jueves, 17 de abril de 2014

Nota (De Atenas y Jerusalén)

 
De la tradición de estudiar el Libro desde todos los prismas concebibles, y del afán por desmenuzar generación tras generación cada una de las posibles interpretaciones, estas conversaciones de final imprevisible.
 
Todo empieza con un análisis aparentemente simple y literal. Abraham Ha-Ivri. Av, hamon, ivri: padre, multitud, el que cruza al otro lado. Sospecho, lo sospechamos todos, que quien lo escribió simplemente quería decir que para llegar de Ur Kasdim a Harán Abraham tuvo que cruzar el Éufrates. Pero qué habría sido de nosotros si no hubiéramos sido capaces de prescindir de los detalles de la geografía caldea para acabar en una discusión sobre el sentido metafórico del “otro lado”.
 
[Mientras A. y Ch. siguen desenmadejando el hebreo por un camino en el que me pierdo, recuerdo una conversación en que alguien preguntó a qué se debía la sobrerrepresentación judía en las humanidades y las ciencias. Resultó complicado explicar al suspicaz (en cuya cabeza revoloteaban oscuras potencias financieras y mediáticas) que en cualquier campo la superación del paradigma requiere grandes dosis de libertad interpretativa y de imaginación, y que el Talmud es una escuela insuperable donde hacer músculo].
 
Es Ch., el más entrenado en esa escuela, quien estira ivri hasta llegar al culto a la justicia entre los hebreos y los griegos, a las relaciones entre la doctrina social de los profetas y la constitución de los atenienses, al hilo que une a Isaías (“¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo?”) con Solón.
 
Se levanta, busca y lee:
 
“Podría testimoniar de esto en el tribunal del tiempo la gran madre de los dioses olímpicos, la excelente, la Tierra negra, de la cual antaño arranqué los mojones en muchas partes ahincados; ella, que antes era esclava y ahora es libre. A Atenas, nuestra patria fundada por los dioses, devolví muchos hombres que habían sido vendidos, ya justa, ya injustamente, y a otros que se habían exiliado por su apremiante pobreza... A otros, que aquí mismo sufrían humillante esclavitud, temblando ante el semblante de sus amos, les hice libres... []He dado una ley igual al hombre miserable y al pudiente”.

Más tarde se abriría el gran abismo entre la cultura judaica y la helénica. Pero hubo un tiempo en que los grandes líricos de Sión y los poetas trágicos griegos, los profetas judíos y los legisladores griegos, bebieron de una fuente común, se alzaron, frente al resto del mundo, en la otra orilla del Éufrates.

martes, 8 de abril de 2014

Los niños Pliner (1)


Los alumnos de 6º grado de la escuela judía de Tallin.
En la fila inferior, primera a la izquierda, Miriam Pliner. En la fila intermedia, canoso, Samuel Gurin.   


Los niños de Jüri y Sofie Pliner, Miriam, David y Siima, tenían en 1941, respectivamente, 14 y 7 años. Miriam Pliner asistió a la escuela judía de Tallin hasta el año 1940, fecha en que las autoridades de ocupación soviéticas clausuraron todos los centros educativos y religiosos judíos del país y disolvieron las numerosas organizaciones de la comunidad. Es probable que los mellizos David y Siima Pliner estuvieran inscritos en la escuela de párvulos judía. En todo caso, en 1940, año en que deberían haber ingresado en el primer curso de la escuela de la calle Karu, y a lo largo de todo el año 1941, los días se les debieron hacer eternos en el apartamento paterno, en el entonces elegante distrito de Nõmme.
 
***

La situación, obviamente, no haría más que empeorar con la entrada de las tropas nazis en el país, en el verano de 1941. Para toda la comunidad y especialmente para ellos. 
 
Las primeras ejecuciones tuvieron lugar tan pronto traspasó la frontera, siguiendo los pasos de la Wehrmacht, el Sonderkommando 1A, a las órdenes de un hombre del que ya he hablado aquí, el infausto Martin Sandberger (I, II y III). Poco después, Drechsler, el Comisionado General del Reichskommissariat Ostland, dictó la consabida orden restringiendo los movimientos de los judíos en la ciudad y obligándoles a llevar cosida en la espalda y el brazo la estrella de David. Y en los primeros días de septiembre la Policía Política estonia, la estructura paralela organizada por la Gestapo para facilitar la identificación y arresto de los elementos indeseables, se presentó en Nõmme y detuvo a Jüri (Jehuda-Juri Pliner, en los archivos de la comunidad judía de Tallin de 1937).
 
Su acta de ejecución está firmada el 16 de septiembre de 1941. Tenía 43 años. A partir de ese momento, los niños Pliner quedaron a cargo de Elisabet Litzenko, la segunda mujer de su padre.
 
***

Sofie Pliner (Fuks)
 
La pista de Sofie Pliner (nacida Fuks) se había perdido un año antes. Tal vez, como muchos judíos que tuvieron el acertado instinto de temer más la posible invasión nazi que la brutalidad soviética, salvó el pellejo aceptando un traslado a Siberia. Tal vez con ella viajara también la primogénita de los Pliner, Schenny, nacida en 1924.
 
Así salvó también la vida Samuel Gurin, el que fuera director de la escuela judía de Miriam desde 1925 hasta su clausura, que terminaría la guerra ejerciendo de maestro en una escuela rural de Kazajstán. En 1945 regresó al país. A pesar de su pasado menchevique y bundista, los soviéticos (de vuelta en Estonia) le prohibieron ejercer su profesión de historiador. Malvivió unos años más impartiendo clases de lógica y psicología.  

En cualquier caso, quienes no aceptaron la amable propuesta de deportación de Andrei Zhdanov, el comisionado de Stalin en Estonia, bien por razones económicas (probablemente el propio Jüri Pliner, reacio a abandonar su consulta dental en Tallin), bien por razones religiosas (el rabino Aba Gomer, que se negó a evacuar el país mientras quedara allí un solo miembro de la comunidad), o simplemente por minimizar el riesgo de invasión de las fuerzas alemanas (Haim Ratut, el hojalatero), no tuvieron mucho tiempo de arrepentirse de su decisión.
 
 
Pasaporte familiar utilizado por los Gurin de camino hacia la Unión Soviética
 
***
 
Esto es lo que llevaban los niños Pliner en sus dos maletas de cartón (una marrón, una beige), según consta en la última entrada del expediente:
 
12 pares de calcetines
9  faldas de varios colores
5 pares de guantes blancos
1 abrigo de invierno azul oscuro
1 bufanda de piel gris

Tan valiosa propiedad fue requisada por la autoridad estonia y diligentemente transferida a la alemana.

viernes, 4 de abril de 2014

Limpiarse el sudor y ver

 
 
Resulta difícil hablar, hasta con los más desprejuiciados, de las décadas más sangrientas de las Grandes Praderas, los años cincuenta a setenta del siglo XIX. Los humanos tendemos a leer en los hechos pasados de modo que el trayecto que conduce hacia un futuro que suponemos deseable se nos aparezca tan claro como un cadena de ADN. Nos tranquiliza poder decir: de aquellos polvos estos lodos, de aquella profecía esta utopía. Por desgracia para los especialistas y los espíritus mesiánicos, la historia rara vez es una revelación. Para zozobra de los progresistas más burdos, ni siquiera es una narración que mostrará siempre el perfil más favorecedor de los vencedores. Ars brevis et vita longa, y las tornas pueden cambiar en pocos años, a veces hasta presentar a los vencidos como ejemplos heroicos de lo que nunca fueron.
 
Por eso le cuenta a G., que a veces mira sin entender, que no siente más predilección por Roman Nose, el gran jefe cheyenne, que por William Philo (fatalidad semántica) Clark, el teniente del Segundo de Caballería que logró encontrar la paz y el tiempo necesarios entre la batalla de Little Big Horn y la batalla de Slim Buttes para escribir el gran tratado sobre la lengua de signos que utilizaban las tribus de las Praderas para comunicarse. Y que le aburren los debates del Plains Anthropologist sobre si la matanza de los colonos Hungate en Denver provocó la masacre de Sand Creek, si aquélla simplemente sirvió de justificación posterior a ésta, o si la brutal reacción de la alianza de sioux y cheyennes que venció en Little Big Horn tuvo su causa en el justo deseo de venganza de las mutilaciones y las impúdicas exhibiciones que los vencedores de Sand Creek hicieron de los cadáveres indios.
 
No es eso lo que le interesa, sino el polvo que levantaban en su migración anual las grandes manadas de bisontes entre los Grandes Lagos, el curso del Missouri, el Río Grande y la falda de las Rocosas hacia las Colinas Negras, y lo que dos parias como Roman Nose o Nathan Hungate pensarían al limpiarse el sudor para verlas.       
 
 
Jefe cheyenne. Foto: Edward S. Curtis
   

lunes, 24 de marzo de 2014

La luna sobre Qassium

Foto: Ansel Adams

No veía Hernández, sino algún suburbio de Damasco, el escenario más revisitado por sus sueños. Hacía cuatro días que tenía la copia de la fotografía de Adams en la mesilla. No se decidía a enmarcarla. Diez páginas de novela y estiraba la mano hasta extenderla entre las páginas. En el horizonte, no el monte Truchas, Tierra Amarilla, condado de Río Arriba, sino las sombras que arrojaba la luna creciente sobre la silueta del Qassium. Diez páginas más. La luna sobre Berzi, la luna de aquella noche convertida en metáfora de todas las lunas. La examinaba de nuevo como examina el cielo un piloto, en un barrido por zonas para asegurarse de que no pasa nada por alto. Y volvía a colocarla sobre la mesilla, cuidadosamente apoyada en ángulo sobre la pared. Diez páginas más. No recordaba en qué momento de la aburrida novela australiana se había dormido.

Y cómo no, soñó con Hernández-Damasco, y leones como los pintados por Gérôme durmiendo enrollados en las cañadas de Tierra Amarilla-Berzi, y saurios erguidos sobre sus patas traseras que trajinan por los caminos de tierra que conducen hacia el Truchas-Qassium, y una lluvia fina que va calando las matas del pedregal donde hay ¿un depósito de agua? ¿una planta depuradora? que debe servirle de refugio. Y entonces el teléfono.

El sonido le hace incorporarse bruscamente y la novela, que durante el sueño se ha ido desplazando hacia el borde de la cama, cae al suelo. Todavía tiene el instinto de mirar si la fotografía sigue a salvo en la mesilla. Dando tumbos llega hasta el teléfono y oye la voz. Pero la voz no responde.

jueves, 20 de marzo de 2014

She weeps over Rahoon



Quien haya leído Dublineses recordará tal vez a Gabriel Conroy devorado por los celos del primer amor de su mujer en el párrafo final de "Los Muertos", mientras Gretta duerme en la cama cercana y la nieve cae sobre la tumba de Michael Furey.
 
John Houston incluyó una versión muy alterada del párrafo en los minutos finales de "Los muertos".
 
La verdadera Gretta, Nora Barnacle, tuvo un amor anterior a Joyce (quien apenas se molestó en cambiar su verdadero nombre: Michael Feeney) muerto, como Furey, muy joven, y enterrado, como Furey, en el cementerio de Rahoon, a las entonces afueras de Galway. No está claro que Nora correspondiera a aquel amor, pero sí que sobrellevó un insuperable sentimiento de culpa por su muerte.
 
Joyce acudió solo a Rahoon. Lo que debió de pensar frente a la sepultura de Furey-Feeney está quizá reflejado en ese párrafo último de “Los muertos”, que, sin embargo, no deja entrever sus propias fantasías sobre lo que podría sentir Gretta-Nora. Esa fantasía, el verdadero origen de su tortura, aparece de forma más explícita en un poema escrito en Trieste en 1913, un año antes de que escribiera el cuento: She weeps over Rahoon.
 
Las dos traducciones de que tengo noticia, la versión de José Antonio Álvarez Amorós (JJ, Poesía completa, Visor, 2007) y la anterior de José María Martín Triana (JJ, Poemas manzanas, Visor, 1970) son mejorables. Les propongo otra, en la esperanza de haber captado algo de esa “danza del intelecto entre las palabras” de que hablaba Pound, que en este caso tiene mucho que ver con la capacidad para resolver el juego de verbos, sustantivos y adverbios del original (falls softly, softly falling / Sad ... calls me, sadly calling), y para salir airoso de las difíciles grey moonrise y moongrey nettles 

Llora sobre Rahoon

Cae la lluvia callada sobre Rahoon, calladamente cae
Sobre la tierra en que mi oscuro amado yace.
Triste me llama su voz, tristemente llama
cuando se alza en lo gris la luna.

Escucha, amor,
qué callada, qué triste su voz por siempre llama
por siempre sin respuesta, escucha la lluvia oscura
que caía entonces como cae ahora.

Oscuros también, amor, yacerán nuestros corazones, fríos
como yace su triste corazón
bajo las ortigas grises de luna, el musgo negro
y la lluvia que murmura.

En correspondencia con esta versión de She weeps over Rahoon, les propongo también esta otra traducción del párrafo citado al principio. Juega con parecidas repeticiones (falling softly, softly falling/ falling faintly, faintly falling) y también reaparece aquí, ahora en forma de monólogo interior, el hombre de la tercera estrofa, un Conroy herido de muerte por un pasado que no puede cambiar.

“Sí; los periódicos estaban en lo cierto. Nevaba sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, caía callada sobre el mégano de Allen y, más al oeste, callada sobre las revueltas y oscuras aguas del Shannon. Caía también sobre cada rincón del solitario cementerio de la colina en que yacía Michael Furey. Se acumulaba espesa en las cruces y losas encorvadas, en las rejas de la cancela, sobre los espinos sin vida. Su alma se desvanecía lentamente mientras oía la nieve caer lánguidamente sobre el universo y lánguida, como en el descenso hacia su último fin, caer sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

Sólo había pasado un año, pero el pasaje en prosa es infinitamente superior al poema. Lo que ya es mucho decir.

viernes, 14 de marzo de 2014

Especies en extinción



 
Querido Y.:

Me reconozco en tus dudas. Si te sirve de consuelo, de ellas no se libra ningún judío pasado por la haskalá; que somos, salvando quizá algunas comunidades jasídicas que han logrado mantenerse milagrosamente al margen del mundo gentil y moderno, todos. Esas dudas se acrecientan si procedes de una familia laica que tenía por referencia las fuentes de las que bebió hasta hace cuarenta años la izquierda. Y no me refiero sólo a Marx, que obviamente era el mayor de los evangelistas. En casa de mis padres el nombre de Darwin era sagrado, y el retrato que colgaba de él en la sala lo conservo yo hoy en la mía. Lo primero que mi padre me llevó a visitar en Roma fue el Jardín de los Naranjos. Pero lo segundo, con semblante mucho más serio y aleccionador, fue la estatua de Bruno en Campo dei Fiori.
 
Todas mis dudas, que con el tiempo formaron un bloque cada vez más compacto que pensé nunca podría ni siquiera agrietar, se despejaron en una serie de encuentros con la persona más inteligente que he conocido nunca, A.G. Era un rabino reformista (aunque él afirmaba, con socarronería, que en realidad era un ortodoxo moderno, término que se negaba a reservar a quienes se limitan a esconder los tzitzit en los pantalones). Presidía entonces la mayor comunidad reformista europea y era rabino de la sinagoga de N., a las afueras de Londres. Conocía, desde luego, el Talmaj como la palma de su mano. Había recibido su formación en una de las escuelas rabínicas más prestigiosas del mundo, el Leo Baeck College, en el que hoy enseñan algunos de sus discípulos.
 
Mi primera conversación con él no tuvo nada que ver con el asunto que en teoría nos ocupaba. A. se había licenciado en biología y zoología y teníamos una afición común. Conocía especies extintas que yo nunca había oído mencionar. Fue él quien me habló por primera vez del asno sirio, de la ballena de Kutch y del General Sherman. Cerramos un largo paseo por Barcelona sin ni siquiera haber mencionado el Talmud. 
 
Pasaron seis meses, y en un viaje de vuelta con escala obligada en Londres le llamé desde el aeropuerto. Sí, tenía tiempo, podíamos vernos. Cancelé sobre la marcha el vuelo que tenía programado esa tarde y me acerqué a N. Después de darle cumplida cuenta de mis averiguaciones sobre el asno salvaje de Mesopotamia, me preguntó: ¿Cómo van esas dudas? Creo, le dije, que podría resolverlas de un plumazo si aclarásemos lo del sacrificio de Isaac y lo del plural de Elohim. Porque claro, yo tenía una relación mucho más cordial con los dioses griegos y romanos. Bereshit bará Elohim et hashamayim ve'et ha'arets, etc. recitó. Ésa es fácil. Es sólo una trampa del hebreo antiguo. Es plural porque habla de las potencias reunidas. Discutamos antes lo más complicado: ¿Debemos actuar contra nuestros principios si Elohim nos lo pide? Le miré: eso, eso es. La respuesta es, dijo, rotundamente no; y eso es precisamente lo que nos dice la Torá a través de la metáfora. ¿De quién es la voz última que detiene a Abraham?
 
A. está mayor. Ha cumplido ya los ochenta. Es otra especie en extinción. No dejes de ir a verle.

Jag Purim Sameaj,
L. A.

miércoles, 26 de febrero de 2014

La balada de los cuervos (2) Versión escocesa

video

(The Corries. Lamentablemente, la versión de los Old Blind Dogs no circula por la red)

La versión de Los tres cuervos que se popularizó en Escocia, The Twa Corbies, conserva todos los elementos del aire original inglés: unos cuervos hambrientos, un hombre asesinado, un halcón, un perro de caza y una dama. La impresión que se tiene al escucharlas no es la de dos historias con final distinto, sino la de una misma escena narrada desde dos puntos de vista. Quien haya cumplido años se habrá enfrentado más de una vez a una situación en que uno de los protagonistas (tal vez él mismo) sostiene que el perro murió a los pies del amo, mientras el otro jura que le abandonó a la suerte de las inclemencias y las bestias de la carroña.

En efecto, no hay perro, halcón ni amada fieles en la balada escocesa. Todos ellos se han dado prisa en abandonar el cadáver, para regocijo de los cuervos. La melodía tiene un aire siniestro que contrasta con la dulzura de la versión inglesa. Así dice la letra (la traducción a inglés moderno de este escocés arcaico, aquí):
 
As I was walking all alane,
I heard twa corbies makin a mane;
The tane unto the ither say,
"Whar sall we gang and dine the-day?"
"In ahint yon auld fail dyke,
I wot there lies a new slain knight;
And nane do ken that he lies there,
But his hawk, his hound an his lady fair."
"His hound is tae the huntin gane,
His hawk tae fetch the wild-fowl hame,
His lady's tain anither mate,
So we may mak oor dinner swate."
"Ye'll sit on his white hause-bane,
And I'll pike oot his bonny blue een;
Wi ae lock o his gowden hair
We'll theek oor nest whan it grows bare."
"Mony a one for him makes mane,
But nane sall ken whar he is gane;
Oer his white banes, whan they are bare,
The wind sall blaw for evermair."
 
Una posible traducción:
 
En mi solitario paseo por el campo
escuché el lamento de dos cuervos;
Preguntaba uno al otro,
“¿Dónde nos reuniremos para cenar hoy?".
“Tras ese muro de hiedra
veo un nuevo caballero muerto;
Nadie sabe que yace allí
salvo su halcón, su perro y su dama.
Pero su perro ha partido a la caza,
su halcón en busca de aves,
su amada abraza ahora a otro caballero,
así que podemos darnos buen festín.
Pósate tú en su espinazo
que yo picotearé sus hermosos ojos azules
y con un mechón rubio de su cabello
vestiremos nuestro nido cuando quede vacío.
Muchos lamentan su pérdida
pero nadie sabrá dónde ha ido.
Sobre sus blancos huesos ya desnudos
gemirá por siglos el viento".