El máximo de emoción compatible con un sentido clásico de la forma"

"Jusqu'au sombre plaisir d'un coeur mélancolique: una idea de la perfección y la fe en la dignidad del hombre, combinadas con una visión trágica de la situación humana y su cercanía al abismo".

Y:

"¡Espiritualiza lo material, Palinuro, y no apuntes demasiado alto!".

"En el mismo instante en que un escritor pone la pluma sobre el papel pasa a pertenecer a su tiempo; en el instante en que pertenece a su tiempo deja de ser atractivo para otras épocas, y por ello será olvidado. Quien quiera escribir un libro para la eternidad debe aprender a usar tinta invisible. Sin embargo, si un autor pertenece a su tiempo, épocas como la suya volverán a existir, y él regresará para fascinarlas".

"Todos los buenos escritores han de encontrar la enorme grieta que separa el destino finito del hombre de su infinito potencial. Sólo después revelan su valentía artística y así elevan la protesta que es su última petición de orden, sus Gulliver's Travels, sus Máximus, sus Songs of Experience, su Saison en Enfer, sus Fleurs du Mal. Los escritores mediocres simulan no haber visto nada, y que todo va bien, o si no aúllan llenos de lástima hacia sí mismos".

"Lo que hace a los escritores del pasado más vívidos son las dimensiones de su padecimiento; la desesperación de Pascal, la amargura de La Rochefoucauld, el ennui de Flaubert, la noia de Leopardi, la cólera de Baudelaire; sólo las verdades extraídas bajo tortura mental nos parecen atractivas".

"La decadencia triple: Decadencia del material; del lenguaje del escritor. La nieve virgen sobre la que Shakespeare y Montaigne trazaron sus profundos surcos no es ahora sino una ladera que infinitas pisadas han aplanado hasta que apenas es capaz de mostrar nuevas huellas. Decadencia del mito, ya que no hay una creencia unificadora (como el cristianismo, o el humanismo renacentista) que imponga temor y respeto a un escritor, un temor y un respeto que comparta con la mayoría de la humanidad. Incluso el último de los mitos, el mito de la vocación del artista, de 'l'homme c'est rien, l'oeuvre c'est tout', acaba destruido por los tiempos, por la tercera decadencia, la de la sociedad".

"El Arte creado directamente para la Comunidad nunca puede tener la misma calidad concentrada que aquel que surge de la soledad del artista. Éste posee la integridad y la sombría excitación que se obtienen sólo de la ausencia de público y de la comunión con las fuentes primarias de la vida inconsciente. No se puede servir simultáneamente al poder y a la belleza (...). Un personaje público nunca puede ser un artista, y ningún artista debería jamás convertirse en uno (...)".

"La imaginación = nostalgia por el pasado, lo ausente; es la solución líquida en la que el arte revela las instantáneas de la realidad. El artista segrega nostalgia en torno a la vida, igual que las lombrices forran sus túneles, que las orugas tejen sus capullos o que las golondrinas mascan sus nidos. El arte sin imaginación es como la vida sin esperanza".

Y, de nuevo, la cita de una cita:

Cuanto más perfecto sea el artista, más separados estarán en él el hombre que sufre y la mente que crea.


viernes, 24 de junio de 2011

La tumba sin sosiego de Cyril Connolly (I)


En The Unquiet Grave de Cyril Connolly (La tumba inquieta, en la traducción de Aguilar-Bach-Fibla, aunque hubiera sido preferible conservar el desasosiego en el título que propongo, como cualquiera que lea las dos primeras páginas del libro admitiría), algunas reflexiones sobre el dichoso sentimiento:

"Ningún sufrimiento en la vida es comparable al que dos amantes son capaces de infligirse mutuamente. Esto debe quedar claro a todos los que consideren semejantes uniones. Evitar este dolor constituye el comienzo de la sabiduría, ya que es lo bastante fuerte para contaminar la vida entera".

"Una relación física que colme mutuamente a dos personas es la sensación más excepcional que la vida puede proporcionar. Pero no es del todo real. Cesa en cuanto suena el teléfono. Semejante pasión puede preservar su fuerza inicial añadiéndole o bien más infelicidad (celos, separaciones, duda, renuncia) o más artificialidad (alcohol, técnicas, efectos teatrales). Aquel que no haya vivido esto no ha vivido de verdad; quien vive exclusivamente para ello sólo está en parte vivo".

"El objetivo del Amar es acabar con el Amor. Lo logramos a través de una serie de amores infelices o, sin el estertor de la muerte, gracias a uno que es feliz".

"Dos miedos se alternan en el matrimonio, uno el de la soledad y otro el de la atadura. El terror a la soledad es mayor que el miedo a la atadura, así que nos casamos. Por cada persona que teme ese nudo hay tres aterrorizadas por la libertad. Sin embargo, el amor a la libertad es un sentimiento noble al que aspiran en secreto la mayoría de las personas casadas (...), pero para entonces ya es demasiado tarde; el buey no se convierte en toro, ni la gallina en halcón".

"Si en lugar del famoso e incompetente remedio del Tiempo hubiera una operación que nos curara del amor, ¡cuántos de nosotros nos apresuraríamos a someternos a ella! (...). Yacer seis meses en un refrigerador, o hibernar sumidos en un profundo sueño inducido por narcóticos, probar medicinas nuevas, nuevas glándulas, un corazón nuevo, y despertar con la memoria limpia de despedidas y acusaciones (...)".

"El gran encanto del matrimonio (...) es el duólogo, la permanente conversación entre dos personas que trata sobre todo y sobre todos hasta que la muerte acaba con ella. Esto es lo que, a largo plazo, hace que una recíproca igualdad sea más embriagadora que ningún tipo de servidumbre o dominación. Pero para el artista puede resultar peligrosa; es uno de esos que debe mirar solo por la ventana, y para él, entrar en ese duólogo, la actuación incesante de una vida, es una especie de exquisita distracción que, a pesar del placer de la comprensión conjunta de la comedia humana (...), probablemente le prive de esos momentos mucho más preciosos que son exclusivamente suyos".

Y, por fin, la cita de una cita:

Ne cherchez plus mon coeur, les bêtes l’ont mangé.

domingo, 19 de junio de 2011

Paseos romanos (1) Cementerio de los ingleses

Es una costumbre inmemorial, señalaba Stendhal en sus Paseos por Roma, que las personas afectadas por el mal de esa ciudad se emocionen al llegar a ella. Tan común, intensa, impúdica, es esta alteración entre los enfermos, y aun entre quienes debieran estar inmunizados por la frecuencia de sus visitas, que hasta se avergonzaba, decía, de escribirlo. Es también una constante de mis estancias en Roma que los pasos me guíen una mañana cualquiera en que he programado visitar San Carlo alle quattro fontane o sentarme en el claustro de Bramante, cambiar en cualquier caso, a fuerza de mera determinación y propósito de enmienda, aunque sólo sea por un día, la Roma antigua por la barroca, hasta el cementerio de los ingleses. En ningún momento es consciente esta decisión, a pesar de lo cual a mitad de trayecto, ya sea atravesando el Aventino o recorriendo el lungotevere hasta el puente Sublicio, allí por donde huyó Cayo Sempronio Graco de sus perseguidores en la sola compañía de un criado traidor, descubro hacia dónde me encamina esa voluntad agazapada. Al ver ya a lo lejos la pirámide Cestia que, encastrada en la muralla que construyó Aureliano para defender la ciudad de los bárbaros, flanquea el cementerio por su costado meridional y, más aún al tomar desde via Marmorata la pequeña calle desde la que se atisba su puerta abierta, mi corazón comienza a agitarse. Y yo también me avergüenzo un poco de ese exceso, hasta cuando no tiene testigos.



De joven me gustaba acercarme a visitar al Gramsci, porque era una referencia teórica frecuente en las conversaciones políticas de mis mayores, porque Mussolini lo había encerrado en una prisión (“debemos impedir que este cerebro siga funcionando”), porque desde allí escribió cartas de amor a una mujer rusa, porque Passolini había dejado escrito aquello de “non è di maggio questa impura aria che il buio giardino straniero fa ancora più buio” o por todas estas razones juntas, cada una de las cuales activaba algún resorte de mi fantasía. Pero también, por razón tan peculiar como el hecho de que el aula del liceo en el que cursaba el último año del bachillerato estaba presidida por las copias de dos cuadros, uno de los cuales mostraba a un Byron tocado con un turbante oriental y vestido albanés y el otro a un Shelley muy joven. Y bajo el retrato al carboncillo del poeta, unos versos en los que mi imaginación se disipaba:

Rarely, rarely, comest thou,
Spirit of Delight!
Wherefore hast thou left me now
Many a day and night?
Many a weary night and day
‘Tis since thou are fled away

Y Shelley también estaba allí, a escasos cien metros de las cenizas de Gramsci. Y también había muerto joven. Y también de forma trágica, devorado por un océano hambriento. Y también de él sólo se habían traído las cenizas que quedaran en la playa de Viareggio. Shelley, en fin, también tenía su propia llave para abrir mi corazón y llenarlo de sentimientos tumultuosos, y del tumulto emocional aquel brotaban unas frases interminables como éstas con las que ahora escribo para evocar esa época, plagadas de subordinadas, interminables metáforas, gerundios reivindicativos, cláusulas en modo subjuntivo y todas las citas que era capaz de recordar, y que no necesariamente tenían que venir al caso. Porque la función de las citas, a esa edad, no es ilustrar ni atajar ni embellecer, sino sentir el mundo firme bajo tus pies.



Sepulturero en los cuidados de la tumba de Shelley
 
Entonces el cementerio de los ingleses aún no era un pequeño parque temático, sino lo que se conoce como un lugar de culto. Estaban los pintores jóvenes o los nostálgicos expatriados rusos que se quedaban largo tiempo abstraídos ante la tumba de Briullov. Los arqueólogos, perfectamente reconocibles por cierto desaliño en el vestir y un andar resuelto entre las sepulturas, que iban y venían de Walter Amelung a August Kestner, y de Kestner a Randall-MacIver. Los adoradores de Keats, a quienes no parecía molestar el hecho de que Severn, primero, y años más tarde otro admirador, hubiesen violado el anonimato eterno que había querido. Los de Goethe, a quien la mitomanía traía desde cualquier lugar de Europa hasta la tumba del hijo. Los comunistas de todo el mundo que contemplaban graves, con el recogimiento religioso que correspondía a su sólida fe, la tumba de Gramsci. Un día, dos jóvenes ingleses se detuvieron durante horas ante la tumba de Devereux Plantagenet Cokburn, que no parecía haber hecho cosa más memorable en su vida que cabalgar con los Grey Scots, presumiblemente pocos meses, y luego pasear tan sonoro nombre de una estación a otra en busca de un clima más propicio para su frágil salud.


Pier Paolo Pasolini ante la tumba de Gramsci (1961)

A ninguno de los visitantes se le hubiera ocurrido entonces acomodarse junto o incluso sobre la tumba de Corso (aunque es posible que el propio Corso sí lo hubiera hecho) y sonreír bobaliconamente a esa cámara digital cuya entraña guarda también una fotografía en que la misma joven se abraza a un fornido gladiador romano frente a la tarta de Vittorio Emanuele. El cementerio, por aquel entonces, aún estaba terminando de habitarse, por así decirlo, de forma espontánea. Se seguían enterrando allí quienes por azar habían muerto en la ciudad, sorprendidos en pleno viaje o en tránsito, destacados temporalmente en ella por un estado extranjero o con una razón concreta y también pasajera. También, claro, los que habían decidido dejar para siempre atrás país, casa, familia, profesión y sentido común para no tener que volver a pasar por el trance de tener que salir de aquella ciudad, los enfermos del mal romano. Hoy la página web del cementerio incluye la siguiente FAQ: Who is entitled to be buried in the Cemetery? Y la respuesta contiene tantos artículos, apartados y subpartados como un reglamento mercantil.

A la salida la noche se ha echado encima. Bajo una farola que empieza a despertarse en via Nicola Zabaglia leo, sin testigos, ese reglamento.