jueves, 29 de diciembre de 2011

Tiempo

Entre los escribas que traje de EC no suele haber más que los diccionarios que uso habitualmente: el de la RAE, el Oxford, el etimológico de Corominas, el Corripio, el Petit Robert, el María Moliner (y El Dardo en la palabra de Fernando Lázaro). Pero a veces un libro se escurre y permanece entre ellos unas semanas, en falso desgaire. Hace pocos meses llegó la traducción (estupenda, de William Ospina) de algunos de los sonetos de Shakespeare, y ése es el intruso de esta temporada.

De vez en cuando, entre informe e informe, lo abro más o menos al azar. Y hoy he leído esto:

"No, Tiempo, de mis cambios no habrás de envanecerte, etc" (para quien quiera buscar el soneto por su primer verso). Y luego: 
"Tiempo, a ti y a tus crónicas desafío igualmente,
No me asombra el presente ni me asombra el pasado
Pues mienten tus memorias y lo que vemos miente,
Crece y decrece al ritmo de tu paso afanado.
Juro por lo que soy, y será siempre así,
Ser fiel, pese a tu hoz, oh Tiempo, y pese a ti".
Que de pronto me ha transportado a una mañana de hace veinticinco años en Ch., cielo enjuagado y frío seco. En la cocina leía en voz alta a un amigo la visita que Octavio, Antonio y Lépido hacen al barco donde Pompeyo se ha hecho fuerte, fondeado frente a las costas de Sicilia. Los triunviros le ofrecen una tregua. Pompeyo resiste. "Has cambiado desde la última vez que te vi", le dice Octavio. En su respuesta, Pompeyo reproduce el juramento de la última estrofa del soneto (Tiempo se convierte en Fortuna, y la fidelidad -a uno mismo- aparece como la resistencia del corazón al vasallaje):

Well, I know not
What counts harsh fortune casts upon my face;
But in my bosom shall she never come

To make my heart her vassal.

(Antonio y Cleopatra, Acto II)

Pero qué difícil atravesar el Tiempo sin vender el alma.

Foto de James Natchwey


miércoles, 28 de diciembre de 2011

Viejos demonios

Foto de E.S. Curtis

A. había sido en su juventud un notorio camorrista, nocherniego y bebedor, pero su instinto de supervivencia le permitió trabar una vida de apariencia ordinaria, casarse, tener tres hijos, una mujer desavenida, un empleo formal. Le había sucedido mientras daba una clase. Llevaba años haciéndolo. Había practicado el oficio que enseñaba desde los quince años. "Me quedé en blanco", dijo, ufanándose. "No es que no supiera de qué venía hablando. Es que no sabía qué debía seguir". Entonces se perdió en una densa niebla de melancolía y bebida. Tenía la convicción de que estaba perdiendo sus facultades mentales, y todos los rasgos propios de la bilis negra (pérdida de memoria, hipersomnia alternada con rachas de vigilia casi permanente, desaliño en las formas, afasia intermitente) se encargaron de vocearle que así era y de derribar la mansión de su autoestima. 

Mientras tanto, T. había cumplido treinta y ocho años y su piel había dejado de ser monótonamente ejemplar. Un tenista retirado de cierta fama comarcal, ahora mascarón de proa del club de tenis de la ciudad, acababa de sustituirla por una doble de sí misma casi adolescente. Y se había instalado sólo dos plantas por debajo del piso que ocupaban A. y su familia. En el vestíbulo, junto al teléfono, exhibía orgullosa una foto suya que había sido portada de una conocida revista de tetas nacional. T. no se había dado al alcohol, pero su mesilla de noche contenía una colección de antidepresivos y benzodiacepinas apta para contener una depresión terminal, y la puerta de la nevera era un prontuario de dietas de adelgazamiento, fórmulas rejuvenecedoras de la epidermis y sugerencias para evitar la alarmante tendencia al desplome de ciertos miembros. Venía precedida de una fama de ostentosos conatos de suicidio y apareamientos notorios, y a su llegada al barrio había tenido que soportar una buena dosis de hostilidad local.

Con el paso de los meses llegaron a saber el uno del otro, y quiero pensar que se ofrecieron consuelo.

A. se ahorcó en una majada hace algo más de cuatro años. Me cuentan ayer que T. se ahogó la madrugada del 24 de diciembre, en el punto en que el Guadalaviar se convierte en Turia.





martes, 27 de diciembre de 2011

Hang in there

If you're expectations aren't met in me today
There's always tomorrow, or tomorrow night
Hang in there, baby
Sooner or later I know I'll get it right
Please don't give up on me

(Para G., que apostó contra todo pronóstico)


A change is gonna come (que compuso Sam Cooke), Don't give up on me (escrita por el oscuro Dan Penn) y Down in the valley (del propio Solomon Burke). Tal vez por culpa de mi relación con una de las capitales del soul, tengo una querencia marcada por esta música.

Y por estas tres canciones en particular. Existen decenas de versiones de ellas, pero éstas son las que machaco en el equipo. Escuchen hasta el final, que lo merecen:

Al Green, A change is gonna come


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Solomon Burke, Don't give up on me

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Y Otis Redding, Down in the Valley

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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Janucá sameaj


Stephan Sweig y Joseph Roth

No puedo dejar de pensar que la Torá fecha en hoy, 25 de Kislev, el día en que Caín mató a Abel, y que Dios advirtió que quien matase a Caín sería castigado siete veces. Por lo tanto, hay que dejar a Caín; que huya sin fin. Y también hoy es el día en que comienza Janucá, el final de un proceso de destrucción y el nacimiento de una nueva época, simbolizada por la luz.

Han sido dos años de infierno. Sabemos que el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, pero rara vez somos capaces de poner nombre y apellidos a ese hombre. Dicho de otro modo, cuando lo peor asoma en una persona que creemos conocer bien casi siempre nos pilla desprevenidos. No ha sido éste el caso, pues lo peor ya venía anunciándose desde hace algo más de un año y yo, de algún modo, sabía. Me viene a la memoria un fragmento de la correspondencia de Joseph Roth que recordaba el otro día un amigo (gracias, Yossi):

"Ya no me creo nada. Miro con lupa. Quito la cáscara a las cosas y las personas, dejo al aire sus secretos, y luego, claro, uno ya no puede creer. Sé con anterioridad cómo se forma y cambia, y también qué hará el objeto que observo. Puede que sea de otro modo, pero mi conocimiento de él es tan fuerte que se conduce exactamente como lo he pensado. Si se me ocurre que alguien va a cometer una vileza, ya la está haciendo. Me convierto en un peligro para las personas respetables sólo a causa de mi conocimiento de ellas. Es una vida terrible, descarta completamente el amor y casi la amistad. Mi desconfianza destruye todo calor, como un desinfectante los bacilos. Ya no entiendo en absoluto las formas en las que los hombres se relacionan. En una conversación inofensiva, se me oprime la garganta".

Al sentimiento de decepción, sin embargo, se suma uno mucho mayor de liberación. Así pues, jag Janucá sameaj.


Campo de tránsito de Westerbork (Holanda), 1943

martes, 20 de diciembre de 2011

Hundidos y salvados

Pienso mucho en los hundidos. Y por hundidos entiendo no sólo quienes fueron asesinados, sino aquellos cuyas vidas cayeron en el olvido. Pienso en la memoria de una vida aparentemente lejana e irrecuperable que, sin embargo, debió ser tan real y minúscula como las nuestras. El azar (mucho más que la resistencia física, que la inteligencia, que el instinto de huir cuando aún se estaba a tiempo, que el valor) colocó a unos de aquel lado, y a los otros del lado de la Vida. Es natural que en el marasmo de la lucha por la supervivencia, quienes sobrevivieron tuviesen otras cosas en qué ocuparse. Aunque no todos los salvados fueron capaces de romper amarras con los hundidos.

Así, Primo Levi (en un relato que es, además, una de las muestras de escritura más limpias y bellas del siglo, La tregua, la que medió entre la cercanía al abismo del olvido y el final de la esperanza de poder reintegrarse al mundo de lo vivo):

Sonábamos en las noche feroces
Sueños densos y violentos
Soñados con el alma y con el cuerpo:
Volver; comer, contar lo sucedido.
Hasta que se oía breve sofocada
La orden del amanecer:
        'Wstawać';
Y el corazón se nos hacía pedazos.

Ahora hemos vuelto a casa,
Tenemos el vientre ahíto,
Hemos terminado de contar nuestra historia.
Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo
La orden extranjera:
        'Wstawać'

(11 de febrero de 1946)

Y, setenta años más tarde, Daniel Mendelsohn:

"(...) Ya que entonces, cercano a los cuarenta, se habían producido varias coincidencias inexplicables, extraños recordatorios de Bolechow, o de Shmiel, o del pasado de nuestra familia en concreto, que sorprendentemente habían salido a la luz en el presente, atormentándonos con la posibilidad de que los muertos no estuvieran hundidos, sino a la espera".

(Los hundidos. En busca de seis entre seis millones. Cursiva añadida)

A la espera. Pensar en los hundidos, más cuanto más breve o más frágil fuera su minúscula vida. Verles adentrándose en los bosques de la periferia de cualquier ciudad báltica, de cualquier aldea polaca o ucraniana, tender la mano hacia un pasado en fuga, cada vez más inasequible, y en el intento entender la disyuntiva: o nos hundimos todos, o nos salvamos todos.


(La foto es de Eugene Smith)

sábado, 17 de diciembre de 2011

Adiós a un viejo disidente



He sentido la muerte de Hitchens. Procedía, como Nick Cohen, David Aaronovitch, Oliver Kamm o Norman Geras (todos ellos firmantes del manifiesto de Euston), de la izquierda radical inglesa. Me gustaron mucho sus Cartas a un joven disidente (leídas en realidad cuando yo ya no era tan joven).

Ateo declarado y antiabortista, defensor de la necesidad de enjuiciar a Kissinger por crímenes de guerra y partidario de la intervención estadounidense en Irak, detractor furibundo del islamofascismo y antisionista, era, como en cierto sentido lo es también Amis (ambos se dedican varias páginas en sus respectivas memorias, Hitch-22 y Experiencia), un desmitificador y un provocador nato. Harry's Place, uno de los lugares más activos de la blogosfera inglesa, nació en buena medida a partir de los comentarios de quienes participaron en la polémica que siguió a los ataques del 11-S, una mecha que Hitchens fue de los primeros en prender. Crítico infatigable de shibboleths, de su independencia de criterio da fe el hecho de que es difícil coincidir con todos sus puntos de vista. Para la izquierda radical, un neocon converso; para la derecha, un izquierdista trasnochado.

Debo mucho de mi alejamiento de ciertas posiciones de la izquierda convencional que mamé a edad muy temprana al viejo disidente. 


Never be a spectator of unfairness or stupidity. Seek out argument and disputation for their own sake; the grave will supply plenty of time for silence.

(Letters to a Young Contrarian)


McEwan, Hitchens, Amis

sábado, 22 de octubre de 2011

Londonderry Air

Ayer, mientras nos adentrábamos en la gruta de la tarde, en el túnel del tiempo, sonaba The Londonderry Air

El origen de la melodía irlandesa es incierto. De las muchas letras que la han acompañado, la más estremecedora es la de Frederic Weatherly, que me trae a la memoria este poema de Joyce:

Rain on Rahoon falls softly, softly falling,
Where my dark lover lies.
Sad is his voice that calls me, sadly calling,
At grey moonrise.

Love, hear thou
How soft, how sad his voice is ever calling,
Ever unanswered, and the dark rain falling,
Then as now.

Dark too our hearts, O love, shall lie and cold
As his sad heart has lain
Under the moongrey nettles, the black mould
And muttering rain.


Y de los cientos de versiones que circulan por la red me gusta, por su sencillez, esta versión a cappella del trío Canig, miembros del coro Cantorion Colin Jones. La letra, para quienes quieran comparar con el texto de Joyce, bajo la música.

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Oh Danny boy, the pipes, the pipes are calling
From glen to glen, and down the mountain side
The summer's gone, and all the roses falling
'Tis you, 'tis you must go and I must bide.
But come ye back when summer's in the meadow
Or when the valley's hushed and white with snow
'Tis I'll be here in sunshine or in shadow
Oh Danny boy, oh Danny boy, I love you so.

And when you come, and all the flowers are dying
If I am dead, as dead I well may be
You'll come and find the place where I am lying
And kneel and say an "Ave" there for me.

And I shall hear, tho' soft you tread above me
And all my grave shall warmer, sweeter be
For you will bend and tell me that you love me
And I shall sleep in peace until you come to me.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Pekuaj nefesh



(Una semana después)

En todo este asunto, hay dos cosas que me han dado mucho que pensar:

Ese intercambio casi inconcebible en un mundo como el nuestro: una sola vida a cambio de la liberación de más de mil prisioneros palestinos, muchos de los cuales habían sido condenados por el asesinato de grupos de población civil, como los autores del atentado en la pizzeria Sbarro en Jerusalén, los responsables de la muerte de veintiún chicos frente a la discoteca del Delfinario de Tel Aviv o la asesina de Ofir Rahum, el muchacho tiroteado y despedazado después en Ramala.

La recepción de los liberados por ambas partes. Las palabras únicas (y no filmadas)  del primer ministro israelí a los padres de Schalit: "Aquí os devuelvo a vuestro hijo". Los gritos de guerra y los cánticos de quienes esperaban a los prisioneros palestinos: "El pueblo quiere un nuevo Schalit".

La cultura de la vida frente a la cultura de la muerte. "Salvar una vida es salvar el mundo” (Talmud, Sanedrín 37A). La preservación de la vida es la base de la pirámide ética judía, y la ley judía establece la obligación de violar las mitzvot cuando se trata de salvar una vida. Pekuaj Nefesh. La liberación de Schalit y la forma en que se ha llevado a cabo han puesto de manifiesto que la ética judía aún tiene una oportunidad de imponerse sobre la razón de Estado, y me alivia que así sea. 

jueves, 6 de octubre de 2011

Lecturas ginebrinas (2). Ave de paso


Es difícil encontrar La chanson des gueux (François Villon, Claude Gueux son referencias, para el curioso), salvo que uno bucee en librerías de viejo. En Ginebra (en Les grottes) hay (sin nombre ni cartel anunciador) una muy bien provista. Lo que uno busca está probablemente allí, y la dificultad estriba en orientarse en el laberinto de estanterías. Cuando no lo consigue, sale de ella frustrado por la certeza de su cercanía. El libro tan deseado sigue allí, pero esta tarde, hélas, tendremos que sentarnos a sólo veinte pasos de él, en el desaliñado bistró donde se sirve el vino blanco con hielo, preguntándonos en qué parte del camino nos extraviamos y qué deberíamos corregir mañana para dar con él.

No fue el caso: allí estaba, en una de las columnas de libros que esperan sobre el suelo un hueco libre en los estantes, y como premio a mi tesón, leí por primera vez en papel este poema: 

Philistins

Philistins, épiciers,
Tandis que vous caressiez
Vos femmes,
En songeant aux petits
Que vos grossiers appétits
Engendrent,
Vous pensiez: "Ils seront,
Menton rasé, ventre rond,
Notaires",
Mais pour bien vous punir,
Un jour vous voyez venir
Sur terre
Des enfants non voulus
Qui deviennent chevelus
Poètes.

Jean Richepin (por Nadar)

El libro guarda otras dos joyas. Le chemin creux es demasiado largo para ser reproducido aquí (pero puede leerse completo en esta página). Brassens adaptó el texto de Les oiseaux de passage (aquí entero),  le puso música, y de su talento nació esta joya:

"Regardez les passer, eux
Ce sont les sauvages
Ils vont où leur desir
Le veut par dessus monts
Et bois, et mers, et vents
Et loin des esclavages
L'air qu'ils boivent
Ferait éclater vos poumons"



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sábado, 1 de octubre de 2011

Lecturas ginebrinas (1). Sobre la teología cero



"Ce que j'affirme, c'est l'intuition que lorsque la présence de Dieu est dénevue une supposition intenable, et lorsque Son absence ne represente plus un poids que l'on ressent de manière bouleversante, certaines dimensions de la pensée et de la créativité ne peuvent plus être atteintes. Et je modifierais l'axiome de Yeats de la forme suivante: aucun homme ne peut lire pleinement, ne peut répondre de manière responsable à l'esthétique, si ´sa chair et ses fibres´ sont à l'aise dans la rationalité sceptique, se sentent bien dans l'immanence et la vérification. Nous devons lire comme si".

George Steiner, Réelles présences. Les arts du sens


"All the while man is referred back.  He cannot create himself.  At no moment can man create himself.  He can but submit to the Creator, to the primal unknown out of which issues the all….  We are not self-contained or self-accomplished.  At every moment we derive from the unknown".

D.H. Lawrence, Reflections on the Death of a Porcupine and Other Essays

sábado, 10 de septiembre de 2011

Se busca


Nunca he comprobado si este anuncio llegó a ser publicado en el Toronto Star. Lo que sí es cierto es que estaba entre los cientos de anotaciones de todo tipo (con predominio de los listados de dolencias imaginadas o reales, hipótesis médicas y fármacos) que se encontraron entre sus papeles después de su muerte, en 1982. Tampoco sabemos si alguna candidata llegó a desplazarse a Terranova en pos de la promesa de un hombre que, describiéndola, se estaba describiendo con extraordinaria precisión a sí mismo.

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viernes, 5 de agosto de 2011

El niño del sombrero


Hoy hace cien años que nació, en una habitación ciega de la casa que fue de sus abuelos, el niño del sombrero. Hombre de carácter fuerte, cojo altanero, callejero, bromista, cautivador, cantarín y narrador infatigable de las primeras aventuras que poblaron mi imaginación infantil.

martes, 2 de agosto de 2011

Un aria, dos versiones

Los miembros más puristas de cierto foro de música se echarían las manos a la cabeza con cualquiera de estas dos versiones del aria de las Variaciones Goldberg. Pero de hacerles caso, deberíamos rechazar de plano toda interpretación de Bach al piano. Así que mi manga es ancha.

Wilhelm Kempff grabó su versión de la zarabanda en 1969. Prescindió de todas las repeticiones que señala la partitura y de prácticamente todas las ornamentaciones hasta dejarla en un esqueleto. La versión de Kempff dura 1:54. Cuarenta años después, hace poco más de un año, el pianista húngaro Sebastyen Nyirö grabó una versión radicalmente distinta que incluye todas las repeticiones y una profusa ornamentación. Su "anti-Kempff" dura ¡4:22!. En uno y otro caso, mi oído se pierde entre los huesos de la primera y las decenas de incrustaciones de la segunda.

La versión de Kempff:

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Y la de Nyirö:

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Escuchando una y otra, uno se da cuenta de lo poco que ha tardado esa versión que hace sólo unos años fue considerada una provocación en toda regla en el clásico con el que confrontamos todas las interpretaciones, incluso las anteriores a ella. Me refiero, claro, con perdón de mis colegas puristas, a  Gould.

domingo, 31 de julio de 2011

Encuentro


Isaac Levitan

Se desata la tormenta, a todos los cuerpos hace transparentes y el bosque entero de castaños y robles se lamenta. El grupo se detiene para escuchar unas detonaciones lejanas. Uno de los buscadores de setas dice: “Nos van a matar como a jabalines”. Pero yo veo más peligro en lo que se afanan en recoger que en los truenos y en los cazadores. No resulto nada productivo en esta partida, porque no entiendo de setas, porque de poco me sirven las explicaciones doctas de unos y otros si no distingo algunos colores que en esta actividad resultan ser fundamentales y porque soy incapaz de centrarme en la vegetación si se me cruza un animal. Cualquiera, insecto, reptil, anélido. No digamos si tengo la suerte de entrever un pájaro en la espesura, o un mamífero con la boca reseca que ha acopiado todo su valor para saciar su sed. “Ya se ha perdido”, y aunque están a escasos cien metros la vegetación tan tupida me los oculta y sólo oigo vocear mi nombre que cae del cielo y se pierde al llegar a ras de tierra, envuelto en una espesa gasa de niebla.

Todo pasa en unos pocos minutos, acaso segundos. Un campañol al que la tromba ha pillado en trámite de buscarse el sustento se dirige hacia la entrada de su galería. No le veo, pero he oído el remolino de hojas entre los helechos. Me quedo inmóvil, aún acuclillado en mi inútil tarea, y sólo los ojos barren en semicírculo la tierra que las lluvias han convertido en un barro testigo de las rutas de animales que se nos ocultan a la vista. Ahí está, a menos de dos metros. No es que me haya confundido con un ser inerte. Es la curiosidad la que le hace demorar su huida hacia el hogar seguro. Le miro, me mira, hasta que un nuevo estampido le sustrae de su ensimismamiento. Dejo escapar el aire que tenía retenido en el pecho. “¡No me he perdido, sigo aquí!”.

martes, 26 de julio de 2011

No es Amy

Estos días, la prensa y los blogs rebosan de comentarios elogiosos sobre Amy Winehouse. La reina del soul, la cantante que lo despojó de su espíritu retro (sic), la voz de oro, la renovadora del género. ¿Pero qué les pasa? Dejando al margen que sólo en un sentido muy laxo puede decirse que lo que hacía Winehouse era soul, sus dos discos no merecen la avalancha de encomios hiperbólicos con que nos están bombardeando.

Podría pensarse que es la época, voraz de héroes y dramas en unos tiempos que dejan tan poco espacio para la épica. Pero no, es la especie. ¿Pues no entronizamos al cobarde y artero Ulises? Ulises, que rompe el juramento de acudir en defensa del matrimonio de Helena, que se hace pasar por loco ante Menelao y Palamedes, que redacta la falsa carta a Príamo y urde así la muerte de Palamedes, que entra disfrazado de mendigo a Troya para robar el Paladio, que da muerte a todos los pretendientes de Penélope (a la que, al fin y al cabo, había perdido de vista desde hacía veinte años) para luego volver a abandonarla en favor de Calídice. Y, sin embargo, la Odisea, las Lusíadas de Camões, la "mirada de Ulises" de los viajeros del XIX, el "semicírculo de la salud mental" de Heinz Kohut, el poema de Kavafis. ¡No era Ulises quien debía sentarse en el trono, insensatos, era Palamedes!

Y no es Amy Winehouse, sino Sharon Jones, la verdadera reina actual del soul. Juzguen, comparen y ahora compren lo que les parezca.



domingo, 24 de julio de 2011

La familia

Eneas ofreciendo un sacrificio a los dioses penates (fragmento del Ara Pacis)

Me había quedado con ganas de saber más y ayer regresé al ático donde guarda las esculturas que ya ha terminado y que tal vez no escapen nunca de estas paredes. Las más afortunadas de ellas, me da por pensar en un rapto de animismo, podrán por lo menos ver correr por unos segundos el cielo dentro de la ventana que se asoma a la vieja estación de Delicias. Conté dieciséis bustos, de un tamaño inferior en aproximadamente un tercio al natural.

¿Son todos familia?, le pregunto. Si no lo son, estuvieron a punto de serlo. Mira ésa, me dice, señalando el rostro determinado e impaciente de una mujer de mediana edad suavizado sin embargo por una mirada en fuga. Estuvo a punto de ser mi tía Anne, pero se la tragó la Mer de Glace cuando yo tenía siete años. No pudieron encontrarla entonces, aunque un helicóptero sobrevoló la zona durante varios días. Su prometido, mi tío Etienne, organizó una expedición compuesta por los mejores escaladores sobre hielo de todo el valle de Chamonix. El glaciar escupió su cuerpo cuando le dio la gana, treinta años después, como lo hace a menudo con los excursionistas extraviados. Para entonces, mi tío Etienne ya llevaba muerto casi tantos años como ella.

A su lado está Pigmalión. Le parece un buen sobrenombre. Conspirando fantasmalmente entre bastidores, ganó a su madre para la causa con la salmodia del hombre frágil, incapaz de hacerse hueco en una sociedad que no reconocía sus talentos, propenso a la bilis negra, que nunca fue, y logró ocultar a su hermana casi toda la herencia de mi abuelo. El adolescente a su izquierda, con la cabeza ligeramente inclinada como apoyada sobre un almohadón invisible, está ingresado ahora en una clínica para enfermos mentales en Chemnitz. Le sugiero el parecido de su hermano con Antínoo. Viajo a Alemania una vez al año, me dice, sólo para verle. Siempre le encuentro paseando en el jardín de la clínica con un libro entre las manos, en una forma de ambular propia de otra época. El rostro tumefacto, tal vez por la medicación que le administren allí, se borra cuando te acercas lo suficiente como para que la misma mata de pelo escarolado y los mismos ojos tibios, grises, acaparen toda tu atención. Y siempre es el mismo libro, la Ballade des dames du temps jadis, regalo remoto de Pigmalión en una Navidad en que todavía no había encontrado el lugar propicio para ocultar su tesoro y la familia aún se reunía en fechas señaladas.

En una esquina, una especie de sosias de mi amigo como éste podría ser dentro de cuarenta años. Era mi abuelo, un hombre extraño, un militar renegado, un melómano que al final de su vida se convirtió en melófobo, vendió toda su biblioteca al peso a un librero de lance de Dresde y se dejó querer por una mujer quince años más joven. Lo había tenido todo y todo le sobraba menos ella, decía, en ese apartamento escaso en que se refugió hasta el final. En el 87 le quisieron condecorar, a lo que se negó. Acepte, al menos, el homenaje que prepara el Ministerio, le pidieron. La frente es amplia, da la impresión de que el recorrido entre el entrecejo y las primeras entradas de pelo es mucho mayor que el que hay de allí hasta el mentón. Dos profundas arrugas de expresión le caen como un paréntesis desde la nariz a la boca. Los labios no muestran ni voluptuosidad ni ascetismo, sino una confianza tranquila. No me hace falta preguntarle si finalmente asistió: es el rostro de un hombre amo de sí mismo.


El Antínoo de Delfos


viernes, 22 de julio de 2011

Enfebrecido

 
Ruinas del palacio de Tiberio en Capri. John Warwick Smith

Leo estos días, en las treguas del trabajo, sobre Italia. Entre otras cosas, El viaje a Italia, de Attilio Brilli (estupenda traducción de Juan Antonio Méndez). Lo que faltaba para el duro. Y me acuerdo del personaje de Walser:


"¡A Italia! ¿Por qué a Italia? ¿Acaso estoy enfermo y debo ir a curarme al país de las naranjas y los limones? ¿Qué necesidad tengo de ir a Italia, cuando puedo quedarme aquí y, además, me gusta quedarme? ¿Es que en Italia podría hacer algo mejor que pintar? ¿Es que no puedo pintar aquí? ... Me da rabia, podría convertirme en una bestia a causa de este frenesí por Italia".
(Robert Walser, Los hermanos Tanner)

Pero también de las razones por las que uno debe contenerse:


Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar.
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida,
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques     

-no la hay-                                                            

ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
(Konstantin Kavafis, La ciudad)

sábado, 16 de julio de 2011

Contra corriente

Tiene 38 años, las manos grandes, callosas, penetradas del material con el que trabaja. Dice que ese semisótano que alquila junto a Legazpi le está robando la vista, y que a veces no está seguro de lo que ha hecho hasta que lo traslada a casa de algún amigo y lo contempla por primera vez bañado de luz. Espera que todo vuelva a su ser algún día. Es decir, espera que todos los conceptos, experiencias estéticas, proyectos en desarrollo, espacios escénicos, performances, interacción con el medio, partituras de acciones y happenings se vayan a la mierda algún día. Reivindica

la escultura china antigua,


las cabezas de José Planes,


la estatuaria romana,


se lamenta de la deriva de un conocido pintor y sostiene que, para colmo, uno de los cabezolones que nos han colocado junto a la estación de Atocha no puede ser otro que el bebé Francisco Franco.


No sé qué va a ser de él.



jueves, 14 de julio de 2011

Speak low, homenaje retardado



Kurt Weill y Lotte Lenya

Tal vez todo esto debería haber empezado por el principio, un homenaje al hombre que puso música a las palabras de Jenny. De entre los cientos de composiciones de este judío que huyó de Alemania en 1933 y acabó sus días en Estados Unidos, he sentido siempre predilección por esta canción.

Tres versiones. La primera, la más distinguida, señorial, de Sarah Sassie Vaughan. Se la escuché cantar en Ravinia, a las afueras de Chicago, un atardecer a finales del verano de 1989, pocos meses antes de que muriera. La segunda, de aires más canallas, un poco ethnic trash (diría L.) que sería entonces en los cincuenta, de Billie Holiday. Y la última, la verdadera alhaja: el propio Weill, al piano y con un hilo de voz, el acento alemán aún pegado al paladar, grabado en su casa. Tuve ese disco y lo presté (perdí) en uno de esos estúpidos arrebatos amorosos.


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martes, 12 de julio de 2011

Galut, o no me hables mientras te estoy interrumpiendo




Aprendiendo en algún shtetl de Polonia, antes de la guerra.


Aunque puede que sea políticamente incorrecto, esconde una verdad difícil de discutir: la patria de los judíos es el Libro. Puedo decirlo aun siendo un sionista convencido, visceral y neuronal. La destrucción del Templo nos liberó de dogmas y jerarquías y nos dejó para siempre solos frente al texto. La bendición del גלות. De rabi Akiba hasta ¿ayer?, el estudio y la exégesis de la Torá han sido nuestras señas de identidad. En el exilio, dejamos de poseer todo lo que constituía el material que forjaba la identidad de los demás pueblos: el territorio, la lengua, el culto. Hasta el Dios perdió su sentido una vez sentada la preeminencia de la Ley (recordar la discusión de rabi Eliazar ben Hyrcanos y sus colegas en la academia de Yavné).

No se puede dar cuenta de la naturaleza inquisitiva, la tenacidad en el estudio, la excelencia en algunos campos del saber, el prestigio del debate y la contradicción, sin conocer el mandato del estudio, que está por encima incluso del mandato de amar a Dios (o, por mejor decirlo, que es la mejor manifestación de ese amor), y el linaje ininterrumpido de los maestros talmúdicos. El viejo chiste judío: "No me hables mientras te estoy  interrumpiendo".

El exilio nos desvinculó de la tierra, no sólo de la nuestra, sino de cualquiera a la que hubiéramos ido a parar. De ahí la acusación de cosmopolitismo, de traición a la patria, de desarraigo, que se repite en todo el discurso antisemita a lo largo de la historia. La combinación de mesianismo profético y la ausencia de los derechos más elementales, los progromos, las expulsiones, la confinación en la zona de asentamiento del Imperio ruso, nos echó en brazos de los movimientos de liberación. La elevada proporción de judíos en las filas de los revolucionarios rusos, de los brigadistas internacionales que llegaron a España durante la guerra civil, de los desaparecidos argentinos, de los activistas de los derechos civiles en los Estados Unidos de los años sesenta o en la Sudáfrica de los años ochenta, es imposible de explicar de otro modo. 


Abraham J. Heschel y Martin Luther King, en una marcha contra la guerra del Vietnam (1968)


¿Pero qué será de nosotros ahora que volvemos a tener una Tierra?
¿Qué?, me preguntó D.
No lo sé. Dificil libertad.

domingo, 10 de julio de 2011

Póntica




Estos días leo la correspondencia que mantuvo Ovidio desde su exilio en Tomos. Éste es un fragmento de la carta que dirige a Grecino (Pónticas, II 6):

"Tú reprimes, como debes, las faltas de un amigo insensato y me haces ver que sufro desgracias menores que las que he merecido. Tienes razón, pero los reproches a mi culpa son demasiado tardíos: depón la dureza de tus palabras a un reo confeso. Cuando podía atravesar a toda vela los Montes Ceraunios, era cuando se me debía haber aconsejado que evitara los temibles escollos. ¿De qué me sirve aprender ahora, una vez que he naufragado, por qué trayecto debió discurrir mi barca? (...). Será vergonzoso para ti no haber prestado tu apoyo en ningún sentido al viejo amigo en su desgracia; vergonzoso retroceder y no mantenerse firme en su sitio; vergonzoso abandonar la nave que se encuentra en peligro; vergonzoso seguir la suerte y acercarse al favorecido por la Fortuna y, en el caso de que sea un desgraciado, renegar del amigo".

***

La decepción en la amistad es más cruel que la pérdida del amor. Los amigos se aman como iguales: el amigo me zurra en el parque cuando descubre en mi bolsillo dos de sus canicas, me retira el saludo unos días si se entera de que critiqué su decisión frente a otro amigo y yo me escabullo de él si una tarde aparece injustificadamente irritable. La relación entre dos amantes, sin embargo, es siempre desigual, aun cuando esa desigualdad pueda correr en los dos sentidos, según el terreno que se pise o el día de la semana. Hay más diferencias: el rescoldo del amor suele estar hecho de nostalgia o de rencor, según los casos; de tripas y vísceras, igual que lo estuvo aquél, hasta que el polvo se asienta y comienzas a caminar sobre una capa firme de indiferencia.  Con la apatía recobras al que fuiste. Los que te rodean se encargan de recordarte que por fin vuelves a ser el de siempre. La pérdida del amigo termina también enfriándose en el corazón, pero no lo hace sin cambiarte. La desafinidad electiva significa que ya no marchas por la misma senda. Al desaparecer ese "meridiano del dolor y del consuelo" que les unía, los amigos se convierten en extraños el uno para el otro, y uno se extraña también del que fue.

(Las dos fotografías son de Daniel Meadows)

miércoles, 6 de julio de 2011

Muerte de Dido

El contratenor Andreas Scholl y el famoso lamento de Dido. Existen otras versiones tal vez tan buenas, pero ninguna mejor. El libreto de la ópera de Purcell está inspirado en La Eneida. Pero la Reina abandonada muere con rencor en la versión virgiliana, mientras que las palabras de Nahum Tate insinúan un perdón final. ¿Cuál de las dos fue la verdadera Dido?

«Así, así me place bajar a las sombras.
Que devore este fuego con sus ojos desde alta mar el troyano
cruel y se lleve consigo la maldición de mi muerte»

(Eneida, Libro IV)

«When I am laid, am laid in earth,
May my wrongs create
No trouble, no trouble in thy breast;
Remember me, remember me
But ah! forget my fate»
(Dido y Eneas)

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