miércoles, 11 de mayo de 2016

Ain't she sweet



Foto: Maggie Bruce
 
Todos los sábados, cuando era obligado estar en casa porque llovía, o porque era aún demasiado temprano o ya demasiado tarde para salir, o bien porque habíamos quedado exhaustos después dejar a nuestros soldados bombardearse y descuartizarse durante cuatro horas ininterrumpidas, organizábamos carreras de caracoles. ¿Para qué lo haríamos? Colocábamos en línea de salida, una muesca en el parquet, a los tres caracoles (habíamos llegado a tener once, pero unos murieron y otros, sospecho, los pudo intercambiar C. por alguna bagatela) y un par de metros más allá nos tumbábamos nosotros, blandiendo cada vez más frenéticamente una hoja de lechuga o de espinaca. Los animales no se movían, o si lo hacían se limitaban a girar lentamente el cuello para mirarse los unos a los otros, o a mecer los tentáculos hacia adelante y hacia atrás. Cada muerte de obispo, uno de ellos avanzaba tal vez media cuadrícula, no necesariamente en nuestra dirección. A pesar de ello, tal vez por el cansancio de la batalla, podíamos mantenernos en esa postura hasta la hora de la cena, turnándonos cada dos minutos para devolver el brazo del tocadiscos a nuestra pista favorita, de modo que cuando aceptábamos el fracaso y nos incorporábamos los ojos tardaban un rato en borrar el campo de estrías casi naranja en que habían estado fijos tanto tiempo. 
Despertó y no reconoció la habitación. En busca de signos familiares, descartó el papel de las paredes, una marina oriental que resultó ser el puerto de San Jorge, una silla de plástico solitaria junto a una puerta y una bolsa de suero colgada de un gancho. Por la ventana sólo se veía cielo. Entonces sus ojos buscaron el suelo, reconocieron en él el mismo estriado, y se nublaron un instante al recordar los días interminables y el juego. Quizá, pensó, si les hubiéramos ofrecido manzana. Su cuerpo no había expulsado la anestesia y volvió a fundirse en sueño.



 

martes, 1 de diciembre de 2015

Lej lejá

Foto: Diane Arbus


La culpa por los amigos muertos anda agazapada, y salta a los tobillos cuando menos la esperamos. Fue el encuentro casual con F., su hermano pequeño, lo que desató el huracán. Mi inconsciente trató de protegerse en forma de oleadas de ira que fui repartiendo a cualquiera que se cruzara en el camino. La culpa disfrazada.

Le cuento a F. todos los detalles que me pregunta sobre el hermano, omitiendo sólo algunos que siguen perteneciendo a nuestra intimidad, aunque G. no pueda ya ni compartirla ni ocultarla. Quiere F. una respuesta: ¿por qué se autodestruyó quien lo tenía todo, inteligencia, carisma, belleza, bondad, un enorme talento musical y unos amigos que hubiéramos matado por él?

Creo que porque, a pesar de todo, de su inestabilidad, sus adicciones, su vida noctámbula, su paso por la cárcel, no supo librarse de las ataduras. Se iba sin marcharse. Abandonaba las relaciones que le emponzoñaban sin atreverse realmente a romperlas. Par délicatesse j'ai perdu ma vie. Esta delicadeza define a G. por encima de todo su carácter sólo aparentemente tempestuoso, atolondrado, desnortado.

Pero no es esto lo que le digo a F., porque esa delicadeza de mi amigo también le comprendía a él, que entonces era apenas un adolescente. Y si G. levantó entonces una empalizada a su alrededor y se negó a abandonarla, quién soy yo para derribarla.   

Culpa por no haberle animado a soltar amarras, a buscarse: לֶךְ-לְךָ. Hace cuatro semanas comentábamos una de las parashot más fecundas de la Torá. Cada parashá se conoce por las primeras palabras que encabezan el texto. Con esa orden en dos palabras comienza el fragmento en que D'os pide a Abram (que aún no es Abraham) que abandone Ur. Pero como Él es así, y no siempre gusta de hablar claro, en un extraño giro del hebreo le dice: Lej lejá. Vete, vete para ti.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Yo no lo haría

 
 
Se conoce entre los pilotos como el giro imposible y, sin embargo, cuántos pilotos se han matado intentándolo.
 
Terminamos de revisar el aparato, completamos el chequeo prevuelo (incluida la prueba de motores), iniciamos la carrera de despegue y, ya en el aire, con el morro aún apuntando hacia las nubes y a una velocidad no muy superior a la velocidad de entrada en pérdida, se hace el silencio. Sólo escuchamos el viento colándose en la carlinga. El morro se estabiliza, luego se inclina hacia tierra y el avión comienza a desplomarse. Al desconcierto inicial sucede el miedo, y al miedo un deseo irrefrenable de tirar hacia atrás del bastón de mando. Si conseguimos mantenerlo a raya, empujaremos el mando hacia adelante y forzaremos una inclinación aún mayor del morro para mantener cierta sustentación y ganar unos segundos que serán vitales para tomar la segunda decisión. La segunda decisión consiste también en una negación de lo que nos mandan las tripas: no, no hay tiempo para girar y regresar a la pista. ¿O sí?
 
Deshagámonos de dos factores incómodos, el tiempo de reacción ante el desastre y la posibilidad de que haya algún otro avión en plena maniobra de despegue por detrás de nosotros, e imaginemos el escenario: si no perdimos los estribos, estamos ahora con el morro inclinado hacia abajo y descendiendo a una velocidad ligeramente superior a la de entrada en pérdida, a unos 1.000 pies por minuto. Así que si el motor falló cuando estábamos, pongamos, a 500 pies, tenemos exactamente 30 segundos por delante para hacer la maniobra. Para reducir la probabilidad de entrar definitivamente en pérdida, tendríamos que hacer seis giros suaves de 30º antes de encarar la pista. Treinta segundos bastarían en principio para hacer ese giro de 180º, pero hay un pequeño inconveniente: cuando terminamos de hacerlo no estamos alineados con la pista, sino volando a alguna distancia en paralelo a ella; es decir, aún nos queda por virar otros 30º: y el cronómetro ya ha consumido los 30 segundos.
 
Así que rebobinemos: a 500 pies, la única posibilidad de regresar a pista pasa por hacer giros más pronunciados, de unos 45º. Ese ángulo nos permite completar el giro en cuatro maniobras y unos 15 segundos, y nos sitúa mucho más cerca de la pista; bastará una última inclinación de 10º para encararla. El problema es que nos obliga a inclinar aún más el morro hacia tierra para compensar la mayor pérdida de sustentación. No sé cuántos pilotos conservarían la sangre fría cayendo en barrena y viendo la tierra girar enloquecida unos cuantos metros por debajo de ellos. Las estadísticas sobre el número de ellos que han logrado sobrevivir a la maniobra sugieren que muy pocos. 
 
Ciento y pico metros sobre el terreno no es el lugar más apropiado para debatir contigo mismo sobre estrategias. Es mejor que hayas tomado ya una decisión sobre cómo reaccionarás. ¿Te la jugarás?
 
Para resolver el dilema, haz una prueba real: asciende a la velocidad y con el ángulo al que lo harías si acabases de abandonar la pista, y cuando estés a 3.500 pies cierra de golpe los gases. Si te crees Guillaumet, cuenta lentamente hasta cuatro, el tiempo de escuchar el viento en la carlinga. Empuja firmemente los mandos para inclinar el morro hacia abajo, haz cuatro giros de 45º y una última corrección para alinearte con la pista. Ahora reconoce que no eres Guillaumet y añade a la pérdida de altitud experimentada al menos un 15% más: 4 segundos es un tiempo de reacción demasiado optimista para un piloto al que el fallo pilla desprevenido y además, recuerda, no contamos con la ventaja de un motor al ralentí: simplemente, no tenemos motor. Tutto sommato, será un milagro que al acabar la maniobra no hayamos perdido al menos 800 metros de altitud. Piensa en 1.000 metros y estarás más cerca de la realidad. ¿Te la juegas? Yo no lo haría. 
 
Los fallos de motor no son comunes, pero cuando ocurren (ocurren) es mejor que tengas ya decidido lo que harás. Mi consejo: después del chequeo y antes de despegar, pronuncia claramente cuál es tu línea roja y durante el ascenso mantente pendiente hasta que la alcances. La mía son 1.000 pies: por debajo de esa altitud, el giro imposible está descartado de antemano. Forzaré el morro hacia abajo, buscaré en un arco de 50-70º el sitio menos malo para aterrizar y tiraré ligeramente del bastón de mando para mitigar el golpe. Tendré más posibilidades de salir del aparato magullado, pero vivo, que si me empeño en imitar las proezas de un Hawker Hurricane a manos de un piloto tan joven que aún no puede anticipar lo barata que se vende la vida. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Rumbo desconocido


Foto: Pentti Sammallahti


Cómo habíamos llegado hasta aquel hostal es cosa que ya no recuerdo, como no recuerdo ni su cara ni su nombre ni el nombre por el que me conocía. En cambio, se han resguardado en la memoria el cuarto que miraba a un patio de sombras, el pequeño lavabo junto a la puerta, el espejo oval, el rayo que lo quebraba, la moqueta salpicada de cercos, el olor a sardinas y huevo duro, serpenteando por entre otros más hostiles, unos Evangelios sobre la mesa de noche, y junto a los Evangelios un abejorro, un macho muerto sin duda hace días con la llegada del otoño. Que la memoria sea varadero de esos cabos ornamentales, apuntes periféricos de lo que en esos días sí importaba. Como un diario de viaje en que no quedase constancia del destino, sino de la velocidad de unos cirros, una cuerda de olmos emergiendo de la niebla junto a un río, unos ladridos y, a la noche, la lenta marcha de los ejércitos estelares sobre el rumbo desconocido.    
  

sábado, 19 de septiembre de 2015

Vagaban errantes

Foto: Don McCullin
 
 
Mientras esto sucedía, ya se había mandado por delante la caballería a Alba para que trasladase la población a Roma. Después, se envió a las legiones para que destruyesen la ciudad. Una vez que éstas franquearon las puertas, no se produjo realmente el tumulto y el terror que suele acompañar a la toma de ciudades cuando, rotas las puertas y abiertas brechas en la muralla con el ariete o tomada violentamente la ciudadela, el griterío de los enemigos y las carreras de los armados a través de la ciudad se entremezclan con la espada y el fuego. Por el contrario, un silencio triste y una callada tristeza paralizó el espíritu de todos de modo que, olvidándose por el miedo de lo que dejar o de lo que llevar consigo, y preguntándose unos a otros, permanecían a veces en pie a la puerta de sus casas o vagaban errantes por sus casas con el deseo de verlas por última vez.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El camino que lleva hasta Endor y otras notas veraniegas

 
 
Notas veraniegas: 
 
Subida con H. al Salève. Un día cálido, limpio. Hemos podido ver desde lo alto la frontera entre el pequeño lago y el lago grande, y el Arve serpenteando en el valle en búsqueda del Ródano. Saco una única foto (supra). 
 
Chez Rosa: Epicerie. Tabacs. Boissons. Lo que no precisa el cartel es que a partir de cierta hora, cuando los últimos clientes formales se han retirado, también bailamos salsa y merengue, a las órdenes del maestro Douglas. Algunos discípulos tenemos algún talento, advierte, pero somos díscolos.
 
Gran sinagoga. Entre salmo y salmo se oyen ahí fuera los fuegos artificiales de las fiestas de la ciudad. El pan de la libertad es ácimo.
 
En busca del Landolt, en Plainpalais, el café donde Lenin tuvo mesa reservada durante siete años de exilio ginebrino. Nadie me sabe confirmar si fue también en él donde se compuso La Internacional. La mesa, me cuentan, se conservó durante mucho tiempo. Algunas personas venidas de lejos visitaban el café para verla. Luego alguien la vendió. No se sabe a quién. Qué más da: Landolt ya no existe. 
 
Livni, la cachorra de pastor suizo, me mira a los ojos cuando le hablo, con un aplomo y un desparpajo de perro adulto. Pero cuando llega la noche tengo que dejar colgar mi mano desde la cama para que me huela, o no dejará de llorar hasta el alba y me echarán de aquí.
 
Pensábamos que era ya Veyrier. Dígame, pregunto al único cliente del Café de l'Union, ¿cómo es posible que un pueblo con tan pocos habitantes tenga dos iglesias? ¿Dos? Sí, la que he visto esta mañana y esta otra que acabamos de dejar atrás. Madame, ¿en qué pueblo se cree que está? ¿Veyrier? ¡Ah, no, eso es Suiza, esto es Monnetier! Así que estábamos en la Alta Saboya, territorio maquis donde hasta los curas católicos colaboraban con la resistencia y ayudaban a pasar la frontera a judíos y comunistas, y aún nos quedaba una hora de descenso hasta la falda.
 
Cuando Douglas se cansa de enderezarnos, Brel. Douglas, Nicholas y yo cantamos una y otra, y otra, y otra más, hasta que la concurrencia se aleja de nosotros, aburrida. Y de postre, la voz ronca y la cabeza ya en brumas, ¡Vesoul, morceau de bravoure! - para comprobar que cada uno recuerda en distinto orden Vierzon, Paris, Anvers, Hambourg, Dutronc, Byzance, Pigalle, y que prácticamente sólo somos fieles a ese estribillo que, sospecho, todos nos imaginamos espetando a nuestro Marcel de turno cuando se emperra en imponernos su santa voluntad.      
 
 
video
 

***

No todo iba a ser jolgorio, claro, y algunas noches desciendo hasta Endor y hablo con los muertos.


Ay, el camino que lleva hasta Endor es el más antiguo
- y el más enloquecedor.
Conduce directamente a la morada de la Bruja,
como en tiempos de Saúl,
y lleva como entonces para quienes lo transitan
la misma carga de dolor.

[La última estrofa original de Kipling, a quien espero haber sido más fiel que a Vesoul: 

Oh the road to En-dor is the oldest road
And the craziest road of all!
Straight it runs to the Witch’s abode,
As it did in the days of Saul,
And nothing has changed of the sorrow in store
For such as go down on the road to En-dor!]

 

lunes, 6 de julio de 2015

Estudia, estudia



"Querido X.:

(...) Sólo puedo ofrecerte un par de consejos que yo mismo recibí en su día y cuya utilidad he verificado allí arriba.

Primer consejo: estudia. Los malos pilotos se dejan confundir por la sencillez de manejo de una avioneta, tan elemental en su funcionamiento que hasta un crío de dieciséis años puede hacerse en poco más de medio año con una licencia para volar. Pero ahí fuera hay tormentas, vientos, montañas. Dedica al menos tanto tiempo a estudiar tu aparato como el medio en el que debe desenvolverse. Tienes que conocer como la palma de tu mano todos los tipos de nubes, poder leer en esos cúmulos la forma de yunque que vaticina una tormenta. Tienes que poder calcular la derrota cuando el aparato está a merced de una cizalladura, en plena oscuridad, con el corazón en la garganta y las manos temblorosas. Un aparato puede volverse indomeñable por fallos mecánicos o eléctricos que no podemos controlar, pero la mayor parte de las veces se estrella por causas que podríamos haber anticipado, y esas causas están siempre ahí afuera.

Segundo consejo: estudia. No menosprecies los procedimientos de navegación clásicos. Cualquier piloto sabe que la lectura de una brújula no es precisa, y que para que la avioneta nos lleve hasta el rumbo marcado en una carta aeronáutica es necesario corregir los errores asociados al magnetismo. Los cálculos son muy sencillos: una corrección para la variación magnética de acuerdo con la isogonal marcada en la carta, otra para el posible desvío de aguja, y un conocimiento de los errores de lectura que se producen durante ciertos virajes y aceleraciones. Pero cada vez menos pilotos los hacen. ¿Para qué, si disponemos de otro instrumento a bordo más exacto? En este debate me he quedado a menudo solo defendiendo la necesidad de saber navegar a pelo, sólo con brújula. Para empezar, el indicador de dirección también tiene su propio error de deriva y debe calarse regularmente con la brújula si no queremos aterrizar (o lo que es peor, no hacerlo) unos grados más al este o al oeste del destino previsto. Pero, lo que es aún más importante, el indicador es un simple giroscopio, y puede dejar de funcionar correctamente si hay un fallo eléctrico o un fallo en la bomba de vacío. Y entonces sólo nos quedará la imperfecta brújula. 

(...)
 
Podríamos haber acabado en algún lugar entre Túnez y Marruecos. Por fortuna, yo sí tenía frescos los cálculos y me fiaba de ellos, y al cabo de una hora la Cessna se posaba en la única pista del aeródromo de la Axarquía. En la cena, superada la alteración, el piloto y el tercer pasajero me preguntan. Es muy sencillo: mi pasión por el vuelo es tan grande como mi miedo a volar. Si algún día me sucede algo allí arriba, no será porque no haya logrado resolver un problema que tenía solución.

Para saber qué solución: estudia".